Ramón.

RAMÓN
(Historia tetuaní)
Rafael de Cózar
Dpto Literatura EspañolaFacultad de Filología
SEVILLA (España)

La imagen es siempre la misma: los pantalones cortos arrugados, los tirantes desiguales abrochados en los botones de la cintura por cuyos laterales rebosaba su blusa a cuadros, los calcetines “comidos” -como solía decirse entonces- por los talones, las botas "Gorila" y las habituales mataduras en las rodillas, en los codos, en las espinillas y en la cabeza, aquellas honrosas cicatrices que solía lucir como testimonio de los cantazos recibidos en sus frecuentes e ilustres batallas...
No era nada fácil -todo hay que decirlo- hacerse un sitio y lograr un respeto en una sociedad adolescente acostumbrada a la calle desde una infancia que en ningún caso puede definirse como tierna y en una época como aquella, en la que a la problemática del país de origen de la familia se unía la propia de su lugar de residencia, al Norte de Marruecos.
Ramón tenía el flequillo aéreo, de tanto soplarlo hacia atrás. No era corpulento sino más bien todo lo contrario, pero resultaba fibroso, elástico, un puro manojo de nervios.
Mostraba andares adquiridos en las películas del oeste que solían echar en el cine Misión y había logrado emular a Kid Carson, su ídolo, en lo de sacar y disparar la piedra con exacta puntería, como si se tratara de un colt desde la cartuchera, o cuando hacía uso del armamento de largo alcance, su “güínchester”, según le llamaba, un tirachinas de caucho negro, habitual en las expediciones de cacería mayor.
De Driss aprendió el arte de agarrar las víboras y culebras vivas con la horquilla de una rama. El negrito Hassán le enseñó el manejo del palo en la lucha. Aquella era una forma habitual de combate entre los adolescentes, pero exclusiva de los duelos de honra, ya que el golpe, al modo de medieval espada, sujeta con las dos manos, se daba sobre el mismo palo del enemigo, lo que le hacía vibrar las manos de uno hasta el punto de tener que soltarlo si te daban bien. Ese tipo de lucha no sería inteligente con enemigos verdaderos, dispuestos tal vez a acudir, llegado el caso, al golpe en el cuerpo, o en la cabeza.
Lo cierto es que tanto contacto con la morería le alejó un poco de los camaradas -por parte paterna- de colonización o, como se llamaba entonces, de protectorado.
Vivía en la misma calle Luneta y solía llegar a los pabellones Varela con esa condición de integrado en la morería que a muchos provocaba cierta envidia y no exento temor. Incluso a los grandullones, en proporción con Ramón -cosa que no era difícil-, se les notaba el respeto que le profesaban, porque era evidente que la agilidad y la formación bélica le daban ventaja previa y, en más de una ocasión, esas ventaja se hacía evidente con aquellos niños de corbatita y flequillo engominado que se metían con él, calculando mal su reducida presencia corporal. Alguno, camino del colegio, hubo de retornar a casa descamisado y con la nasal mosqueta, a causa de un error de cálculo en la valoración de las habilidades del contrincante.
Sin duda sabía entenderse con los golfillos, porque Driss, Mohamed, incluso Hassán, tenían con él un trato preferencial y venían a buscarlo a los pabellones para perderse con ellos en las callejuelas de la Medina.
Pero lo que Ramón abiertamente envidiaba de sus amigos moros era la condición laboral habitual en estos, sobre todo en los sectores del comercio familiar, y que pudieran compartirla de algún modo con los estudios, esa madurez adquirida en los negocios por quien, siendo un auténtico microbio, podía ser capaz de expresarse con todas las nacionalidades turísticas lo suficiente como para meterles por legítima bereber una alfombra hecha en casa, y hacerlo al triple del precio del producto casero, o la amplitud de sucursales que dominaban a la hora de hacer de guías turísticos, con sus respectivas comisiones monetarias.
Había en realidad tres tipos de residentes en la ciudad: los aborígenes (con su respectiva distinción entre andalusíes o bereberes), los extranjeros ya perfectamente integrados por una residencia estable, y los temporales. forzados por el destino institucional, sobre todo militares y funcionarios, el tercer grupo con cierta convicción psicológica de residir en el exilio.
Ramón no solía tener muchas relaciones con los últimos y los consideraba como infieles invasores. Con los segundos tenía relaciones más o menos estables, muchas veces obligadas por las de los padres, y según los temperamentos o caracteres, pero lo cierto es que admiraba abiertamente a los primeros, sobre todo aquellos que consideraba herederos de las épocas heroicas y más literarias del Islam.
La tradición cuentística oriental, El Jabato, El Capitán Trueno, algún que otro héroe del Oeste, como el citado Kid Carson, las aventuras de Guillermo, algo de Verne y aquellas apaisadas Hazañas Bélicas de entonces constituían su bibliografía preferida, así como todas aquellas materias educativas más alejadas del mundo de la contabilidad y de los números. Su odio visceral a la numerología contrastaba con la importancia que han tenido lan matemátican en esa cultura de adopción. Por esa razón prefería la historia y, de hecho, le gustaba vestir al modo de los guerreros sarracenos que figuraban dibujados en los libros de texto del colegio, ilustrando los capítulos de la reconquista.
Su mejor tesoro, por ejemplo, era un alfanje de alpaca que, por su condición de objeto turístico, no hubiera resistido el más leve mandoble, pero que al menos, daba la apariencia y ofrecía un brillo metálico suficiente. Con un casco de armadura romana de plástico, regalo de reyes, al que quitó la visera y recortó en forma de media naranja, añadiéndole en el centro perforado una punta de flecha, se hizo su casco sarraceno, que colocaba sobre un improvisado turbante.
En todo caso, también la contradicción surgía a menudo en Ramón, como es lógico en un contexto multicultural como aquel. Cuando luchaba a veces con sus amigos musulmanes, -¡Voto a brios!-, solía llamarles "aliados de satanás", "hordas sarracenas", a imitación del Capitán Trueno, pero es cierto que estos combates tenían más de ejercicio bélico y de deporte, mientras que con los infieles cristianos solía tomar el papel de Almanzor o de cualquier otro guerrero dispuesto a morir en Guerra Santa.
Tenía entonces Ramón un exceso de imaginación que le hacía creerse a rajatabla los papeles que interpretaba, siéndole difícil incluso discernir entre la realidad y el sueño. Porque es evidente que era un soñador, y no en el sentido figurado. Sus sueños, auténticas pesadillas, se repetían cada noche con argumentos extraños. Durante años recordaría aquellas losetas blancas y negras de la casa que se levantaban por las noches formando un mantel volador sobre los muros y las esquinas, llevándole hacia un suelo formado por piezas metálicas con aristas cortantes sobre las que se veía obligado a moverse, como si uno tuviera que andar descalzo por las rocas cortantes de un acantilado de afiladas cuchillas de hierro. O aquella vez que vino descalabrado, y hubo que darle varios puntos, diciendo que el viento lo había levantado en vilo y arrastrado por el aire a lo largo de la cuesta que baja desde La Milagrosa hasta los Maristas.
El "dursito" o "leche de burra" (la arropía) era su principal inversión en intendencia, además de los gastos por la indumentaria, o el aparejo bélico, sobre todo cuando echaba piernas arriba hacia las montañas cercanas, durante las excursiones del colegio, o bien en las incursiones que él mismo se asignaba, "de rabona", durante algunos horarios lectivos de escasa vigilancia profesoral.
Los maestros dijeron siempre que era muy sensible, creativo, con aquella tan cacareada imaginación, y de buen corazón, pero un auténtico rabo de lagartija, siempre revolviendo y arrastrando a la gente a sus travesuras; buena gente, en definitiva, pero alborotador como pocos.
En cuanto a las damas, con aquellas que conocía a través de la piara familiar, mayoritariamente femenina, se puede decir que mantenía similar distancia a la del trovador con respecto a la que vive encerrada en la almena. Las chicas eran objetos de atracción pero de muy escasa cercanía. Y con aquellas con las que a menudo se relacionaban los chicos en los Pabellones Valera, y que solían participar en los juegos, como el pañuelito o "el contra", sin hacer alarde de su condición femenina, con esas no solía hacer distinciones por delicadeza, la cual, por otra parte, tampoco era muy frecuente en ellas. Mantenía la acertada teoría de que si ellas no mostraban esa debilidad a la hora de los enfrentamientos, cabía hacer lo mismo a la inversa. Pero más de una vez -¡Bruto! ¿Que eres un bruto y un salvaje!, ¡Te odio, y no te puedo ni soportar! Y además, ¡un impresentable!- terminaban apareciendo los síntomas de que la resistencia al dolor no era la misma en ellas, siendo igual la capacidad de producirlo. De todos modos, aunque no era partidario de la mezcla de sexos para esos juegos y actividades sociales, a este tipo de niñas las valoraba positivamente, mucho más que a las delicadas y físicamente más débiles.
Pero con el tiempo Ramón llegaría a ser mucho menos selectivo en esta cuestión, sobre todo porque cuando vino el fin de la "protección española", que es lo mismo que decir que se produjo la independencia, en el 56, si mal no recuerdo. Poco a poco fueron regresando a España muchos de los "protectores" residentes, y con ellos sus hijas y camaradas de juegos, lo que redujo considerablemente la variedad y volumen del colectivo femenino cercano en edad a la suya. La familia de Ramón, que no pertenecía al ámbito uniformado, predominante hasta entonces, se quedó en Marruecos.
Los pabellones dejaron de ser hábitat exclusivo de la Hispanidad y los barrios, instituciones, clubs se fueron integrando progresivamente. Él recordaría mucho más tarde aquellas épocas comparándolas con el Toledo alfonsino de la armonía entre cristianos, árabes y judíos. Pero ya entonces empezó a diversificarse el ámbito de amistades del círculo familiar y el europeísmo fue sustituyendo lo más granado de ese ámbito.
Debió coincidir aquello con la evolución lógica que el tiempo provoca en el adolescente para ir dejando de serlo, porque aquellas enemigas dignas de tal condición, por su agresividad o demostrada compatibilidad para la lucha de igual a igual, empezaron a tener en Ramón a un perdedor de motu propio. El modo de agarrar en el juego del pañuelito, o el mismo hecho de no hacer amagos de retirarlo para provocar pisar la línea de la oponente, dejando así que fuera ella siempre la que escapaba, y perseguirla, daba a entender un cambio.
Aquel aguerrido combatiente empezaba a tener, a pesar de su opiniones, una actitud distinta con el enemigo sexo. Y cabe decir que esa actitud era proporcionalmente inversa a la demostrada por ellas, pues la nueva posición, según se iba haciendo más evidente, provocaba un descenso de la popularidad de Ramón ya que su nerviosismo ante la aparición, por ejemplo de Margarita, la hija del agregado cultural inglés, era captado por todos.
-Si lo que pasa es que te pirras por ella, Ramón, Que se te nota.-
Y lo cierto es que algunas de esas aceptables saltadoras "al piola", buenas corredoras con el pañuelito, o jinetes difíciles en la lucha dentro de la piscina de arena, habiendo llegado el domingo, preferían casi siempre chicos mayores a la hora de sentarse en el cine Misión.
Pronto, algunos de esos chicos de gomina, chaqueta y corbatita, antiguamente humillados en la batalla, empezaban a ganarla en las relaciones con las chicas. El amor, que es el primer y más seguro sendero hacia la estupidez y, a un tiempo, el mejor vehículo para la vida, empezó a apoderarse del corazón de Ramón.
Seguía siendo un desastre en la indumentaria. Tampoco el físico, intranscendente en otros tiempos, colaboraba ahora a mejorar su imagen. Y ya se sabe: las afinidades físicas en esas edades suelen ser complementarias. El menos agraciado en cada sexo busca por amigo la “pantalla” que le abra camino entre los miembros del sexo de la competencia, por lo que no es extraño que la chica inteligente y menos agraciada busque el complemento con la atractiva más o menos tontita. El simpático feillo suele asociarse así con el guapetón menos abierto y entre ambos completan la pareja para trabajarse las relaciones con el enemigo, lo que explica su amistad de entonces con Tomás, alto y buen deportista, pero inseguro y un tanto superficial.
Sin embargo, en su caso, siendo efectivamente extrovertido y abierto, terminaba sin embargo casi siempre de amigo y confidente de la que a él le gustaba, mientras esta le confidenciaba sus amores por el amigo. No resultó extraño que pronto el mismo Ramón hubiera hecho de celestino involuntario para relacionar a Margarita con Tomás, quedándose sin amor y sin camarada. Y una vez sustituido este por alguien como Joaquín, cuya estética no era tan descaradamente opuesta, volvió a sucederle lo mismo, en su relación con Inma:
-Que lo siento Ramón, que yo te quiero a ti como amigo, como un hermano, el mejor amigo del mundo, pero no en el otro plano. Compréndelo. Y es que yo me pirro por Joaquín, con esos ojos que tiene y lo alto que es...
Así con uno y con otro amigo, manteniendo idéntico papel con ellas y perdiendo al final la relación con ambos. Llegó incluso el caso en que un interés inesperado de varias chicas por relacionarse con él pronto evidenció que no era sino interés por estar cerca de Rafael, su hermano mayor, quien reunía positivamente los aspectos físicos menos atractivos de Ramón, siendo además elegante en el vestir, sin exagerar, y de varios cursos superiores.
De este modo comprendió Ramón que a esa edad juvenil no hay valor más importante que el físico y, como este no tiene fácil arreglo natural, optó por alejarse de la batalla, esperando que, con el tiempo, los valores del espíritu compensaran a los que estaban vigentes en aquella edad.
Sus servicios como intermediario -"secretarius"- en las artes del amor llegaron a ser muy reconocidos y valorados por la juvenil comunidad, ya que no había enredo de amores en el que él no hubiera intervenido, al menos en calidad de consejero. El no entrar en lides, ni implicarse con la clientela, cosa que tenía bien asumida, le daba ante los demás la garantía del arbitraje perfecto, aunque cabe decir que algún que otro achuchón se cobró en los trabajos de consolar a la chica decepcionada, pero siempre sin sobrepasar los límites de la amistad y la decencia.
Y a mayor éxito, mayor autoridad, lo que suponía que, como esa es una época en que los cambios, recaídas, enamoramientos y decepciones son rápidos y frecuentes, los que acudían a su consulta se convertían en consultores habituales, en clientes fijos. Pero la profesionalidad no le llevó nunca al cobro en metálico. Todo lo más aceptaba ser invitado al té moruno y las pastas durante el ejercicio del consejo, las fiestas y actos sociales en los que debía desarrollar su labor.
De todos modos, es evidente que en algunos casos se enamoraba y entonces su trabajo iba a veces más por alejar que por unir a los amantes, aunque terminaba siempre por ceder y colaborar, si la relación era insistente.
Han pasado ya muchos años. Ramón no logró tampoco con la edad salir del ámbito de los físicamente menos agraciados y la calificación más frecuente que solía recibir era la de feo interesante, pero cabe decir que su inicial intuición fue acertada y, ya de adulto, incluso maduro, pudo vivir, como Machado -y yo diría que más holgadamente- “las flechas que le asignó Cupido, y todo aquello que ellas pueden tener de hospitalario”. Su experiencia en los fracasos del amor, propios y de los demás, le convirtió en un auténtico experto, incluso en las dimensiones menos místicas de esa actividad. Pareciera que se hubiera decidido, en esa época en que ya el físico no es lo esencial, a cobrarse precisamente en físico todo lo que antes no llegó a catar, porque no cabe duda de que tuvo, ya maduro, auténticas bellezas entre sus manos.
Pero para mí queda sobre todo, desde la actual distancia, el recuerdo de aquel adolescente desaliñado y guerrero, de tirantes desiguales y camisa desbordada, que fue abandonando las artes infantiles de la guerra por las de la conquista femenina, para terminar haciéndose pacifista hasta la madurez, en que ejerció a tope sus conocimientos, aquel niño -y perdón por la inmodestia- que fui hace ya demasiado tiempo.

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