25 marzo 2013


TRINA MERCADER,

                Siempre en el recuerdo.




Trinidad Sánchez Mercader nació en Torrevieja, provincia de Alicante, en 1919 y, a sus 21 años, tras la guerra incivil española, se trasladó con su madre a la ciudad de Larache con la finalidad de alcanzar su sueño de ser periodista y escritora con plenitud de libertades, alejándose de la encrucijada que se vivía en la Península.
En la ciudad norteña y atlántica consiguió un puesto administrativo en la Junta Municipal, el cual conservó al trasladarse a Tetuán, pero en el Municipio de la capital del Dersa.
Indagar en la vida personal de Trina y sacar datos concretos es de máxima dificultad. Muchos enigmas
 y muchas interrogantes hacen de nuestra homenajeada una persona casi desconocida en su vida personal pese a ser, siempre, una persona jovial mientras está con gente alrededor, y pese a haber sido una de las mujeres más representativas en la intelectualidad hispanomarroquí durante el Protectorado.
Fue en Larache donde publicó sus primeros poemas, usando el pseudónimo de “Tímida”. También publicaría, una vez ya en Tetuán y en 1944, “Pequeños poemas” un poemario firmado con ese mismo Pseudónimo.
Su carácter sencillo y sus buenos modales hicieron de ella una persona muy querida y amada tanto en el trabajo como por quienes se movían en su entorno. Muchos admiraban su faceta de estar leyendo
y aprendiendo cosas como buena autodidacta que era en las diversas facetas de su vida.
Jacinto López Gorgé y Cesáreo Rodríguez Aguilera la han estado apoyando en todo su deambular intelectual, lo que creó entre Trina y esos dos intelectuales, españoles de origen y marroquíes de espíritu, una amistad eterna. Recuerdo cómo me halaba de ella la misma mujer de Jacinto, la famosa Pepita, mientras describía su sencillez y su delicadeza. Me decía Pepita, durante el homenaje que le brindamos a Jacinto López Gorgé en el Ier Encuentro, que muchas veces equiparaba la amistad con la que tenían Trina y Jacinto con una relación sublime y llena de espiritualidad. Pepita hablaba de Trina con visos de peculiaridad y de ejemplaridad.
Dos amores marcaron la vida de Trina durante su paso por Maruecos (1940-1956). El que mantuvo con un militar español del que tan solo se posee el nombre, Antonio, y de Driss Diouri, compañero de trabajo e intelectual que ya publicaba en publicaciones de Tánger, principalmente. De ello escribió extensamente nuestro amigo Fernando de Agreda Burillo, gran seguidor de la trayectoria de esos dos intelectuales españoles que fueron marroquíes de adopción como lo fueron Trina y Jacinto.
En 1947, Trina crea en Larache la revista “Al-Motamid, versos y prosa” que publicó y dirigió durante nueve años, hasta 1956, llegando a publicar treinta y tres números, y que está considerada como la impulsora más firme de lo que se llamó literatura marroquí expresada en español o, simplemente, hispanismo marroquí, llegando a publicar en paralelo una colección de poesía a la que denominó “Itimad”. Y fue en esa colección cuando:
En 1954, con Mohammad Sebbag, autor, y la misma Trina Mercader, publican “El árbol de fuego”, Tetuán, Al-Motamid, colección (Itimad, 1).
 En 1956, publicó su segundo poemario “Tiempoa salvo”. Al-Motamid, Colección (Itimad; 3).
En 1960, Trina Mercader participa en una antología editada por Sierra Nevada: antología poética, Granada, Imprenta Guevara.
Trina tuvo que esperar hasta 1971 para publicar otro poemario, “Sonetos ascéticos”, acompañado por textos previos de  Federico García de Pruneda y Antonio Carvajal y la edición fue de Saturno (El Bardo), Barcelona
La de Trina fue una aventura que constituía una lucha constante contra todas las adversidades, que no eran pocas, con las que se iba encontrando. Trina desafío todas las trabas rebelándose ante la magnitud de sus alcances para conseguir su revista, la que, en su momento, no parecía tener gran alcance y que acabó siendo un punto de referencia  a nivel de la poesía tanto en España como en Marruecos. Trina fue algo “Quijote”, como se suele decir, para conseguir realizar y realzar su proyecto; fue, también, “la robinsoniana poetisa alicantina”, como la llegó a llamar Jacinto López Gorgé en un gesto de reconocimiento de sus logros, nada fáciles en esos trances y en esas circunstancias.
En el número 26 de Al-Motamid, Trina publicó una carta poética de Vicente Alexandre que este le envió tras su famosa visita a Tetuán, bajo el nombre de “Carta marroquí” y que don Vicente incluiría en sus “Obras Completas”
Trina solía decir que:
« Mi primer nacimiento en Alicante. El segundo, en Larache (Marruecos).
Y el hecho de vivir tantos años en Larache fue para ella tan vital que afirmó en una especie de autobiografía que: “Mi biografía debería titularse “historia de una revista”. Porque una revista –Al-Motamid- es la que centra y orienta mi vida en Marruecos.
Para Trina, esa época dorada significaba un descubrimiento de grandes valores y de sentimientos, tanto por parte de los intelectuales españoles como por los jóvenes y prometedores creadores marroquíes que iniciaron sus trayectorias en nuevos proyectos como los de Jacinto López Gorgé, en Melilla y después en Tetuán, como el de la propia Trina, desde Larache:

Si en el desierto, agua significa vida – en Marruecos, país de convivencias mixtas - “Al-Motamid” significa proximidad, unión fortaleza y encauce de su vida literaria en sus dos vertientes, la marroquí y la española. Por ello nació bilingüe – marzo 1947- en Larache, creando sobre la marcha sus primeros caminos, cuando cualquier gesto podía llamarse corazón y los encuentros hallazgos.
Con esos “encuentros poéticos” apareció una nueva ola de creaciones literarias y de sus traducciones como producto de contactos con poetas y escritores afamados tanto en España y Marruecos, en primer lugar, como de Oriente Medio y en  Suramérica, posteriormente… pero los puntos de encuentro eran, casi siempre, en las obras de Jacinto y de Trina. Puede decirse, sin margen de error, que nuestros dos personajes fueron de los que más hicieron por consolidar la fraternidad entre intelectuales y ciudadanos de nuestros dos países durante las décadas de los 40 y 50 del siglo pasado.
Trina Mercader, al independizarse nuestro país, eligió la ciudad de Granda para vivir por la sencilla razón de que “se parecía a Tetuán”, decía la misma Trina.
Trina vivía en una soledad muy peculiar, según me afirmaron personas que la conocieron de cerca tanto en su época de Larache como durante su estancia en Tetuán. Esto hizo posible que tuviese más tiempo para escribir y enviar cartas a escritores y poetas de diferentes tendencias y de dispares países para que colaborasen en su gran revista. Fue, probablemente, una grandísima embajadora de toda la intelectualidad marroquí e hispana sin darse cuenta de esa gran labor de dar a conocer la creatividad de nuestros jóvenes valores de la literatura a través de sus publicación.
Trina publicó en su propia revista y colaboró en varias publicaciones sus creaciones poética, se puede escoger el poema “Mayo de los amantes” como uno de los más representativos de la sensualidad expresiva de Trina.

                            Mayo de los amantes.

Mayo de los amantes,
madurador de labios, nuevo fruto,
cómo rebosa el agua de mis ojos en sombra
por donde las estrellas calan en lo profundo.
Mi voz está volcando
su cesto de manzanas en júbilo.
Tacto de la caricia,
mira cómo renace la yerba de mis dedos.
y este ritmo en desorden que el corazón ordena
pone en fuga las aves del desnudo en que bebo
agua ciega del beso: verbo mudo.
Mayo de los amantes,
enamoradamente te descubro

La revista “Turia”, de Teruel,  publicó un relato en el que Trina describía una calle de Larache, no sin una deliciosa y melodiosa literatura. El relato se llamaba:

UNA CALLE DEL BARRIO MORO DE LARACHE

 Penetrar por una calle de Marruecos es abrir el libro de lo maravilloso. La luz vendrá, atravesando bóvedas, a nuestro encuentro. Porque hay que perderse, sin prisas, por el pequeño laberinto luminoso.

.El barrio moro de Larache es ese laberinto de luces  y sombras por donde me pierdo. Hay que aceptar la cuesta, y el guijarro resbaladizo, y la escalinata desigual y el rincón lóbrego  y maloliente. Porque todo forma parte de esta escenografía ya en desuso en nuestro mundo civilizado, que nos engulle y atropella. Aquí, por el contrario, todo está a la mano, todo tiene una altura que no sobrepasa nuestra humanidad.

 La misma estrechez de la calle es agradable a nuestra estatura. Es como andar por el interior de una casa grande, familiar. La voz del mendigo ciego nos acompaña desde todos los ángulos, resonando. La salmodia del almuédano, desde su torre, es una impresión nueva a nuestros oídos. La novedad, la sorpresa nos va acompañando. Los ojos se acostumbran a la luz y a la sombra, simultáneas. La cal de las paredes tiene sólo la estridencia de la luz, el propio reflejo trascendido. Mi paso se hace lento, obligadamente parsimonioso. Aquí la prisa lo rompería todo. 

Una mujer atraviesa la calle. El sol estalla en el blanco jaique y casi la transparenta. Los pliegues del manto retienen la sombra precisa, dándoles profundidad. Es un manto que tiene mucho de griego, en su cascada de pliegues a la espalda. De él emergen unos pies calzados de babuchas, blancas también, a ras del manto. Arriba, unos ojos negros, a veces verdes, en lo alto del “letam”, del velo. Acaso la tersura de una mejilla no vista, adivinada. El paso siempre es lento, comedido, remontando sin prisa la ascensión. La calle, las paredes de las casas son el marco de esa figura única, el único detalle vivo que aprisionan. La más leve esquina, una línea blanca entre lo blanco la oculta, desaparece. La calle, ahora, queda estática, más quieta que nunca, como en reposo.

Alguna puerta se entreabre. Un bisbiseo apenas perceptible, comenta en árabe: Es una nazarena. Y la puerta se cierra blandamente, sin ruido, como la voz de las mujeres en el interior de la vivienda,  o como sus pasos de pie descalzo sobre la cal de las azoteas.

En el recuadro blanco de otra azotea, una mujer se asoma:

-Buenos días, dice. Y sonríe.

 Es una mujer que quiere conversación. Es la clásica mujer de siempre, atenta a cualquier posibilidad de charla. La voz del ciego insiste, se alza o se pierde, para regresar una vez más, llenando las callejuelas con su eco. De pronto tropiezo con él, a bocajarro, en una esquina. Con su cayado tantea los pequeños peldaños. Me hago  a un lado y le dejo pasar, mientras inicia una vez más su petición de ayuda.

Toda la calle asciende con mi propia ascensión. Su soberbia sube o baja su propio desnivel. Los edificios son enjutos, sobrios, de pequeñas ventanas altas que coronan las desiguales alturas. No hay tejados; sólo una terminación brusca del blanco, cortando en cubos una arquitectura sin complicaciones.

A mi lado pasan los jaiques, las severas chilabas, destacando en lo blanco el amarillo  limón de las babuchas. Los seres van como envueltos en su blancura. La calma de sus ademanes convierte cada calle en un claustro de mínimas proporciones. Claustro o celda para un pueblo religioso, en el que el silencio tiene una dimensión casi mística.

Hace casi 28 años, el 18 de abril de 1984, Trinidad Sánchez Mercader fallece en la ciudad de Granada, dejando, una gran reliquia, un gran bagaje de documentos, manuscritos y de correspondencias carteriles de casi cuarenta años, así como una nutrida colección de publicaciones y ediciones de revistas especializadas en literatura. Todo ello quedó en propiedad, siguiendo su testamento, de quienes cuidaron de ella en los años vividos en Granda. No hay que omitir, ni olvidar, que Trinidad Mercader había llegado a Larache con una grave enfermedad dérmica de la que nunca se llegó a curar del todo, por lo que necesitaba un cuidado especial y unas atenciones constantes.
En marzo del 2003, por iniciativa de Bait Ach-chehr, los Institutos Cervantes de varias ciudades marroquíes rindieron homenaje a la memoria de Trina, rememorando, también, la gran obra suya que es Al-Motamid.
Nosotros, poetas, periodistas, escritores, intelectuales de ambas orillas, le hemos querido dar a nuestro bienal Encuentro de este 2013 su excelso nombre a la singular Trina Mercader, al igual que homenajeamos en el primer Encuentro a Jacinto López Gorgé (tan alicantino como Trina), compañero de lucha en Marruecos y en Granada durante muchas décadas. Trina quiso y pudo fusionar simbióticamente los sentimientos y las sensualidades de los intelectuales de España y de Marruecos en un abrazo fraterno al que llamó Al- Motamid. Trina supo amar a las ciudades marroquíes donde vivió igual que amaba a su Alicante y a Granada ciudad que acoge sus restos mortuorios.
No podemos ser más que fieles a su alma
y recordar a la generación actual que hubo, durante el Protectorado Español en Marruecos, gentes de grandes valores que han sabido inculcar
y sembrar esos valores a través de la intelectualidad.
Gente de grandes valores humanos que fundió sus ideales en el bien común de la cultura: sobreponiéndose a las acritudes políticas y militares de esas épocas. Nosotros, reconociendo a esos artífices de la multiculturalidad sus loables obras, renovamos ese espíritu de amor, convivencia y comprensión entre nuestros pueblos hermanos.
Trina llegó a Larache en 1940 y se fue de Tetuán en 1956, pero nunca olvidó la tierra que la acogió, ni los que somos hijos de estas latitudes la hemos podido olvidar.
Descanse en paz el alma de Trina Sánchez Mercader.

                                            Ahmed Mohamed Mgara


Fotos del III Encuentro Hispanomarroquí 

"Trina Mercader" de Poesía., celebrado 

en Tetuán entre el 21 y el 24 de marzo 2013.

Del III Encuentro Hispanomarroqui de Poesía.
Tetuán, del 21 al 24 de marzo 2013.
Casino la La Unión.
Nadi Inara 




Dar Sanaa

                                 ZEJELES DEL ESTRECHO
                                                                                Por: Ahmed Mgara

Es bien sabido que el zéjel ha sido una expresión popular del Andalus del esplendor. Se escribía en un árabe literal exquisito, posteriormente se introdujo la expresión dialectal, muchas veces con intrusiones de aforismos.
También se sabe que, al ser expulsados los moriscos del sur del Andalus hacia el norte de África, los zejeleros se establecieron masivamente en el norte de Marruecos y en parte de Argelia y Túnez, con lo que el zéjel se vio, también, expulsado de la tierra donde se creó.
Y fue hace unos años cuando un grupo de andaluces pretendieron renovar esa deuda histórica con el zéjel y embarcaron en el proyecto de devolverlo con el mejor auge posible para que llegue a brillar con luz propia. Patricio González apadrinó el proyecto y, entre muchos, cada vez más, estamos intentando y consiguiendo llevar a la realidad esos sueños.
En mi breve ponencia sobre el momento del zéjel en las riberas de nuestra calle del agua, trataré el tema desde el poemario antológico “Zéjeles del Estrecho” con mención de algunos de los poemas y de los autores.
Me resulta difícil destacar  nombres. Pienso que las calidades se imponen y que el alcance de esos versos sobre la sensibilidad del lector tienen que dejarse notar para cualquier valoración.


Juan Emilio Ríos Vera, en sus dos poemas alude a dos temas que, paradójicamente, fueron muy tratados por los zejeleros moriscos. La expulsión de los moriscos y el acoso fratricida a través de un poema dedicado a Giner de los Ríos
Nuestro amigo Juan Emilio Vera, uno de los poetas más verticales del momento se lamenta por esa expulsión de los moriscos de sus propias haciendas y pertenencias:
 
Españoles sin España
el destierro o la guadaña.
De la entraña tierra a la tierra extraña.

El zéjel de Juan Emilio es un grito que rebasa la garganta, una reevendicación de una causa ya difuminada, nunca olvidada, pero que se sobrepone a la cicatriz de las edades más lejanas. Versos profundos en los que se pretende resumir el rechazo de nuestras generaciones a esas realidades históricas que marcaron generaciones y que nos marcan a sus descendientes pese al paso de los decenios y de sus siglos.
Pero, pese a los sueños fallidos del poeta, él mismo certifica:

Todo devino en nada.
La Puerta se mantuvo cerrada.

En su segundo poema, “Violentada violeta“, me dio la impresión de que se refería a otra guerra, no menos cruel aunque distante en el tiempo, pero sobre la misma geografía. La guerra incivil del cuarto decenio del siglo pasado.
 Para Juan Emilio:

Todos los ríos se hundieron en la mar.
Todo lo que empezaba tuvo que acabar.
Las ideas, las fronteras tuvieron que cruzar.

Pero, tengo que reseñar una palabra que pocos emplean en la literatura y poesía en español y entre los que destaca Rafael Alberti, que fue, también, uno de los pocos poetas que poetizaron en zéjel. Me refiero a “La mar”, en femenino.

Carmen Sánchez Melgar, a su vez, hace una reverencia, a través del zéjel, de una exaltación de otra temático muy en auge durante del esplendor del zéjel autóctono andalusí, me refiero al amor como adorno y destello de la misma existencia. Carmen trata el amor con rendición a sus embrujos y, casi con adoración, se pregunta:

¿Quién pudiera soñar
con volver a ver la mar
y las guerras olvidar?

Escuchar débiles tus latidos.

Pero Carmen Sánchez nos sigue deleitando con un canto a los cuatro vientos con versos llenos de ternura por la simplicidad en los sentimientos llanos. Dice Carmen, en “zéjel del reencuentro”:

Regresó mi hombre valiente.
 De lejos lo vi entre la gente.
Y ahora está aquí presente.

Casi no sostenía
en mi pecho la alegría.

Veraces y evidentes signos de la altivez de unos sentimientos traducidos y resumidos en una sola y sagrada palabra “amor”.

Javier Cádiz, en un par de zéjeles, el primero, lleno de amor; el segundo, lleno de dudas. Y es sabido que la duda en el amor es celosía y pórtico del desamor. Del fervor del primer poema se pasa a la duda y a las interrogantes del amor abismal, dos componentes del amor que sirven para describir y catalogar el amor y sus vertientes:

Ando en la duda sumido
con el dolor en un gemido.

Naufragan emociones en negra agua,
terrible, oscura, antigua.
Mirada húmeda que la luz amortigua.
Grito que no cesa si estás perdido.

Toda una simbiosis de unas interrogantes internas que hacen del poeta un transmisor de vivencias de cuantos nos topamos alguna vez con el fulgor de esa duda, con deshojar la margarita dentro de las entrañas sin obtener ninguna certeza en ninguna respuesta.

En lo que concierne las aportaciones del coordinador deeste valioso poemario, Patricio González, se hace presente con notoriedad el amor a la tierra de donde se es, a la tierra que amamantó la sensualidad del poeta zejelero, e hizo de el alguien capaz de cantarle las mejores de las melodías, incluso sin abrir la boca.
Patricio halaga a la Bahía que engalana su Aljasira al Jadra; se recrea en la Palma que engalana la Plaza Alta, lugares donde el culto y la adoración se funden cuando en ellas se recrea el alma. Tal vez, ese amor es compartido entre todos los que son de esa tierra caudalosa, incluso de los que descubrimos que Algeciras no es solamente una ciudad de paso, sino un hervidero de áuricas sensaciones y vivero de grandes valores. Dice Patricio:

Con la luz de tu Bahía
te quiero todos los días

Desde tu Plaza Alta soñando
y a tu Palma contemplando
la vida entera soñando.

Sin renunciar al incondicional amor a su tierra, Patricio nos afirma, y después confirma:

Te querré Al-Hadra por siempre.
Yo soy de tu mismo vientre.

Tal vez, Patricio nos afirma taxativamente todo lo anterior en el poema “amar, no envidiar” cuando dice:

Mi alma es mía
y lo es todos los días

No hay que envidiar, hay que amar.

Por otro lado, la zejelera Mar Marchante ruega y suplica en sus dos numerados poemas que se la llene de amor. Una declaración de deseos y de sumisión ante la necesidad de un amor cercano pero no tan seguro en su consecución.

Cúrame el dolor
y préñame de amor:
Despierta mi descanso,
abraza mi regazo,
sepulta mi pasado
y  préñame de amor

Y sigue diciendo:

Llévate mi pudor
desnuda mis esquinas
y cúbreme de amor.

La rendición y la entrega en el regazo del ser amado sin valorar ni las maneras ni las consecuencias. Simplemente, es la elegancia del arrebato expresional en una poesía valiente y tenaz.

Y termino con Miguel Vega, poeta y zejelero que trata uno de los temas más sublimes en el zéjel tradicional. La mar y el amor como puntos de encuentro de una sensualidad peculiarmente particular, llena de lúcida musicalidad:

Son dardos tus amoríos,
juegan a dardos tus desvaríos,
mi suerte tirada al río.

Aguijones de plata ensartan mi alma.
Mi mar en tu calma

Y termina nuestro poeta Miguel Vega con un canto a nuestra Blanca Paloma, la ciudad rociada con aguas de azahares orientales y perfumes ancestrales, nuestra Tetuán encantada.

                De vuelta a Casa

Llego a Tetuán, la ciudad que es mi casa,
Paloma Blanca que vuela rasa.

No encuentro idiomas, encuentro hermanos,
Palabras son nuestras manos,
No somos pasaportes, somos humanos.

Entre Algeciras y Tetuán, mi felicidad que pasa.
Llego a Tetuán, la ciudad que es mi casa,
Paloma Blanca que vuela rasa.