ROUSSEAUX, SUS CONFESIONES Y YO
ROUSSEAUX, SUS CONFESIONES Y YO
“He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He descubierto mi alma tal como Tú la has visto, ¡oh Ser Supremo! Reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis flaquezas, se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad; y después que alguno se atreva a decir en tu presencia: “Yo fui mejor que ese hombre.”
Jean Jacques Rousseau,
"Confesiones" 1719.
Cuando
leí por primera vez "Confesiones" de Jean Jacques Rousseau tenía diez
años. Mi padre insistió en que leyera ese libro de la colección egipcia
"Kitabi" en árabe, y que, una vez terminada la lectura, darle un
resumen y lo que aprendí de ese libro para mi vida futura en una hoja de
cuaderno y escrita a lápiz -que aún conservo-. Y lo hice.

Leer
a un ilustre filósofo y de tal envergadura, a los diez años, fue una experiencia
que me valió y sirvió en mis andares por la vida pese a no haber entendido a la
perfección lo que Rousseau pretendía plasmar en sus mensajes hacia los lectores
partiendo de sus aciertos y de sus propios errores en una sociedad siempre
fragmentada y con valores en decadencia. No todo el contenido del libro se me
quedó en mente pero retuve, junto con lo que en los tebeos e historietas que
leía, lo que más me pareció bonito y al alcance hasta tal punto que, sin darme
cuenta, volvía a leer ese libro de hojas amarillentas, letras muy pequeñas y
olor a perfume de las décadas varias veces.
Crecí
y me fui haciendo mayor al compás de las hojas de almanaques de Casa Parres,
Papelera, Casa Ros y otros, según lo que mi padre traía a casa cada inicio de
año. Mi faz se fue vistiendo de pelillos fugaces que me anunciaban mi adiós a
la infancia. Entre estudios, teatro y deporte fui relegando un poco la lectura
a un plano suplementario aunque muy paralelo… al meterme en la cama, antes de
pasar a mejores y variopintos sueños, leía a Tolstoi, Mutanabbi, Gibran u
otros; algunas veces leía a Mustafa Sebbagh en el periódico Al Alam de Rabat en
sus columnas y artículos mágicos, antes de su triste desenlace en una maldita
carretera. Curiosamente, fue en ese periódico donde publiqué por primera vez en
prensa, en septiembre de 1968.

Como
es fácil de entender, ir en la vida con una personalidad propia, al margen de
que esté casi perfecta o roce la imperfección, no siempre puede resultar
beneficioso para una persona. Hay muchos detractores e envidiosos, irreverentes
seres malignos que hallan el zenit de sus alegrías con los tropiezos y fracasos
de los demás; muchos hipócritas que te van acariciando el ego con la finalidad
de enterrarte en el fango oscuro de lo más fantasmagórico. Ser “uno mismo” no
es más que un enjambre que muchos buscan desarraigar y arrancar de su entorno
natural-que es la persona-; más aún en una sociedad o generación que fue
creciendo con los miedos y desconfianzas absolutas, con dudas inciertas,
perdiendo los valores éticos y morales escalonadamente.
Fui
avanzando en edades y en décadas con más o menos aciertos en ese caminar,
procurando no perder esos valores que en los años de la niñez de los años
cincuenta y sesenta nos fueron inyectados, basados en ser “uno mismo” y respetando
a los demás, sembrando y sumando en pro de todos. Los años se fueron perdiendo
con las prisas y con preocupaciones de cada época y circunstancia en un mundo
que, cada vez más, se iba envolviendo en una túnica sombría pese a parecer
incolora. La amistad resaltaba más en los diccionarios que en la vida real, la
lealtad pasó a ser un simple tema para estudiar, el amor al prójimo dejó de
estar incluso en las almas de los que se autodenominaban “religiosos”. El
descontento general, sin importar los medios disponibles, empezó a adueñarse de
una sociedad limítrofe con el abismo. El materialismo implicaba que la sociedad
se adueñe de una hipocresía global; sonrisas falsas y lágrimas de
cocodrilo, lujurias e infracciones flagrantes de todos los mandamientos, interrogantes
inexplicables que inundaban el día a día de una sociedad disuelta en sus
propios sinsabores; se rompieron los lazos familiares por causas
insignificantes y, lo que fue peor, la mayoría de los ciudadanos se afanaban en
hacer todas sus cosas, de la peor manera posible.
Y,
entre desacierto y desaciertos de unos y de otros, las identidades de la
sociedad se perdieron en sus intereses creados, sobreviviendo sola y
exclusivamente los valores de la persona.
Las
décadas fueron evolucionando a mis entornos. Una psicosis general invadió las
diferentes generaciones, tal vez por la liberalización libertaria de los medios
de comunicación y cibernáuticos que nos hicieron ver oro donde no lo podía
haber, pero gran parte de las generaciones actuales eligió la perdición tras la
rendición, intercambió la rosa por su tallo y espinas, escribiendo sus propios
epitafios y esquelas.
Ahmed Mgara
Tetuan, 02.04.2020
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