El mito.


El mito como factor de influencia en los procesos de
resolución de conflictos.

El mito como prejuicio profano.
Por: Ahmed Mgara

Hablar de los mitos y de los prejuicios entre las comunidades de las que formé parte durante las cinco décadas de mi vida me resulta penoso e, incluso, inadecuado a nivel cívico y moral. Similares términos no podían tener presencia entre nosotros
Nací y crecí en unas calles o callejas donde vivíamos vecinos de las tres religiones monoteístas junto con asiáticos que profesaban otras religiones que nunca llegué a entender pese a haber conservado el respeto a sus practicantes desde siempre.
Vivíamos juntos. Coexistíamos y convivíamos con un modélico respeto de todos hacia los demás. No era “tolerancia” lo nuestro, nos venía dado por decreto natural esa convivencia.
Nuestras casas estaban abiertas de par en par para los vecinos y las fiestas de unos lo eran también para los demás. Hablo de las décadas de los 50 y 60… hasta que 1967 pasó lo que sucedió. Yaron Zur, catedrático de Historia en Tel Aviv, asegura que casi 280,000 judíos marroquíes hicieron su alia de Marruecos en esos años en que nuestra sociedad marroquí sufrió una ruptura social innecesaria y que se dejó sentir profundamente desde entonces hasta nuestros días.
Si bien es cierto que en Tetuán no existía, al menos aparentemente, el odio entre las etnias o entre los practicantes de diferentes credos, nuestros vecinos y amigos los hebreos decidieron emprender su propio éxodo que, para mí, no tenía una justificación lógicamente aceptable. Los mitos entre las diferentes comunidades no debían estar muy activados en aquel entonces, serían componentes de pliegos de historia o parte del pasado. Vendían, nuestros convecinos, sus pertenencias entre la noche y alba y, al día siguiente, ya no estaban en la tierra que les vio nacer, decidieron cambiar de destino. Tal vez sea por ello por lo que anualmente se registran visitas de gentes de Tetuán que se fueron por voluntad propia y que regresan en busca de los amigos que dejaron atrás y que nunca pudieron olvidar. Se fueron en busca de su tierra prometida o hicieron las américas, yendo en busca de mejores condiciones de vida por causa de miedos provocados y que no eran justificados en la realidad. Que penosa decisión debió ser aquella de dejar el hogar para empezar una nueva vida …
Curiosamente, muchos de los judíos marroquíes se establecieron en Madrid durante los últimos 130 años, y no han podido construir una sinagoga en la capital hasta 1968 después de crearse la ley de la libertad de religiones. Me refiero a la sinagoga de la calle Balmes.
Por estas causas y otras más confieso no entender las paradojas de muchos gobernantes de muchas naciones que hablan de paz sin hacer nada para conseguirla en las partes del mundo referidas. Buscan “su propia paz” y no la que se desea y anhela por todos.
Oriente medio es el centro de los divergencias pese a haber sido elegido por la Divinidad para que las religiones monoteístas vieran la luz. De allí son la práctica totalidad de los profetas y, sin embargo, es ahí- donde antes vivían todas las religiones en respeto y con tolerancia- donde está el volcán de la humanidad durante las últimas décadas. Todos buscan la paz, pero todos buscan el menor descuido para no conseguirla.
El concepto de paz implica, muchas veces, pisotear los principios morales y éticos de los demás. Aberrante postura de muchos caciques de la humanidad, ellos dicen llamarse pacifistas pero pocos demuestran su voluntad de planificar para una paz justa que dé las merecidas condiciones de vida para unos y otros. Muchas veces, son los mitos los principales causantes de ese alejamiento de la lógica y de la comprensión.
Decía Albert Einstein que “Es más fácil desintegrar el átomo, que erradicar un prejuicio” ello significa que el prejuicio o el mito posee un alto grado de influencia en las decisiones o planteamientos de paz a la hora de procurar hallar una salida a un conflicto. Siempre se parte desde la idea de que el otro es de cuidado y que carece de méritos para que se le hagan concesiones o que se le den sus opciones o derechos propios. Por lógica, cuando esta postura es adaptada por los dos bandos el resultado es más nefasto aún y se acaba en un estado peor del inicial. Las conversaciones acaban engendrando nuevas versiones de esos mitos y de esos prejuicios al ponerlos sobre el tapete aunque de manera oculta y no pronunciada. El alma del diálogo encierra pretensiones e intensiones que delatan esos afanes de superioridad o de perfeccionismo que se llevan en el diálogo con pedantería excesiva.
Esto se puede sentir incluso en una misma nación y entre políticos de la misma religión. Conservadores, laicos, tradicionalistas, fundamentalistas, ortodoxos, reformistas… son algunos términos que diferencian entre sectas y catapultan cualquier intento de apaciguar los ánimos en determinados conflictos en algunos países y regiones. Los tópicos del tribialismo y de los nacionalismos que adoptan algunos independistas crean trabas y obstáculos más temibles cuando se pretende alcanzar la pacificación y la tolerancia entre las partes en litigio.
Estos desenfrenados obstáculos alimentan más insistentemente a las mentes populares por el desafortunado uso de los medios de difusión, que siembran el odio hacia “el otro”, dificultando posibles arreglos o entendimientos, o generando, muchas veces, nuevos conflictos que acaban con las partes contendientes en igualdad de resultantes: Todos pierden. Todos tienen víctimas y todos sufren las lacras de esas innecesarias contiendas.
Parte de esos mitos nos provienen, incluso, de algunos libros de texto que se programan en colegios e institutos y que, al menos en algunos países, se escriben con fanatismo y sentidos peyorativos hacia determinadas comunidades de la humanidad. Así forjan el odio en sus generaciones más inconscientes desde temprana edad y en esa generaciones que son las verdaderas esperanzas de futuro para cambiar el mundo para mejor. Se les inculca el odio al “otro” con el empleo de esos mitos machaconamente y sin sentido de la lógica.

Los distintivos de las etnias, nacionalidades, religiones o de color de la piel son, las más de las veces, motivos concluyentes para avivar algunos mitos. Los tópicos nacionalistas son detractores de los altos valores de otros pueblos o comunidades.
El negro es sinónimo de esclavo.
El judío de avaro.
El árabe es un traidor.
El musulmán es terrorista.
El vasco es ETARRA.
El indio, el autóctono de América, se convirtió en el malo por los colonos.
Africa, continente negro, fue nido y ponedero de mitos y de agresiones al hombre africano.
En algunos países ser fascista o comunista equivale a llevar la soga al cuello.
En España, el árabe es sudaca e ilegal.
Hasta hace pocos lustros, Europa comenzaba al norte de los Pirineos para muchos europeos.
Y así un sinfín de patrones de medida que han constituido causas de distensiones.
No hay que olvidar que algunos nombres o apellidos son crueles en algunos casos como:
Matajudíos, que es un pueblo de la provincia de Burgos.
Matamoros, que es el distintivo de Santiago Apóstol, patrón de España y nombre muy común en éste país hermano.
Recuerdo, de paso, que durante uno de los conflictos de pesca entre España y Marruecos el país ibero envió a Rabat como emisario para el diálogo a un diplomático cuyo apellido era precisamente “Matamoros”… sobran comentarios.
Ojalá podamos crear, entre todas las naciones y poblaciones del mundo, una nueva dimensión de lo que es la humanidad. Dejar las fronteras para la geografía, los odios como anécdotas para la historia y emprender nuevas perspectivas con nuevos y altivos horizontes, sin importarnos las fronteras y permitiendo que nos una el sol bajo los rayos de su luz.
Ello significaría que los mitos prefabricados tendrían que desaparecer o dejar de ser excusas para no complacer a la parte de enfrente. Es decir, muchas veces, los políticos se aferran a un tópico, mito o perjuicio para no abrirse plenamente al diálogo, y se limitan a echar acusaciones a la parte contrincante sin ceder ninguna posibilidad a un diálogo que pudiera anteceder a la comprensión, entendimiento o pacificación en un conflicto.
Todos sabemos, distinguidos amigos, que la llama de la antorcha volvió a encenderse tras los conflictos de Oriente Medio. El conflicto bélico, la guerra dialectal entre las partes, los viejos y nuevos estereotipos de tópicos insultantes, los nuevos y madurados léxicos peyorativos entre los medios de difusión y de parte de los ciudadanos, han aumentado o creado nuevos tópicos que se traducen en odios ya arraigados… y eso es lo peor. Cuando hay raíces, los odios son ya más difíciles de irradicar.
En 1979, en la ciudad marroquí de Fez, S.M El Rey Don Juan Carlos I, referiéndose a los mitos y desconocimientos entre los pueblos español y marroquí, dijo en una alocución:
« Es necesario que nos conozcamos, simplemente tanta es la ignorancia recíproca que nos caracteriza. Limpiemos nuestras visiones mutuas de imágenes falsas, de ideas preconcebidas y de simplificaciones que a veces reducen nuestros conocimientos recíprocos a burdos clichés. Invito a marroquíes y españoles al estudio de nuestra historia en común y a la reflexión serena y profunda sobre la personalidad de cada uno y los avatares que la han ido formando, procurando que las emociones y sentimientos procedentes de épocas cercanas o de deformación histórica no enturbien nuestro juicio ».

Curiosamente, vivo en Tetuán, la única ciudad del mundo donde una mezquita, una sinagoga y una iglesia están dentro de un radio de cincuenta metros o menos. Si eso no es tolerancia y coexistencia ¿Qué será, entonces?
Que la paz, la comprensión y el veraz entendimiento nos colmen a todos de nuevos augurios y que, la próxima vez que nos unamos en éste foro sea para hablar de lo insignificantes y dañinos que fueron los tópicos para nuestra historia.

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