29 septiembre 2006


SUEÑOS ANDALUSÍES
(Relato)
Del libro "Divagaciones" de su autor Ahmed Mohamed Mgara , AEMLE, 2005

En la plaza de la Iglesia de mi pueblo, Río Martín, se reunían cada tarde unos viejecillos que celebraban sus nostalgias avivándolas con recuerdos de edades ya lejanas.
Casi nunca faltaban a la cita y siempre estaban, al menos, dos o tres de ellos que se ponían a hablar de sus peripecias y de los avatares de sus años mozos, ya muy lejanos.
Una de esas tardes, me senté sobre un banquillo de piedra que había en el jardín, de espaldas a donde ellos se dejaban reposar con sus tertulias, pero muy cerca de ellos para poder oír lo que hablaba cada uno en aquella apacible tarde con tanto ardor y tanta pasión.
Empezaron a hablar de las noticias del mediodía, de las iras de algunos gobernantes y de las guerras que se declaraban en países lejanos, hablaron de fútbol y de muchas cosas más hasta que uno de ellos les dijo, avivando nostálgicamente sus recuerdos de cuando andaba por el Feddán, como veía el atardecer y el anochecer sobre el Gorguez desde el Monte Dersa:
"Recuerdo como la tarde otoñal empezaba a desplazarse hacia el descanso del ocaso desde la cumbre espectral del Gorguez mientras los radiantes rayos del sol, en desenfrenada lucha, se disputaban la inmensidad del cielo con las primeras trenzas que del anochecer se dejaban desplomar sobre el gris frondoso que corona las crestas de La Torreta y de Ain Buanán.
El verdor de los pocos arbustos, que aún se resisten a las agresiones del abandono, y de los diseminados pinares de la zona se vislumbraba vestido de oscuras tonalidades que se confundían con sus sombras ya casi desaparecidas de tanta extensión y propagación.
En el Monte del Gorguez todo parecía resistirse al movimiento. Sólo el gris punzante de la tarde se veía extenderse paulatinamente sobre la inmensidad y trepar por las sendas intransitables de tan bellos parajes que, siendo rocosas, han sido siempre un deleite para las niñas de los ojos más poéticos e inspiración para melancólicos “tetuanómanos” que dejan su nostalgia y su rima perderse entre los suspiros de sus gargantas.
Los picos del Gorguez, llenos de curiosidad, se asomaban desde sus cumbres y salvando las alturas para ver los gráciles e inmaduros movimientos del Mhannesh que bailaba al son de la trágica melodía de su cruento pasado. Me dio la impresión, por un instante, que se quería estirar sobre el fango del río y dejar de afrontar las afrentas de los siglos y los cementos que le fueron cambiando de vestimenta sin cuidar de sus bellezas naturales.
Algunas golondrinas que sobrevolaban el Feddán se unieron y tomaron rumbo hacia las cumbres del Gorguez en armoniosos vuelos que dibujaban una voladora y mágica alfombra que se fue yendo y alejando con inusual gracia hasta perderse entre las grises tonalidades que la huida del sol dejaba desplomarse sobre la timidez del Gorguez.
Recuerdo como me paré en la Cornisa para contemplar la policromía más singular que Dios ha creado en estas latitudes. Vi como las cumbres procuraban resistirse a perder los colores tristes que las cubrían decorosamente. Ciertamente, ante tanta tristeza y tanta amargura, me entraron deseos de formar parte de la desolación del Gorguez y dejarme esparcir entre sus cenizas.
Las luces de algunas de las casas empezaban a evadirse de sus filamentos alumbrando sus cercanías, y algunos vehículos que subían o bajaban el culebrón de sus carreteras iban, ya, con los faros encendidos para guiar sus andaduras poéticas.
Mucha gente, que había pasado el día o la tarde de recreo por tan bellos lugares, ya se disponía a regresar a pié a su nicho de cada despertar para gozar del ocaso y de la policromía de sus proyecciones de luz. Desde la Cornisa se oían los cantos y las alegorías de esos viandantes llevadas por la envoltura del mágico eco que allí siempre anida.
El Gorguez, ponedero de ilusiones y testigo de gratos amores, descansaba sobre el nido de sus días de gloria vividas con desmanes. Yacía en su atalaya rodeado de ojos mugrientos y de aljibes frondosos que no dejaban de ofrecer a las ovejas y a las cabras sus cristalinas aguas que les regala con su bondad soluble. Crecía el Gorguez desde sus raíces para alcanzar las alturas más prohibidas y se inclinaba, cada atardecer- después de anochecer- ante la magia de la trágica belleza de la novia más aromada de Yebala, la Blanca Paloma andalusí que le trae al Gorguez un recuerdo de Granada y un jazmín que creció cerca del Darro y del destierro andalusí.
No quise ser poeta ante tanto verso pétreo. Se quebró mi prosa al vuelo de las mariposas que se escondían en La Cornisa para asomarse, por la noche, y deleitarse con la corona del Gorguez cubierta de luces chispeantes que sobrevolaban las distancias para anidar en los ojos soñolientos de mi Tetuán nocturna".
Tras un susurrar de los allí presentes uno de ellos empezó a recordar como amanecía cada alborada, tras cada noche, en la perla de Tetuán cuando él se iba con sus amigos de la juventud al Gorguez para pernoctar allí. Cargado de amargor y de tristeza, el buen hombre, muy pensativo, comenzó a recordar y a contarles sus visiones a sus compañeros diciendo:
"Cierta noche, cuando se disponía a despedirse de su negrura y el día empezaba a asomar su estatura desde la alborada que anunciaba su llegada. Mi mirada, fija en el Monte Dersa que tenía enfrente, sobrevolaba los destellos que se fragmentaban de la neblina que serpenteaba por encima del Mhannesh como telaraña de desvanes en decadencia, y el frescor de la noche emprendía caminos desahuciados hacia la infinidad de la mar que en Río Martín se perdía entre el dulce bailar de las tiernas aguas y la chispeante mocedad de las estrellas, casi apagadas.
Entre suspiro y susurro mi silencio se desvanecía. Herida tenía el alma y, perdida en la lava de mis entrañas, mi prosa alzaba su mutismo en recuerdo de tiempos que nunca habrán de volver por las huertas del edén andalusí que enfrente yo admiraba. Mi visión se ahondaba en algunas desperdigadas nubes que, sin mirar hacia atrás, encaminaban los aires que hacia Granada las han de llevar, casi en silencio, procurando pasar desapercibidas y no ser vistas. Ellas también tenían sus sueños desparramados: ir al Darro y derramar su bondad crepuscular sobre la ternura del río que lleva la gracia de la Alhambra como espuma entre sus bailes de charanga y los lamentos de una Petenera nunca bailada.
Yo seguía allí, tras mi ventana de cristal y viendo el tiempo pasar sin poder remediar el vuelo de las eras hacia recuerdos lejanos que nada tenían que ver con aquel presente que ahogaba toda Tetuán en la hoguera del olvido y en la ceguera del recuerdo.
Sabía que Tetuán, la novia enviudada antes de ser esposada, iba a despertar de su letargo nocturno para embarcar en la frente de sus sudores en un nuevo día que no la iba a dar absolutamente nada nuevo para sus huecas alforjas. Sabía que Tetuán volvería a emerger de su noche trágica para fundirse en las llamas de su día… y llegó el nuevo despertar sin traerle nada a esa novia aromada que desde el Gorguez se vislumbraba como la doncella más engalanada entre las mozas más deseadas. Acurrucada y dispersa sobre el pinar de su capa alada, Tetuán se puso a cantar mientras la lluvia empezaba a llorar perlas ensangrentadas, por ella y por sus penas más lejanas
El sol ya tenía sus rayos casi presentes. Desde la mar chispeaban las luces más tempranas y, empezaba a nacer el nuevo día, lleno de ilusión y esperanzas vanas para la novia de Yebala, la perla mediterránea que se quebró de una rama de Granada para caer en la tumba de los arrayanes y de la albahaca.
Junto a la vieja muralla de la ciudad andalusí se vislumbraba, ya, el serpentín de los gorriones que cubría, con sus sombras, la cal blanca de las viejas moradas de los caballeros andalusíes que se recrearon reconstruyendo Tetuán inspirados en sus Alpujarras y en sus sierras más cautivadoras. El Dersa, coronado por la Alcazaba, se engalanaba de luz y de esperanza.
Los andalusíes, en Tetuán crearon una nueva morada para exhalar su nostalgia y su edén perdido entre jolgorios y algarabías desmesuradas. La adornaron con aromáticas plantas y lúcidas esperanzas. En Tetuán dejaron verter su inspiración y sus artes más natas. Los gallardos andalusíes creían que el cielo les iba a dar lo que en su Andalus habían dejado por renuncias innecesarias y construyeron, para la Eternidad, un sueño que tenían enterrado en Granada y en su vega profanada.
Tetuán, ramillete de llantos y de duelos seculares que no le dan tregua al dolor y a la pena, cuna de la desesperanza y de las largas esperas, descansa estirada sobre el pecho ardiente del Dersa como ninfa desamparada. Vestida de blanco y envuelta de mugrientos verdores que los pinos oxidados incrustan en su manto de harapos.
Llantos la envuelven en la madrugada. Espíritus, benignos y malos, merodean las sombras que aún se vislumbran entre el salto que dan entre la oscuridad de la noche y el claro, poco claro, del día que se aproxima sobre la grupa del calendario. Se mueve mi Tetuán con los saltos gatunos revolviéndose bajo su arrugada sábana de blanco tejido encalado con almidones de siglos atrás, y yo, tras el rocío del cristal, me tengo que apresurar para despertar y gozar con el albor de ese nuevo día que a Tetuán tampoco le va a traer nada que esté por desear.
Tetuán, un día más, vuelve a sentirse aire sobre el quejido de la tierra llenando sus aljibes de rumorosa poesía y de extensas rimas en su versátil poesía. La tierra del amor, con sus nubes del norte, acaricia las alas blancas de la blanca paloma que desde el Feddán llevará al Albaicín, como cada mañana, arrayanes y agua de azahar".
Se callaron todos los allí sentados cuando, de repente, se les unió otro compañero de tertulias tras salvar una verja y les empezó a contar de su niñez y de cuando, cierta vez y muy de mañana, se quiso acercar a Tetuán desde su casa de Río Martín.
Acalorado de emoción, contaba, casi gritando, su visión de aquella mañana lejana y casi ausente de su memoria pero que coleaba aún en sus baúles del recuerdo:
"Desde la orilla áurea de Río Martín la vi encorvada sobre las sombras de su pasado, ella, la novia del agobio, descansaba de sus glorias pasadas en silencio abismal. Estaba sola, estirada sobre la mugrienta desolación de un Dersa que cada vez se denigraba más por las profanaciones impunes de los cafres que lo circundaban y ultrajaban. Estaba acurrucada y desvanecida, daba la impresión de que no se había despertado aún de la resaca de la era anterior; embriagada y entristecida por los horrores del abandono y de la intemperie afectiva, se la veía emulando su mocedad más lejana en las desperdigadas hojas de un desvirgado almanaque secular que ya no tenía sentido.
Estaba llena de ensangrentados recuerdos que la llevaban por la inhóspita vivencia de su momento más crucial; perdida en sus recuerdos y desmotivada en sus quebrados movimientos. Puede decirse que no estaba sintiendo lo que realmente la rodeaba y que, sin darse cuenta, prefería despedirse de su existencia y perderse en la nada que la entornaba.
En un minúsculo trozo de espejo roto empezó a mirar sus bellezas desfasadas y los rasgos de sus restos mientras intentaba respirar el poco aire que aún le podía llegar desde las lejanas montañas. Su mirada, cansada y empolvada, apenas podía vislumbrar algo reconocible para su memoria castigada y casi atrofiada. Todo le resultaba diferente y extraño a su antigua y vertical compostura… no podía reconocerse de tanta decadencia y tanto desbarajuste. No se quería despertar del símil de sus sueños para meterse entre las crueles rejas de su doliente presente.
Río Martín estaba aún envuelto de la fascinante manta que cada alborada lo envuelve con el rocío de la mar salada. Parecía, desde Chumbera, una joya engalanada de estelas y saetas que bailaban su sinfonía más singular y, llegando a Huerta Bernal, volví a mirar desde la lejanía, la sábana blanca que tapaba a la novia amargada de las miras de los que la querían profanar. Ella estaba casi dormida y se resistía a su nuevo despertar, pero no podía remediar los arcos de luz que desde la mar andalusí iban atravesando los cristales celestes que la protegían de la negrura de la noche anterior.
Seguí caminando sin mirar por donde pisaban las alpargatas que albergaban mis pies, asfalto y tierra locuaz iba yo pisando acompañado del recital que cada amanecer ofrecen los jilgueros y las aves migratorias que hallaban en nuestros árboles morada pasajera en sus migraciones; pero no podía perder de vista a la novia maltratada que dibujaba una cenefa blanca sobre los pinos verdes del Dersa.
Aquella mañana tenía mi alma ganas de regocijarse y emprendí el camino más soñoliento que los mundanos podíamos cruzar en aquellas épocas de la nostalgia y del humanismo más omnipresente. La alborada invitaba a disfrutar de sus jardines y de sus pecados más lúcidos, y yo, con alma de niño y espíritu travieso, cantaba mientras seguía picoteando pausadamente uno de los tres racimos de uva moscatel que había arrancado de sus aposentos tras alargar mis manos hacia la parra más cercana a la verja de caña para que me hiciesen compañía en mi recreo matutino.
No era vino el líquido que se desprendía de aquellas uvas, pero a mí me embriagaba igual o más al sincronizarlo con la blancura del manto de la novia de yebala que gemía frente al Gorguez.
De repente se rompió el silencio en pedazos. La solitud del lugar me hizo sentir algo de miedo esporádico que fue desapareciendo al ver el color rojo-pimentón de la Valenciana acercarse entre los arbustos que se avecinaban en mi caminar. El saludo del conductor me tranquilizó un poco más y decidí volver a la playa pensando en recoger la red con los pescadores y reírme un poco con Buyahaj mientras estemos tirando de las cuerdas de las redes cargadas de peces y de corales.
Aligerando el paso me encaminé de vuelta hacia Río Martín embebido de aire limpio y de panoramas naturales muy peculiares. El sol me daba de cara mientras dejaba las azoteas de los caserones bajo los filamentos de sus rayos, y yo seguía cantando canciones de Joselito y de Antonio Molina que, en aquel entonces, eran origen de inspiración para todo el vecindario.
Atrás quedaba la silueta recostada de Tetuán, la novia más ilustre de la desesperanza y mi niñez siguió el jolgorio de la edad de un mediterráneo que nació cerca de la placidez de la mar que baña a diario la costa martileña de nardos y de burbujas almidonadas.
Muchas veces, después de acercarme a la madurez, me pregunté si realmente valió la pena caer preso de los quereres y de los encantos que destellan desde Tetuán…y desde el Feddán”.
Cuando se calló el viejecillo otro de sus compañeros exclamó que no sería justo en aquella tertulia que no se hablase del Feddán, corazón singular de una ciudad que fue perdiendo su verticalidad con el trueque de las hojas de un secular calendario. Él había participado, según afirmaba, en la toma de Teruel y estuvo en el cerco de Madrid antes de ser enrolado en la guardia del Caudillo; decía también, que le habían dado una medalla que nunca pudo colgar en su solapa porque se puso mugrienta con el clima de poniente que hay en Tetuán. Se le oxidó, en definitiva.
Y dijo el buen hombre, envuelto en su chilaba acanelada y algo gastada por el pasar de los tiempos aunque, todo había que verlo como era, estaba muy limpia:
"Sobre las ocho palmeras del Feddán se extendía un policromo abanico de anaranjadas sinfonías que anunciaban la llegada de un nuevo ocaso. Las golondrinas sobrevolaban la inmensidad del espacio atravesando la plaza de norte a sur en sincronizados vuelos que dibujaban angelicales versos llenos de alma y de paz.
En los cafetines que circundaban el diámetro opaco de la antesala del cielo se dispersaban las sillas carcomidas alrededor de unas mesas con cobertura de mármol blanco tatuado de difusiones negras propias sólo de los mármoles de Macael.
Entre chilabas arraigadas y gorros de variopintos colores rojos y albinegros se vislumbraban rostros cansados de tantos años de ires y venires por los avatares de la existencia. Muchas arrugas y muchas oquedades en los bolsillos disecados de tanta necesidad y aprietos. Gente muy mayor que hablaba de sus hazañas en Teruel y en el cerco de Madrid, de Sevilla y de la toma del Alcázar de Toledo con nombres de militares que ganaron una guerra en la que tomaron partido a cuenta de no se sabía quién.
Atravesando las andalusíes rejas de los cafetines, se escapaban notas de fastuosas canciones que emitían los gramófonos con voces de Om Koltum y Abdel Wahab desintegrando la sensibilidad de quienes se deleitaban con sus genialidades.
El Feddán, lleno de orgullo, se levantaba sobre su pedestal para oír mejor a los muecines de los santuarios, que protegían sus encantos de las manos de las eras, llamar a la devoción de la oración de cada ocaso. Se pararon los gramófonos haciendo parar las fichas de dominó y dejando descansar las hojas de las desfasadas y gastadas barajas de cartón. Se podía ver como las abejas dejaban de reposar sus vuelos sobre la menta ahogada en los vasos de té más azucarados.
Algunos gatos circundaban los lugares más recónditos procurando apartarse de los muchachos traviesos por temor a patadas que los enviaban a vuelos tempranos que muchas veces acababan con algún miembro de los felinos roto. Mientras, algún can desvalido y sin amo que cuide de él, va descarriado buscando algún resto de bocata que algún cafre pudiera haber tirado al suelo.
Las luces de la calle, las que no tenían fundidas las lámparas, empezaban a chispear poco a poco alrededor de la plaza y, algunas parejitas empezaban a dejarse ver dando su paseo de cada atardecer para llenar los pechos de olor a naranjo y romance. Mientras, otros empezaban a ocupar las sillas que aún estaban libres y se preparaban para llenar la pipa de su sebsi con la hierba blanda del kifi.
Las palmeras del Monte, como cada tarde, empezaban a codearse intentando elevarse más que las otras compañeras moviendo sus verdes melenas que desprendían rocío en el rugir de sus bailes. Recuerdo que, incluso la alfombra mágica que cubría el suelo del Feddán empezaba a dar la impresión de que se movía por efecto del vientecillo que empezaba a soplar para refrescar la calidez del día.
Una vez, nos decía una sabia mujer del lugar, incluso la luna se bajó de su balcón de plata para peinar la alfombre y, luego, regarla con agua de azahar y perfumes extraídos de Bagdad por una hada que halló en Tetuán la morada perfecta para su bondad.
El Feddán volvía a resurgir cada tarde igual que resurgía en el alba. Es más, nunca se resquebrajaba. Era todo alegría y jolgorio. Alma y poesía engalanada con la flor más perfumada y la musa más deseada. No tenía, el Feddán, sensualidades que no fueran sublimes sensaciones de elegancia y de mágicas composturas.
Fue nido de nuestra niñez y atalaya para nuestros sueños. Lo recorríamos o andábamos con tanto cuidado para no estropear su alfombra, que sentíamos nuestro cuerpo volando de alegría y de ilusión. Éramos niños felices atravesando los coros de viejecitos que no tenían más futuro que sus recuerdos de la guerra de Franco que ganaron pagando caramente la medalla de latón que les pincharon en el pecho y las dos perras gordas que recibían por ser antiguos combatientes del ejército español, el ganador y no el perdedor.
Así son los recuerdos de mi niñez en la adorable plaza del Feddán. Edénica plaza del pueblo donde siempre se sintió la fusión de lo espiritual con el alma de cada ciudadano. Plaza que obligaba a la poesía a brotar de lo más recóndito del alma para deleite de quién la podía necesitar. De aquel viejo Feddán solo quedan las ocho palmeras que llevan, cada una de ellas, el nombre de una ciudad andalusí y los recuerdos en la alforja de cada vividor y de cada ave que aún sobrevuela el lugar".
Cansado de oír tantas beldades en aquel sueño envuelto de despertares, me encaminé hacia la casa de mi abuela, morada en la que nací, para descansar y recapacitar sobre el pasado poético de aquella novia andalusí que, aún enlutada, se viste de blanco cada madrugada para regalarles a sus vecinos su sonrisa perfumada de nardos... y de olvidos.
ENCUENTRO EN EL FEDDÁN.
(Relato)
Del libro "El cine español y Marruecos" de su autor Ahmed Mohamed Mgata /Tamuda, 2004

Todos los pueblos poseen en las alforjas de sus usos y de sus costumbres un gracejo comprensible y repleto de astucias pese lo incrédulo e imposible de creer nada más oír sus episodios. El gracejo popular suele ser chistoso y, por ello, variopinto y multidimensional; a veces molesto y otras relajante.
Lo anterior se me ocurrió al recordar lo ocurrido en la terraza de un cafetín del Feddán Tetuán cuando se hallaron en mesas contiguas Layachi, un verdulero de Anyara, cerca de Tetuán, y Pocholo antiguo vendedor ambulante de helados en Río Martín y natural de Osuna, pueblo cercano a Sevilla.
Los dos eran jubilados y el encuentro los hizo rememorar vivencias lejanas llenas de imaginaciones y de ese gracejo inofensivo y que denota... una capacidad de inventiva infinitamente amplia.
Pocholo contó como, después de irse de Río Martín, volvió a su Osuna natal donde no tardó en acoplarse a la vida del pueblo en aquellos dulces y lejanos años cincuenta del siglo pasado. Dijo que cierta tarde y mientras escuchaban las noticias taurinas por la radio de uno de esos bares de buenas tapas y buen mosto, un concejal del Ayuntamiento expuso la idea a los ahí presentes de organizar una excursión para los jóvenes del pueblo que tengan más de sesenta años, hombres y mujeres de Osuna que tengan pasaporte aunque sean paletos. La excursión sería para Kampala o como se llame la ciudad en cuyo bosque se hallaba el amigo moral del pueblo, el señor Tarzán de los bosques, y su dulce señora Jane así como su “caniche” la mona Chita.
Al principio, dijo Pocholo, todo parecía raro y difícil de conseguir ya que el viaje iba a ser más largo que ir a Sevilla y que autocares para viajes más largos iban a resultar muy complicados porque eso de “bajen y empujen para que el autocar arranque” resulta siempre insoportable. Pero, el señor concejal lo arregló todo ya que habló con el boticario-hombre culto que incluso leyó el quijote íntegro- quién habló con un familiar suyo que vivía en Madrid para que el viaje fuera en un avión inglés que salía de Londres lleno de hijos de la Gran Bretaña que bajaban en Madrid para ir a África.
Se apuntaron los que lo quisieron aunque se les dio a los tricornios y al sereno la primacía de ocupar los primeros billetes del avión que los iba a llevar a África.
Más de treinta vecinos de Osuna se apuntaron y pagaron sus pasajes al concejal con salida de la plaza de la Iglesia en un autobús que los iba a llevar hasta el aeropuerto de Sevilla para ir a Madrid y de allí a Kampala para ir en autocar de safari a donde residía el señor Tarzán y su familia.
Tras llegar a África, con la expedición mareada y cansada de tanto viaje, cogieron camino en un autocar hacia la selva y, por fin, la gente del pueblo empezó a respirar aire limpio porque no tenía la costumbre de viajar como las sardinas aliñadas en sus latas. De sus bártulos empezaron a sacar sus morcillas, chorizos, longanizas, jamón y demás potingues que se habían llevado del pueblo para ahorrar en comida puesto que el viaje les costaba el transporte mientras que la comida y el dormir eran a cuenta de cada uno, o sea, dormir en tiendas de campaña y comer de la caza que le iban a proporcionar sus dos acompañantes nativos, Dugúdugú y Mandingo, que les iban a servir de guías y de cazadores y, caso de que les salga en el camino algún león, correr detrás de ellos para salvarse... el que pueda.
Efectivamente, llegó la expedición andaluza a la selva pletórica de euforia porque iba a ver al ídolo de los que van al cine para ver las aventuras de tan insigne personaje, y empezaron a caminar hasta llegar a un río en cuya ribera había un letrero que ponía “para ir a Tarzán city... cruza el río”. No había puente y no se podía regresar, siguió diciendo Pocholo. Incluso llegaron a creer los de Osuna que aquello era broma del alcalde de su pueblo porque no veía bien esa excursión y preferir ir a América para ver a Marlene Dietrich. De repente gritó, antes de desmayarse doña Emergilda, mujer del sereno del pueblo, don Eutanasio: “Un cocodrilo a la derecha, digo, a estribor, y parece ser de verdad”.
Todos empezaron a correr y a desperdigarse sin saber qué hacer ni a donde ir. El mismo cocodrilo, atónito, se quedó quieto ante tanto cateto a la vista y corriendo por doquier y, de repente y como obra del Cielo, se oyó a Tarzán gritar su universal grito, el cocodrilo volvió al río temblando de miedo y los treinta expedicionarios vieron llegar a Tarzán por encima de una rama de un árbol acompañado de Jane y de Chita. El rey de los bosques se les quedó mirando sorprendido por la inesperada visita a sus territorios y el concejal, don Baldomero, en nombre de la expedición, empezó a hablar para presentarse:
“Señor Tarzán, en nombre de Osuna, pueblo andaluz de pura cepa, mí, Baldomero Requena, en calidad de concejal, querer dar las gracias a usted y a las honorables Jane y Chita, por acompañarnos cada domingo en el cine la Eulalia, viuda de don Saturnino, que en paz descanse. Nosotros venir para veros porque, nosotros, querer mucho a Tarzán. Nosotros querer mucho a Jane y querer a Chita como nunca nosotros poder amar...”
Mientras Baldomero seguía enrollándose haciendo el indio, Tarzán le dijo a Jane en voz baja:
“Oye Jane, esta gente no puede ser de España, te has fijado en lo mal que habla el español... se parecen a nosotros”.
Layachi escuchaba atentamente lo que Pocholo le contaba enfervorecido, mientras sostenía un sebsí entre los dedos de su mano derecha y, entre risa y carcajada, Layachi quería demostrarle a su compañero accidental en el café que estaba escuchando y creyendo todo lo que escuchaba aunque sabía que Pocholo estaba seguro de que él, Layachi, no se creía ni una torta de lo que estaba relatándole.
El verdulero de Anyara decidió participar activamente en la farsa y, como si fuera a decir algo interesante le preguntó a Pocholo si sabía que la ciudad de Tetuán conoció la visita de profesionales de talla mundial para rodar "Zarak Kan" como Víctor Mature, quién estuvo acompañado por su amante Liz Taylor aunque ella no llegó a intervenir en el rodaje, Anita Ekberg, Eunice Gaynor, Rhonda Fleming…, y que gran parte del filme se rodó en Tetuán así como en algunas zonas de la región como Alcazarkebir.
Pocholo no sabía qué contestar por no saber nada de la película y por dudar de su compañero ya que lo mismo podía estar hablando en serio que de broma como lo hacía él desde que empezó a hablar con Layachi.
El verdulero de Anyara volvió a preguntar insistiendo en que quería una respuesta hasta que Pocholo respondió negativamente.
Layachi le dijo que esa película se había rodado después del viaje de la expedición de Osuna a Kampala y que Tarzán había estado presente en parte del rodaje por ser amigo de Víctor Mature afirmando que los dos actores, mientras estuvieron en Tetuán, estaban entre La Segoviana y La Parra de copas, momentos que él, Layachi, aprovechaba para acompañar a Liz Taylor por la Medina y por los sitios más exóticos y que la famosa actriz americana le dijo:
“Layachi, Tarzán de los monos había conocido a unos andaluces simpáticos porque no me llevas a ver una corrida de toros y pasamos el día de flamenqueo y de fandangos. A mí me gusta lo típicamente español y lo auténticamente andaluz.”
Layachi no tardó en contestar que en Tetuán no había plaza de toros, por falta de toreros y de cuernos aunque sí se montaban unas corridas en ferias y celebraciones en plazas desmontables pero, en cambio podían ir al restaurante Revertito donde se respiraba ambiente andaluz castizo.
Efectivamente, Liz Taylor aceptó la idea y se fueron al mencionado y ya desaparecido restaurante. Nada más entrar por la puerta grande fueron recibidos por un camarero con vestimenta flamenca quien les dio la bienvenida mientras hacía el jilipuertas con una bandeja llena de copas vacías que se le acabó yendo al suelo tras tropezar en una silla de cáñamo.
Layachi se puso a explicar a la ilustre invitada de la ciudad lo que había como elementos decorativos aunque, de repente, Liz Taylor interrumpió sus explicaciones para decirle:
“Perdona que te interrumpa, Layachi, ese camarero al que se le cayó antes la bandeja está llorando en esa esquina. ¿No será que los dueños le hayan hecho una bronca’?
Layachi, al ver el espectáculo referido por la actriz, se dirigió junto a ella hasta el camarero y le preguntó por la causa de su sollozo.
El camarero, mirando a los dos clientes respondió se había acordado de la trágica muerte de su padre por el toro cuya cabeza estaba disecada en lo alto de esa esquina como algo omnipotente.
Layachi y Liz, al unísono e intentando consolar al pobre camarero por el recuerdo de la muerte su padre, le preguntaron: “¿Su padre era torero?
“Que no, leñe, mi padre, que en paz descanse, tras agarrar una borrachera de campeonato tuvo la ocurrencia de sentarse debajo de ésta misma cabeza de toro justo cuando se cayó de su gancho... y lo mató”
Pocholo se rió de la anécdota y se despidió de Layachi mientras le decía: “Oye, Layachi, lo de la excursión para ver al señor Tarzán era una broma”:
A lo que Layachi contestó:
“Sí, hombre. Lo supe desde el primer momento porque Tarzán es muy amigo mío y nunca me hubiera ocultado un encuentro como el que tu me contaste.”
Los dos se rieron muchísimo cuando se disputaban el honor de pagar los dos thes que se habían tomado delante del camarero que, harto de esperar, les dijo: “señores, no es preciso que sigan ustedes discutiendo para pagar, vuestra consumición ya esta pagada. Les ha invitado el señor Tarzán.

del Diario de un periodista


AL BORDE DEL DESENLACE
Relato muy corto
POR: Ahmed Mohamed Mgara

Tenía una labor que llevar a cabo los últimos días del verano.
La visibilidad en la mar aún era aceptable y las olas no se habían rebelado contra lo estáticas que fueron durante los dos últimos meses de verano.
Tenía que acudir a diferentes puntos, supuestamente, de partida de pateras o lanchas de inmigrantes ilegales. Estuve en varios sitios olfateando y preguntando a gentes con quienes me iba cruzando en diferentes orillas, sin aparentar que estaba muy interesado... y, de todo hubo en la viña del Señor, como se suele decir.
Probablemente, lo más espeluznante y alarmante que ví fue muy ocasional en una de las montañas o laderas cercanas al Estrecho.
Centenas de africanos de color estaban agolpados y agrupados en grupos diseminados. Inmóviles e inertes, casi no se movían pera nada. Estaban de pié o sentados sobre la tierra o la aridez de esa montaña. Algunos mascaban chicle, pero sus ojos estaban clavados en la tierra que llenaba el horizonte detrás del Estrecho.
Después de recorrer miles de kilómetros intentando llegar a Europa ven frenadas sus ilusiones por unas pocas millas de agua salada... se despiertan de sus sueños para encontrarse tan cerca y tan lejos de su tierra soñada que esperan y esperan hasta la desesperación.
De pié y esperando el milagro de ver emerger desde las profundidades a Neptuno con un puente por debajo de los brazos para tenderlo entre las dos orillas por unos minutos que diesen tiempo a los allí agolpados para correr hacia la orilla de enfrente sin que nadie estuviese detrás de ellos ni impidiéndoles el paso.
Despertaron de su sueño para embarcar, aún despiertos, en otro sueño, quizás más cruel...más desesperante y desmoralizador.
Durante casi una hora he visto evaporarse los sueños de esos simpáticos y débiles seres humanos de tez morena. Pero, para ellos, yo estaba seguramente equivocado. Ellos no soñaban, sino que sabían que en cualquier momento podía llegar la oportunidad de su vida. Ellos han invertido el sentido de su vida haciendo una inversión muy cara. Miles de kilómetros en los desiertos africanos, algunos a pié, y con mucha hambre en el camino. No tendrían, seguramente, dinero suficiente para gastárselo.
Y llegaron, por fin. Ya podían vislumbrar el Gibraltar y el Estrecho de los que tanto habrían oído hablar antes de emprender el camino. Incluso podían bendecir su cuerpo con el agua mágica y angelical del Estrecho... las mismas aguas que bañan Tarifa y Getares, Algeciras y cualquier punto donde podían desembarcar.
Procuré hablar con algunos. En vano.
No confían en nadie. Temen a los seres extraños.
Para ellos, todos somos culpables de que no puedan llegar a la Península... los blancos somos racistas e informadores.
Algunos se hacían el sordo, otros escuchaban el saludo y después de mirar de donde procedía se daban la vuelta y volvían a adorar a su mar. Algunos me contestaron en un inglés muy complicado. Pero los más sinceros fueron dos que me dijeron: “Vete. Aquí no molestamos”.
No sabía si quedarme allí mientras atardecía. Podía ser peligroso seguir allí más de lo que había estado y emprendí el camino entre los matorrales para volver a la carretera. Y uno de esos hombres, que estaba acompañado por cinco amigos suyos, me llamó pidiéndome que me acercase a donde estaba. No sabía si correr hacia abajo, lo que no me hubiera servido de mucho, o hacerle caso a ese joven. Casi sin pensármelo, decidí acercarme a él y cambié el rumbo de mis andares.
El muchacho me dijo en un español muy complicado que me había estado observando y que se preguntaba porque me adentré en esa montaña cuando todo el mundo tiene miedo de “los negros”.
Me señaló con el índice izquierdo hacia una choza de cartones y plásticos. Todo estaba atado con cuerdas y cintas adhesivas de embalaje. Era, me dijo el pobre muchacho, el único y mejor palacio de su vida. Tenía algo de ropa, que asomaba de una mochila, y unas bolsas de plástico con comida de la beneficencia. Estaba enfermo, me comento, y que su enfermedad no sería por mucho tiempo... era cuestión de llegar allí, a la otra orilla.
Cuando me despedí de ese joven me dijo uno de sus amigos en un español nítido: “Oye, ¿sabrás decirme cual de las dos orillas es la maldita, ésta, en la que nos hallamos o aquella a la que no podemos llegar?
“Cada orilla posee su propia maldición, le contesté, pero la esperanza que tenéis vencerá a las dos maldiciones”. Suerte, amigos.

MALAGA E IRAQ

IRAQ, MÁLAGA Y UN DOLOR MÁS.
Relato muy corto.
Por/ Ahmed Mohamed Mgara

Talal era un joven iraquí que estudiaba económicas o empresariales en Málaga y su amiga Caroline era escocesa y estudiaba Idiomas. Con los dos coincidí en un curso acelerado de "Esperanto" en la Facultad de Filosofía y Letras de la ciudad del Cenachero, a finales de la década de los años setenta. Talal y Caroline eran novios y estaban unidos por más de un sentimiento de amor. Me daba la impresión que eran la misma persona.
Después de cada sesión del curso salíamos de la Facultad y nos dirigíamos a Chinitas para sentarnos en alguna bodega o cafetería un rato de diálogo y de convivencia que, muchas veces se alargaba a horas de charla y buena tertulia.
Algunas veces, Caroline se iba antes que nosotros para recibir las llamadas telefónicas de sus padres, momentos que Talal y yo aprovechábamos para hablar en árabe de temas más concretos que Caroline nunca hubiera podido entender y, menos aún, según los interpretábamos nosotros.
Mi amigos Talal y Caroline y yo llegamos a crear un grupito de amigos muy peculiar. Los ratos libres los dedicábamos a descubrir, cada uno, el pensamiento de los otros dos compañeros y, curiosamente, entre los tres conseguíamos cada noche despedirnos tras haber hallado resultados óptimos para resolver los problemas de la época en todo el mundo.
En aquella época, Iraq poseía un auge considerable en la cultura dentro de los países árabes. Allí se hallaban las mejores imprentas y las más grandiosas publicaciones periódicas nos llegaban de allí como principal fuente tras la casi paralización de las imprentas y editoras libanesas. Para los intelectuales del mundo árabe Iraq era la principal fuente de libros y publicaciones tanto en cantidad como en calidad, avalada por los cinco milenios de historia viva u omnipresente. Caroline nos decía que: "Murió Manolete, pero Hamorabi sigue presente…"
En una bodega de Chinitas trabajaba de camarero un chaval "rosa mariposa" muy gracioso que, cuando nos veía asomar por su establecimiento decía a sus compañeros con una gracia desmesurada:" Ya están aquí los peques…un vasito de leche templá pa ca uno y argo de comé que no tenga jalufo". Ni Talal ni yo bebíamos bebidas alcohólicas y Caroline, comprensivamente con su novio, acabó siguiendo su norma, lo que me hacía admirar cada vez más a esa joven británica de Escocia.
Talal tenía una perspectiva de futuro muy esperanzadora. Una vez me dijo que el mundo les pertenecía a los jóvenes que eran quienes debían cuidarlo y dirigir sus destinos y que los viejos, como Tito, Burguiba o Castro estaban fuera de circulación. Mientras que el mundo evoluciona ellos seguían aferrados a "sus glorias". Tenía, mi amigo Talal un amor incondicional al mundo árabe hasta el punto de que, en el piso donde vivía, había colgados varios motivos de distintos países árabes así algunos cuadros con fotografías de algunos líderes árabes. Una de esas fotos era del rey Faisal de Iraq con Franco. Mi amigo me regaló esa fotografía que aún conservo con una nota en el reverso escrita a lápiz: "Franco y Faisal en el desfile de la Victoria de mayo del 56 en Madrid".
También tenía junto al Corán un libro de poesía iraquí publicado por el Instituto Hispanoárabe de Cultura y otro poemario editado en Iraq de poetas iraquíes en árabe.
Después de acabada la guerra civil, España se quedó desmembrada y arrinconada, los países occidentales le negaron el reconocimiento y pararon sus ayudas y colaboraciones. Y fue el mundo árabe quien se solidarizó con el Estado y con el Pueblo españoles para sacarlos del aislamiento al que estaban sometidos. Las ayudas y los créditos ayudaban en buena parte al resurgimiento de la nueva España que, décadas después, devuelve esos favores al país que más la ayudó con apoyos logísticos a unos locos que están llevando a la deriva a la dignidad humana.
No sé donde estará mi amigo Talal aunque, tal vez, habrá recordado esa fotografía que me dio hace unos cinco lustros cuando creía en la amistad hispano-iraquiana mientras su país, el glorioso Iraq, regalaba petroleros llenos de crudos a España para ayudarla a superar la crisis energética.
Lo último que supe de Talal y de Caroline era que tenían dos niños y una niña y que eran profesores universitarios en Iraq y eso fue poco antes del salvaje ataque del 91. No sé si vivirán o no, pero me consta que el espíritu combativo por la dignidad nunca desaparecerá de aquella sagrada tierra que fue bendecida por la Divinidad.