25 septiembre 2007

En la vida, todo tiene sentido

EN LA VIDA, TODO TIENE SENTIDO


Carlos BENÍTEZ VILLODRES
Escritor, poeta, periodista, crítico literario
Cónsul del Movimiento POETAS DEL MUNDO en Málaga (España)



A pesar de las irracionalidades que suceden sobre nuestro planeta, existe un lenguaje, que vuela más alto que las palabras, asequible al ser humano honrado, generoso y benefactor de sus semejantes. Es el lenguaje de la naturaleza, del universo. Gracias a sus signos clave sabemos que aquel que no está satisfecho consigo mismo, que el amargor lo consume, que está hastiado de la vida que tristemente palpita en él, si se hace sol, tierra feraz y lluvia calmosa para las flores que sobre el mundo se elevan, podrá comprobar él mismo cómo la vulgaridad, la desesperanza y el tedio, que hoy lo machacan, se transformarán en alegría y en entusiasmo, en coraje y en ansia por vivir para dar vida dichosa. Sólo así sabrá siempre lo que desea, lo que sueña, lo que espera... con el único fin de hacerlo realidad para bien de él y de aquellos que con él caminan por el tiempo.

A veces la naturaleza actúa con ira desbordante, incontrolable, llevando sus terribles y trágicos efectos indeseables a los pueblos que más sufren sobre el mundo ¿Por qué la mayoría de las acciones sumamente destructivas de la naturaleza se ceba con los seres humanos más desgraciados, más desamparados, más olvidados...? Hermanos nuestros que luchan día a día por sobrevivir en medio de un sinfín de adversidades malignas, causadas por los poderes internos o externos al país en cuestión; crucificados por unas condiciones sociopolíticas, económicas, judiciales… corruptas al máximo; masacrados por situaciones medioambientales pésimas; encadenados a su hambre y a su sed de libertades; apartados de la voz revolucionaria y liberadora de la cultura...

Pero, ¡qué despiadado e inhumano e ininteligible es, en ciertas ocasiones, el lenguaje de la naturaleza! En esas circunstancias, confunde y agobia, trastorna y entristece... a cualquier individuo que nunca conoció la indignidad, ni el resentimiento, ni la mediocridad... ¿Será verdad que todo cuanto acontece en este planeta, tanto sobre su piel como en las entrañas de la naturaleza..., tiene sentido? “Quien contempla una flor, dice el poeta, o, simplemente, una gota de agua de la mar, está viendo en ella toda la belleza y la luz y la esplendidez de la vida y de los lugares en donde ésta palpita”.

¡Cuántos y cuántos hombres buscan y encuentran cosas nuevas, sorprendentes, mágicas, pero continúan siendo las mismas personas! Esos hallazgos no han producido ningún cambio en ellos, porque para ser el hombre que siempre, con vehemencia, desearon ser, la causa de tal cambio, aunque les llegue del exterior, ha de originar, en su orbe interno, una revolución para que desde su cerebro y corazón, posteriormente, actúe.

Recuerdo que un escritor estaba en su casa de la playa escribiendo una novela. Sólo le faltaba el final…, pero no sabía cómo acabar la historia. Una enorme playa virgen donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida.

Todas las mañanas mi amigo, para inspirarse, salía a pasear por la orilla antes de empezar su trabajo. Un día vio a lo lejos algo que se movía en la playa. Conforme de iba acercando, le pareció que era un joven bailando… Corría hacia el mar, levantaba los brazos, daba la vuelta y volvía a repetir el movimiento una y otra vez. El escritor, intrigado, se preguntó: “¿Qué estará haciendo ese muchacho? Iré a ver…”.

El literato caminó hacia el joven y vio que estaba recogiendo algo de la arena y luego lo echaba al agua. Parecían estrellas de mar.

Ya más cerca, observó que el joven tomaba estrellas de mar, que se encontraban sobre la arena, y corría hasta el agua para arrojarlas tan lejos como pudiera.

“Buen día, muchacho. ¿Qué estás haciendo?”, le preguntó el escritor al hallarse junto al joven.

“Salvo estrellas de mar”, le contestó, mirándole a los ojos.

“¡Qué dices!”, exclamó mi amigo sonriendo. Tras su asombro, le cuestionó: “¿Cómo que salvas estrellas?”

“Sí, dijo el muchacho. La marea de la noche las deja aquí en la arena. Cuando amanece, yo las devuelvo al mar, antes que el sol las achicharre y se mueran”.

“Pero eso no tiene sentido, muchacho”, respondió el narrador, y prosiguió: “En estos momentos debe haber miles, millones de estrellas que quedaran fuera del agua”.

“¿Y?”, dijo el joven al escritor para que éste prosiguiera.

“¡Jamás podrás salvarlas a todas!... No tiene sentido”. Es su destino. Morirán y serán alimento para otros animales”, contestó mi amigo.

El joven se detuvo sólo un instante, miró la estrella que llevaba en la mano, giró, y con un movimiento parecido a un baile, la devolvió al océano. Luego, le dedicó al escritor su mejor sonrisa…

“Para esa estrella… sí tuvo sentido”, afirmó el muchacho, mientras miraba al mar, precisamente al lugar donde se hundió la estrella lanzada por él.

El joven, entusiasmado, continuó la tarea. El escritor movió su cabeza varias veces. Dio media vuelta un tanto desconcertado y regresó a su casa para continuar su novela. Sin embargo, algo lo inquietaba, lo distraía… No podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir. “Para esa estrella… sí tuvo sentido”, se decía una y otra vez el escritor, rompiendo el silencio que reinaba en su casa. Durante la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas.

A la mañana siguiente, muy temprano, unos pescadores vieron con asombro a dos personas, una mayor y otra más joven, que parecían bailar junto a la playa... Corrían hacia el mar, levantaban sus brazos, daban la vuelta, y volvían a repetir el movimiento una y otra vez...

Lo extraordinario no está en lo grandioso, como grita la masa, el vulgo, sino en lo sencillo, en lo único. Por ello, sólo aquel que no se confunde, en medio de la muchedumbre, está capacitado para distinguir lo extraordinario de lo ordinario y para saber apreciar lo que, por naturaleza, está fuera de lo común.