Presentación de la antología poética Trina Mercader presentada
con motivo del IV Encuentro Hispano Marroquí de Poesía,
celebrado en Tetuán en marzo 2013.
TRINA MERCADER,
Siempre en el recuerdo.

En la ciudad norteña y atlántica consiguió un puesto
administrativo en la
Junta Municipal , el cual conservó al trasladarse a Tetuán,
pero en el Municipio de la capital del Dersa.
Indagar en la vida personal de Trina y sacar datos
concretos es de máxima dificultad. Muchos enigmas
y muchas
interrogantes hacen de nuestra homenajeada una persona casi desconocida en su
vida personal pese a ser, siempre, una persona jovial mientras está con gente
alrededor, y pese a haber sido una de las mujeres más representativas en la
intelectualidad hispanomarroquí durante el Protectorado.
Fue en Larache donde publicó sus primeros poemas,
usando el pseudónimo de “Tímida”. También publicaría, una vez ya en Tetuán y en
1944, “Pequeños poemas” un poemario firmado con ese mismo Pseudónimo.
Su carácter sencillo y sus buenos modales hicieron de
ella una persona muy querida y amada tanto en el trabajo como por quienes se
movían en su entorno. Muchos admiraban su faceta de estar leyendo
y aprendiendo cosas como buena autodidacta que era en
las diversas facetas de su vida.
Jacinto López Gorgé y Cesáreo Rodríguez Aguilera la
han estado apoyando en todo su deambular intelectual, lo que creó entre Trina y
esos dos intelectuales, españoles de origen y marroquíes de espíritu, una
amistad eterna. Recuerdo cómo me halaba de ella la misma mujer de Jacinto, la
famosa Pepita, mientras describía su sencillez y su delicadeza. Me decía
Pepita, durante el homenaje que le brindamos a Jacinto López Gorgé en el Ier
Encuentro, que muchas veces equiparaba la amistad con la que tenían Trina y
Jacinto con una relación sublime y llena de espiritualidad. Pepita hablaba de
Trina con visos de peculiaridad y de ejemplaridad.
Dos amores marcaron la vida de Trina durante su paso
por Maruecos (1940-1956). El que mantuvo con un militar español del que tan
solo se posee el nombre, Antonio, y de Driss Diouri, compañero de trabajo e
intelectual que ya publicaba en publicaciones de Tánger, principalmente. De
ello escribió extensamente nuestro amigo Fernando de Agreda Burillo, gran
seguidor de la trayectoria de esos dos intelectuales españoles que fueron
marroquíes de adopción como lo fueron Trina y Jacinto.
En 1947, Trina crea en Larache la revista “Al-Motamid,
versos y prosa” que publicó y dirigió durante nueve años, hasta 1956, llegando
a publicar treinta y tres números, y que está considerada como la impulsora más
firme de lo que se llamó literatura marroquí expresada en español o, simplemente,
hispanismo marroquí, llegando a publicar en paralelo una colección de poesía a
la que denominó “Itimad”. Y fue en esa colección cuando:
En 1954, con Mohammad Sebbag, autor, y la misma Trina
Mercader, publican “El árbol de fuego”, Tetuán, Al-Motamid, colección
(Itimad, 1).
En 1956, publicó
su segundo poemario
“Tiempoa salvo”. Al-Motamid, Colección (Itimad; 3).
En 1960, Trina Mercader participa en una antología
editada por Sierra Nevada: antología poética, Granada, Imprenta
Guevara.

La de Trina fue una aventura que constituía una lucha
constante contra todas las adversidades, que no eran pocas, con las que se iba
encontrando. Trina desafío todas las trabas rebelándose ante la magnitud de sus
alcances para conseguir su revista, la que, en su momento, no parecía tener
gran alcance y que acabó siendo un punto de referencia a nivel de la poesía tanto en España como en
Marruecos. Trina fue algo “Quijote”, como se suele decir, para conseguir realizar
y realzar su proyecto; fue, también, “la
robinsoniana poetisa alicantina”, como la llegó a llamar Jacinto López Gorgé en
un gesto de reconocimiento de sus logros, nada fáciles en esos trances y en
esas circunstancias.
En el número 26 de Al-Motamid,
Trina publicó una carta poética de Vicente Alexandre que este le envió tras su
famosa visita a Tetuán, bajo el nombre de “Carta marroquí” y que don Vicente
incluiría en sus “Obras Completas”
Trina solía decir que:
« Mi primer nacimiento en Alicante. El segundo,
en Larache (Marruecos).
Y el hecho de vivir tantos años en
Larache fue para ella tan vital que afirmó en una especie de autobiografía que: “Mi biografía debería titularse “historia de una
revista”. Porque una revista –Al-Motamid- es la que centra y orienta mi vida en
Marruecos.

Si en el desierto, agua significa vida – en Marruecos,
país de convivencias mixtas - “Al-Motamid” significa proximidad, unión
fortaleza y encauce de su vida literaria en sus dos vertientes, la marroquí y
la española. Por ello nació bilingüe – marzo 1947- en Larache, creando sobre la
marcha sus primeros caminos, cuando cualquier gesto podía llamarse corazón y
los encuentros hallazgos.
Con esos “encuentros poéticos” apareció una nueva ola
de creaciones literarias y de sus traducciones como producto de contactos con
poetas y escritores afamados tanto en España y Marruecos, en primer lugar, como
de Oriente Medio y en Suramérica,
posteriormente… pero los puntos de encuentro eran, casi siempre, en las obras
de Jacinto y de Trina. Puede decirse, sin margen de error, que nuestros dos
personajes fueron de los que más hicieron por consolidar la fraternidad entre
intelectuales y ciudadanos de nuestros dos países durante las décadas de los 40
y 50 del siglo pasado.
Trina Mercader, al independizarse nuestro país, eligió
la ciudad de Granada para vivir por la sencilla razón de que “se parecía a
Tetuán”, decía la misma Trina.
Trina vivía en una soledad muy peculiar, según me
afirmaron personas que la conocieron de cerca tanto en su época de Larache como
durante su estancia en Tetuán. Esto hizo posible que tuviese más tiempo para
escribir y enviar cartas a escritores y poetas de diferentes tendencias y de
dispares países para que colaborasen en su gran revista. Fue, probablemente,
una grandísima embajadora de toda la intelectualidad marroquí e hispana sin
darse cuenta de esa gran labor de dar a conocer la creatividad de nuestros
jóvenes valores de la literatura a través de sus publicación.
Trina publicó en su propia revista y colaboró en
varias publicaciones sus creaciones poética, se puede escoger el poema “Mayo
de los amantes” como uno de los más representativos de la sensualidad
expresiva de Trina.
Mayo de los
amantes.
Mayo
de los amantes,
madurador de labios, nuevo fruto,
cómo rebosa el agua de mis ojos en sombra
por donde las estrellas calan en lo profundo.
Mi voz está volcando
su cesto de manzanas en júbilo.
Tacto de la caricia,
mira cómo renace la yerba de mis dedos.
y este ritmo en desorden que el corazón ordena
pone en fuga las aves del desnudo en que bebo
agua ciega del beso: verbo mudo.
Mayo de los amantes,
enamoradamente te descubro
madurador de labios, nuevo fruto,
cómo rebosa el agua de mis ojos en sombra
por donde las estrellas calan en lo profundo.
Mi voz está volcando
su cesto de manzanas en júbilo.
Tacto de la caricia,
mira cómo renace la yerba de mis dedos.
y este ritmo en desorden que el corazón ordena
pone en fuga las aves del desnudo en que bebo
agua ciega del beso: verbo mudo.
Mayo de los amantes,
enamoradamente te descubro
La revista “Turia”, de Teruel, publicó un relato en el que Trina describía
una calle de Larache, no sin una deliciosa y melodiosa literatura. El relato se
llamaba:
UNA CALLE DEL
BARRIO MORO DE LARACHE
Penetrar por una calle de Marruecos es abrir el
libro de lo maravilloso. La luz vendrá, atravesando bóvedas, a nuestro
encuentro. Porque hay que perderse, sin prisas, por el pequeño laberinto
luminoso.
.El barrio
moro de Larache es ese laberinto de luces y sombras por donde me pierdo. Hay que aceptar
la cuesta, y el guijarro resbaladizo, y la escalinata desigual y el rincón
lóbrego y maloliente. Porque todo forma
parte de esta escenografía ya en desuso en nuestro mundo civilizado, que nos
engulle y atropella. Aquí, por el contrario, todo está a la mano, todo tiene
una altura que no sobrepasa nuestra humanidad.
La misma estrechez de la calle es
agradable a nuestra estatura. Es como andar por el interior de una casa grande,
familiar. La voz del mendigo ciego nos acompaña desde todos los ángulos,
resonando. La salmodia del almuédano, desde su torre, es una impresión nueva a
nuestros oídos. La novedad, la sorpresa nos va acompañando. Los ojos se
acostumbran a la luz y a la sombra, simultáneas. La cal de las paredes tiene
sólo la estridencia de la luz, el propio reflejo trascendido. Mi paso se hace
lento, obligadamente parsimonioso. Aquí la prisa lo rompería todo.
Una mujer
atraviesa la calle. El sol estalla en el blanco jaique y casi la transparenta.
Los pliegues del manto retienen la sombra precisa, dándoles profundidad. Es un
manto que tiene mucho de griego, en su cascada de pliegues a la espalda. De él
emergen unos pies calzados de babuchas, blancas también, a ras del manto.
Arriba, unos ojos negros, a veces verdes, en lo alto del “letam”, del velo.
Acaso la tersura de una mejilla no vista, adivinada. El paso siempre es lento,
comedido, remontando sin prisa la ascensión. La calle, las paredes de las casas
son el marco de esa figura única, el único detalle vivo que aprisionan. La más
leve esquina, una línea blanca entre lo blanco la oculta, desaparece. La calle,
ahora, queda estática, más quieta que nunca, como en reposo.
Alguna
puerta se entreabre. Un bisbiseo apenas perceptible, comenta en árabe: Es una
nazarena. Y la puerta se cierra blandamente, sin ruido, como la voz de las
mujeres en el interior de la vivienda, o
como sus pasos de pie descalzo sobre la cal de las azoteas.
En el
recuadro blanco de otra azotea, una mujer se asoma:
-Buenos
días, dice. Y sonríe.
Es una mujer que quiere conversación. Es la clásica
mujer de siempre, atenta a cualquier posibilidad de charla. La voz del ciego
insiste, se alza o se pierde, para regresar una vez más, llenando las
callejuelas con su eco. De pronto tropiezo con él, a bocajarro, en una esquina.
Con su cayado tantea los pequeños peldaños. Me hago a un lado y le dejo pasar, mientras inicia una
vez más su petición de ayuda.
Toda la
calle asciende con mi propia ascensión. Su soberbia sube o baja su propio
desnivel. Los edificios son enjutos, sobrios, de pequeñas ventanas altas que
coronan las desiguales alturas. No hay tejados; sólo una terminación brusca del
blanco, cortando en cubos una arquitectura sin complicaciones.
A mi lado
pasan los jaiques, las severas chilabas, destacando en lo blanco el
amarillo limón de las babuchas. Los seres van como envueltos en su
blancura. La calma de sus ademanes convierte cada calle en un claustro de
mínimas proporciones. Claustro o celda para un pueblo religioso, en el que el
silencio tiene una dimensión casi mística.
Hace casi 28 años, el 18 de abril de 1984, Trinidad
Sánchez Mercader fallece en la ciudad de Granada, dejando, una gran reliquia, un
gran bagaje de documentos, manuscritos y de correspondencias carteriles de casi
cuarenta años, así como una nutrida colección de publicaciones y ediciones de
revistas especializadas en literatura. Todo ello quedó en propiedad, siguiendo
su testamento, de quienes cuidaron de ella en los años vividos en Granada. No
hay que omitir, ni olvidar, que Trinidad Mercader había llegado a Larache con
una grave enfermedad dérmica de la que nunca se llegó a curar del todo, por lo
que necesitaba un cuidado especial y unas atenciones constantes.
En marzo del 2003, por iniciativa de Bait Ach-chehr, los
Institutos Cervantes de varias ciudades marroquíes rindieron homenaje a la
memoria de Trina, rememorando, también, la gran obra suya que es Al-Motamid.
Nosotros, poetas, periodistas, escritores, intelectuales
de ambas orillas, le hemos querido dar a nuestro bienal Encuentro de este 2013
su excelso nombre a la singular Trina Mercader, al igual que homenajeamos en el
primer Encuentro a Jacinto López Gorgé (tan alicantino como Trina), compañero
de lucha en Marruecos y en Granada durante muchas décadas. Trina quiso y pudo
fusionar simbióticamente los sentimientos y las sensualidades de los
intelectuales de España y de Marruecos en un abrazo fraterno al que llamó Al-
Motamid. Trina supo amar a las ciudades marroquíes donde vivió igual que amaba
a su Alicante y a Granada ciudad que acoge sus restos mortuorios.
No podemos ser más que fieles a su alma
y recordar a la generación actual que hubo, durante el
Protectorado Español en Marruecos, gentes de grandes valores que han sabido
inculcar
y sembrar esos valores a través de la intelectualidad.
Gente de grandes valores humanos que fundió sus ideales
en el bien común de la cultura: sobreponiéndose a las acritudes políticas y
militares de esas épocas. Nosotros, reconociendo a esos artífices de la
multiculturalidad sus loables obras, renovamos ese espíritu de amor,
convivencia y comprensión entre nuestros pueblos hermanos.
Trina llegó a Larache en 1940 y se fue de Tetuán en
1956, pero nunca olvidó la tierra que la acogió, ni los que somos hijos de
estas latitudes la hemos podido olvidar.
Descanse en paz el alma de Trina Sánchez Mercader.
Ahmed Mohamed Mgara
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