04 mayo 2011

Tetuán, 1965, la adolescencia.

Siendo estudiante conocí a compañeros de aula que eran emprendedores y creativos. Tenían lo básico para embarcar en los asuntos cruciales de la vida; ellos no conocían barreras ante sus deseos de alzar los vuelos por muy altos que fueran los retos. De muchos de ellos aprendí lo que el tiempo me dictaba como algo útil y de provecho. La juventud, para mis amigos, no era simples travesuras, bromas, juegos y desmanes naturales de la edad para la mayoría, sino un sinfín de ilusiones que hicieron de ellos personas de provecho y de presencia en la sociedad…pasados los años. La juventud es un don natural que hay que tener en llama viva, vivirla intensamente y dar de sí los tesoros que se llevan en el silencio oscuro de cada cual.
Con esa euforia volví intentando impulsarla en cuantos jóvenes hallé en mi caminar. La vida es joven y hay que vivirla lo más intensamente posible. Crear e inventar siempre y constantemente debe ser lo más interesante que puede hacer la juventud embarcando en proyectos culturales.
Recuerdo que Tetuán era un hervidero intelectual para gente de poca edad inclusive. El Instituto Kadi Ayyad era un mar de intelectuales no solo entre profesores - muchos de ellos venidos de países lejanos de Oriente Medio - sino entre los estudiantes que luchaban contra las adversidades e intemperie del destino para sobrevivir y existir aún sabiendo que se estaba en la nada y que se iba sin rumbo sabido.
Yo era un crío cuando llegué en aquel recordado primer curso de “Observación” como lo llamaban y no tardé en empezar a conocer a mitos de la poesía, del teatro, del deporte y de la vida en el mismo Salón de actos(que se convirtió en un práctico palomar tras haber sido Salón de La Cultura durante décadas). Los artífices de aquel Kadi Ayyad eran personas gratas e inquietas. Llevaban en las entrañas eclosiones bien nutridas y cargas de vida suprema. No les bastaban las notas de aprobado para sentirse realizados. Tenían un mar de alma que soñaban que fuera luna eterna aún sin saber, ellos, que iban a ser personajes relevantes en la vida social e intelectual a nivel nacional - y prefiero no citar nombres por el respeto que siempre les tuve y el miedo que pasé por sus ilusiones en muchos casos.
Muchos eran estudiantes de pocos recursos, hijos de personas trasladadas a la “ciudad prometida” en busca del oro que alumbraba el Dersa y el Gorguez al alba y al atardecer; otros éramos de familias más moderadas y de las que llegaban a fin de mes con pocas quejas económicas…pero todos compartían solidaria y gallardamente sus instantes y sus ilusiones sin importarles el sino que tenían impuesto. Eran una familia con el más sincero de los sentidos. Formaban un elenco de valores humanos que se perdió en gran parte tras el paso de los años.
Muchos descubrimos allí que la vida era algo muy diferente a respirar y caminar como creíamos entonces con elevados síntomas de error, claro que en ello influyó el hecho de haber recibido los últimos signos de una infancia cordial y llena de experiencias que pasaron a mejor vida con el trotar injusto de los tiempos. Los matinales de cine en que teníamos citas dominicales con Cantinflas, Marisol, Joselito y, porqué no, con Antonio Molina en sus películas cruciales. Las sólidas con el tío Sellam a dar paseos por los jardines - que entonces sí los tenía Tetuán y bien cuidados -. Él nos cuidaba y nos daba de merendar con el “duro” que le daban nuestros padres para deshacerse de nuestras travesuras.
Aquella pubertad que empezamos en el Kadi Ayyad, precedida de la infancia aludida, fue elegante también gracias a los Beatles y a sus álbumes de perennes éxitos; a los cines de verano Terraza, Bahía y Marhaba que sobrevivieron a la cremá durante muy pocos años; a la gente respetable que veíamos pasar con reverencia y respeto totales…eran otros tiempos aquellos años sesenta que iban a plantarnos el dolor en la piel aún sin saber las causas de ello. Fue entonces cuando se nos inyectó una frustración pésima pese a las perspectivas de futuro que poseíamos.
A diario paso junto al muro del Kadi Ayyad camino de mi trabajo y, cada vez que lo miro, siento reflejadas mi niñez y mi edad más temprana; veo a esos profesores que tenían sus manos siempre tendidas para amasarnos en una gran generación futura - lo que consiguieron en parte -; siento lejana aquellas esperanzas aturdidas, ya, con vistas al futuro…y abdico recordando los tiempos desvividos en el Kadi Ayyad que era una extensión romántica de mi llorado Feddán.

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