02 febrero 2016

Ahmed Mgara en conferencia en el "Ateneo de Madrid"


Conferencia pronunciada por Ahmed Mgara 
en el Ateneo de Madrid el sábado 30 de enero de 2016.




Desde siempre, el ser humano deambula por las páginas de la historia registrando  alternancias en su esencia; haciéndose artífice de lo que, con posterioridad, se denominaría “historia”, ciencia oral e inexacta, creada por el ser humano para vanagloriarse de sus propios logros y de los de sus caudillos o líderes patriarcales. Falseando, así, realidades y hechos vitales de maneras nada claras.
El ser humano no se cansa de innovar el mundo según se le antoja o se le percibe, rompiendo moldes arraigados en los tiempos y establecidos con beneplácitos de generaciones anteriores, creando normas novedosas e, incluso, repelentes a lo establecido en una sociedad, pero siempre con afanes de protagonismos o de logros materiales o honoríficos.
Las normas, los usos y las costumbres, ya sean de carácter mundano o religioso, carecen de importancia cuando hay posibles logros o consecuciones materiales y económicas en juego, dejando lo que se denomina “valores humanos” a los que suponen una mayoría silenciada en cualquier sociedad. La moral y la espiritualidad se fueron relegando a planos secundarios y carentes de presencia en la vida cotidiana, dejando lugar a la omnipotencia y a la deshumanización absoluta del quehacer diario. Aquí se explica el porqué el ser humano puede ser “cuerpo” solo, o cuerpo y alma, en paralelo. El cuerpo solo no piensa, no cataloga, pero un cuerpo con alma sí que relaciona las cosas y los hechos, puede mitificar y catalogar lo mundano y lo que no lo es… y obrar en consecuencias, o no, pero sabiendo que hace bien o hace mal.
Muchas veces, por estos desbarajustes y desajustes en los comportamientos, el ser humano se deshumaniza, deja de ser persona al no poseer la sensibilidad y la sensualidad que debe poseer la persona como ser humano.
Los humanos piensan, juzgan, catalogan, perciben el contorno, aspiran, se afanan en sus comportamientos…todo ello como parte integrante de la naturaleza y sin desprendimiento de su condición de ser “un ser más” dentro del enjambre de razas animales que se crearon en el mundo terrenal.
El ser humano pretende hacer de la tierra, su hábitat natural, una especie de sombra del paraíso anhelado para el más allá de la vida terrenal. Sueña con hacer de su entorno un vergel para disfrutar y vivir ante los temores que la naturaleza ofrece con sus cambios. Sabe, el ser humano, que la ausencia de respuestas claras a sus interrogantes sobre la naturaleza hace que viva, siempre, con ilusiones y esperanzas de que no sufra ni las iras ni las agridulces inclemencias de la naturaleza. La vida y la muerte son la principal preocupación del ser humano, por lo que no cesa de buscar refugios mundanalmente aceptados, para protegerse de esas incógnitas que lo esperan para después de pasar a lo que denomina “mejor vida”
La evolución del ser humano no siempre es productiva positivamente. Muchas veces resulta ser catastrófica como lo pueden ser el invento comercial de las armas y su comercialización así como el uso de las drogas como medio de enriquecimiento y de obtención de lucros a costa de la paz y de la salud de otros seres humanos. Toda la raza humana se afana en fabricar, comprar y vender armas para asegurarse una fortaleza que le pueda dar fuerza de superioridad y de poderío. Y, si ello fuera preciso, deshacerse del prójimo en la contienda para obtener esa superioridad en fuerza y riquezas mundanas. La difusión de las diferentes drogas en diferentes etapas de la historia humana y en diferentes zonas del globo terráqueo- con fines de acallar, más aún, a los sin voz- ha supuesto, siempre, un paralelismo con el retroceso social y mental de muchos pueblos del mundo.

Se dice, según varios relatos, teorías y axiomas, que el ser humano proviene en sus orígenes de la tierra y del barro; también se dice que proviene, según otras versiones, de una malformación en los simios, dándose lugar a la forma y estatus actuales del físico en el ser humano. Aún así, el factor climatológico de la  tierra de origen, las inclemencias de la naturaleza y del entorno, fueron quienes dieron  lugar a una diversidad física y estética entre seres humanos de diferentes latitudes, influyendo en el color de su piel, la fisonomía de su cuerpo, la deformación de su cráneo, los rasgos faciales, la voz…y otros distintivos que crearon subdivisiones que distinguen a unos seres humanos de otros como razas distintas… provocando otros males de los que siempre hicieron sucumbir la convivencia entre esas diferentes subdivisiones de la raza humana, entiéndanse como tribalismo, racismo, nacionalismo…etc
Los idiomas, como medios de comunicación entre los integrantes del ser humano, fueron desarrollándose al igual que las banderas y las atalayas. Cada idioma se instauró para dar peso a los pueblos que lo hablan. Tradición que sobrevive hasta nuestros días, catalogando la importancia de cada idioma según los millones de ciudadanos del mundo que perfeccionan y dominan ese medio de entendimiento. Lógicamente, influyen en ello, también, las fronteras que delimitan un país de otros para ahondar más en la importancia del idioma.
El ser humano pasa de poseer minifundios a tener vasallos y castillos. Después se crearon Condados y Principados que dieron lugar, en la modernidad, a la creación de países y civilizaciones peculiares que destacaron por la modernidad de sus conocimientos y por la extensión de sus ciencias y artes, enmarcados en esos nuevos Estados y uniendo los potenciales locales en los centrales. No en vano, el exceso de esa “gloria” dio en la modernidad más próxima, el deseo expreso de los ciudadanos de esos Estados de fragmentar la falsedad de esa unión artificial que, décadas antes, había dado lugar a la creación de países con banderas y fronteras que se tenían que respetar. Esa unión fue debida a las consecuencias de las guerras universales.
Desgraciadamente, el ser humano está fragmentado muchos países, animando el separatismo y la unidad –fuera de la nulidad de su nacionalismo regional que engloba el sistema nacional-. Tal vez, por la insatisfacción popular de los ciudadanos de esas conglomeraciones con identidades y etnias muy similares, pero diferentes, al sentirse explotados y manipulados por otros seres humanos, diferentes a ellos, entiéndase como colonialismo o usurpación de los bienes ajenos.
Como contrapartida de lo antes mencionado, hallamos el afán de expansión de muchos pueblos- posteriormente naciones- en tierras de pueblos vecinos. Usurparles sus bienes y someter a sus ciudadanos a servirles incondicionalmente. Hacerse grande a costa de los pueblos vecinos. Y es de esas actitudes e invasiones de donde nacieron las grandes civilizaciones que actualmente hallamos en las referencias históricas. Civilizaciones con fuerza militar pero con grandes sabios que le dejaron a nuestro mundo actual grandes conocimientos que nos están sirviendo para nuevos inventos, capaces de permitir al ser humano una vida más próspera a muchos niveles y, consecuentemente, grandes dividendos económicos, además de un prestigio entre los pueblos menos favorecidos a nivel científico, industrial y económico. 
El ser humano se considera a sí mismo como el eje sobre el cual jira la existencia. No hay más egocentrismo entre los seres de la Creación como el del ser humano. Se considera superior a todos los seres en todos los aspectos, sin tener en cuenta a esos otros seres que, comúnmente, denominamos “animales, insectos, aves, peces…” y que, sin duda alguna, poseen su manera de pensar y de conceptuar la organización de su vida. Todos hemos visto bandadas de aves sobrevolar el cielo en una dirección unificada, a los felinos de la selva organizar sus manadas, a las hormigas y a las abejas trabajando, todas y sin exclusión, pese a tener una reina que se encarga de velar por el buen funcionamiento del grupo. Todo tan bien y magistralmente ordenado que pensamos que “lo hacen igual o mejor que el ser humano”, pero yo me pregunto: ¿No será que fue el ser humano quién fue aprendiendo de los demás animales las normas y conductas de vida más idóneas?
Es cierto que el reino animal no posee tecnologías conocidas por el ser humano, ni una maquinaria o electrodomésticos, no tiene industria y no necesita fuentes de energía artificial para desarrollar esa maquinaria y esos aparatos tan necesarios para el ser humano, pero vive y mantiene sano su contorno y el medio ambiente. Esto último, sin olvidar el mundo marino y el mundo vegetal, dos fuentes de vida para el ser humano pese a que no nos queremos dar cuenta de que estamos matando esos dos reinos naturales con los excesos de nuestros desperdicios y con las inclemencias desorganizadas de caza y pesca, siempre desmesuradas, y que están llevando a la extinción gran parte de las razas animales que adornan nuestro planeta.
El ser humano, cada vez tala más árboles que no se llegan a recuperar ni por plantaciones nuevas ni por su riqueza y elegancia dentro de su entorno.
Tampoco respeta, el ser humano, los espacios donde las plantas anidaron durante mileños, posando e  implantando en sus veredas torres y edificaciones de tierra molida y metales férreos que se levantan en las alturas como señal de un omnipotente desarrollo quijotesco, sustituyendo el verdor y el esplendor de la naturaleza por el gris de las edificaciones y por gigantes de cementos o piedras: antes escarbábamos grutas en las montañas para obtener moradas, ahora edificamos y asfaltamos carreteras deshaciéndonos de terrenos de cultivo y privando a las aves y a los animales de sus hábitats seculares, para imprimir a nuestras señas de identidad nuevos distintivos de valía. Para el ser humano, todo tiene un precio, todo se compra y todo se vende… las finalidades lo justifican todo aunque no haya ninguna convicción por medio. Algún día, el ser humano tendrá que humanizarse para incorporarse a los ciclos naturales de la vida misma aunque, lo más probable es que llegue tarde a esa convicción que, en los momentos actuales, prefiere no tener en cuenta.

El ser humano se deshace y se olvida de sus propios valores de raigambre y adopta nuevas sensaciones y nuevas emociones para instaurar nuevos distintivos de su propia grandeza, ya sea individual o de grupo, a costa de esos propios valores que le dieron la emancipación en referencia con otros seres humanos. Crea imperios que, a la larga, acaban sucumbiendo a los rigores del destino u a otros imperios innovadores que se van incrustando en la historia interminable de la humanidad.
Tal vez sea, el ser humano, la única raza del planeta que padezca tanta vulnerabilidad a sus propios males engendrados por la misma raza. Un ser humano puede pasar de ser yunque a ser escarcha, de ser dueño y señor de su entorno, a no poseer nada y ser esclavo de sus esclavos.
Siempre se anima la aparición de nuevos estrategas que sean capaces de evolucionar-hacia lo mejor- la tierra potestad en cualquiera de los terrenos que le puedan dar superioridad y notoriedad en comparación con otros pueblos o estados. Todos los seres humanos se afanan en destacar en referencia con los demás, aún pudiendo impulsar a los cambios bruscos en la historia, como pueden ser las guerras o las revoluciones.
¿Quiénes fueron los que idearon las maravillas del mundo? ¿A caso, fueron los estadistas de esas épocas quienes las construyeron? ¿O fueron los ciudadanos oprimidos y ultrajados durante esas construcciones sus autores?
La historia, tan solo nos menciona que fue el ser humano de un país o de otro quien construyó esas edificaciones o parajes naturales… es cuestión de un pueblo entero y no de un estadista concreto.
Se vanagloria, el ser humano, de viajar al espacio, de haber llegado a la luna, pero se extraña al pensar que otros seres de otros planetas o galaxias hayan hecho, ellos también, viajes a la tierra. El ser humano no solo se cree superior a los demás seres de la creación, sino que se cree el más perfecto y que es el único capaz y cualificado para realizar hazañas como las suyas, dominar el mundo y destruir de él lo que le venga en gana.
Se cree, el ser humano, superior cuando inventa o descubre antes que los demás, y busca con más ímpetu el reconocimiento y el aplauso que el mismo disfrute de su hazaña. Busca los aplausos y el óxido mugriento de las medallas antes de pensar en que el futuro se labra desde el presente y que éste, el presente, casi nunca existe.
El ser humano se embriaga con el éxito, idolatra el reconocimiento y el aprecio del otro ser humano… y se sumerge en la nada del narcisismo al creer haber conseguido  la perfección en algún terreno concreto. Claro que, al darse cuenta de su error, se da cuenta, también, de que lo hizo demasiado tarde y que el arreglo o ajuste de la situación le resultaría muy poco probable. 
El ser humano se maquilla para ocultar lo que cree que representa sus debilidades o puntos desfavorables, se afana en ejercitar su mente para hallar la manera más fácil y eficiente para tapar lo que considera como señas no deseables en su físico o carácter hacia los demás, no se conforma con lo que la naturaleza le dio y busca poseer identidades destacables en otros seres humanos más favorecidos- según él- por la naturaleza o por las fuerzas superiores que rigen los destinos de la Creación. Muchos humanos, no solamente mujeres, se dirigieron a sus espejos con preguntas que ni la magia de esos espejos era capaz de contestar con certeza, y acabaron, esos espejos, rotos y destrozados por quienes comprobaron que no podían ser diferentes a cómo eran en realidad.
El ser humano se divide, a su vez, en dos géneros. El masculino y el femenino, macho y hembra. Cada género poseyó, según las épocas y las civilizaciones, diferentes misiones, obligaciones y deberes, pero, casi nunca tuvieron similitudes. No por ello deja de buscar su propia identidad al no aceptarse como en realidad es. Quiere alcanzar más logros y sentirse superior a quienes le rodean, ser un ejemplo para los demás y ser el centro de atención de todos. Sentirse alzado por los de su contorno aún sabiendo de sus debilidades y limitaciones, que intenta tapar para no ser descubierto por los demás.
Y, al buscar esa identidad, siempre recurre, el ser humano, a la tierra que le vio nacer y donde vio por primera vez la luz de la vida. Lo que llamamos patria chica y que nos acompaña en los papiros y documentos que destapan quienes somos por doquier. Aquí mismo, en ésta ubicación, estamos, varios humanos, que pensamos en nuestros orígenes. Unos pensamos en nuestros ascendentes moriscos que tuvieron que dejar su vergel para ir a tierras extrañas y otros piensan en ese norte de Africa donde vieron la luz y se dejaron crecer sin haber pensado, nunca, en que se iban a ir de esas tierras que aún conservan sus raíces intactas aún dando, ellos, sus frutos en ésta península del humanismo mediterráneo. Me consta que algunos de ustedes están aquí acompañándonos por haber aquí algo de “Tetuán”, un ser humano de Tetuán que, al igual que los árboles, los de Tetuán podemos perder las hojas, pero nunca… nunca perderemos las raíces.
En cierta manera, y en otro ámbito, la hipocresía nace dentro de estos contextos que reflejan complejos que se vierten en los demás en vez de corregirse dentro de su ser. Esa identidad falsa, cuando se repite en mucha gente dentro de una misma comunidad humana, nos augura que el ser humano de esa comunidad “padece” de muchos males que acaban acarreando problemas y debacles innecesarios.
Pero, aún hallándose en el zénit de la felicidad, el ser humano, desde siempre, ha tenido el mismo enemigo. Un enemigo al que teme, respeta y del que  procura evadirse pese a saber que no se puede esquivar cuando llega el momento del enfrentamiento final. Un enemigo al que ningún ser humano consiguió vencer en el coso de la existencia. Ninguna precaución sirvió de escudo, ni los muros de los aceros más sólidos fueron capaces de frenar a ese enemigo temido por toda la raza humana desde sus albores hasta nuestros días. Un enemigo llamado “muerte”.
En contrapartida, el ser humano busca, mientras vive, medios y maneras para disfrutar de su paso por el mundo de los candidatos a “muertos”. Sabe de la eminencia de la muerte y que puede ser llamado a sus portales en el momento menos esperado… y procura ser feliz y disfrutar, bien o malamente, pero busca todo tipo de regocijos para deleitarse.
La música y la poesía forman parte de un repertorio que da paso a la felicidad y a la paz interior al desviar al ser humano de su quebrado vivir cotidiano hacia el regocijo e incluso al ejercicio corporal. Así, el ser humano creó fiestas y celebraciones tanto personales como de grupos o de masas muy extensas donde se reúnen muchos miles de humanos para deleitarse escuchando música y dándole rienda suelta al cuerpo para expresarse en bailes y movimientos en los que se descargan fuerzas sobrantes y en los que se consigue una paz interior, física y mental, tras esos trances que duran desde los preludios hasta la rendición final de las fuerzas.
Sociólogos, antropólogos e historiadores trataron el tema del ser humano desde amplias perspectivas pero, siempre, dejando abiertas las posibilidades de otras afirmaciones  distantes de las tesis que ellos destacaron en sus monografías. La evolución del ser humano es infranqueable por ser, el ser humano, evolutivo y nada estable en sus comportamientos. Deja que su imaginación sobrevuele su existir y se deja llevar por las intuiciones sin prever las consecuencias. Vaga por el mundo, en solitario o en sociedad, sin amarras, sin nada preestablecido que pueda considerarse como una futura norma de conducta.
Se amarra a cualquier ocurrencia, usando lógicas diferentes según los momentos. Conductas contradictorias que hacen del ser humano un ser inestable, al menos desde el punto de vista de los que se aferran a lo que se denomina “sentido común”. Claro que, de ese género humano, no sólo aparecen locos humanos, sino que, también, surgen otros incomprendidos y raros seres humanos que acaban siendo “genios”, inventores o descubridores, aventureros osados en sus principios, e idolatrados tras sus logros y hazañas de las que se vanaglorian otros seres humanos al edificarles cimas en la gloria y paradisíacos panteones al pasar a mejor vida.
Buscamos, los humanos, motivos para sentirnos glorificados en vida, sentir la satisfacción de palpar a los otros- los más inferiores y los menos agraciados- rendirnos pleitesía al alabar y reconocer nuestra superioridad o nuestros adelantos que nos llevan a esa gloria efímera que, pese a su cortedad en el tiempo, nos sirve para ver al mundo desde las cumbres que nos ofrece el azar de las circunstancias. Los seres humanos renunciamos a todo nuestro estatus y a toda nuestra grandeza conseguida en décadas cuando, de repente, vencemos o destacamos en concursos y competiciones olímpicas para disfrutar de la nueva gloria que nos hace destacar frente a otros gracias al esfuerzo de un atleta o de un reducido grupito de deportistas que, muchas veces, no ganan por ser los mejores, sino por ser los menos malos… y se suceden las celebraciones incluso después de pasada y olvidada la resaca de turno.
No nos contentamos con ser lo que realmente somos. Buscamos siempre lo inalcanzable aún sabiendo de nuestras limitaciones y de la mediocridad de nuestros méritos… y nos inventamos mil y una maneras y trampas para conseguir lo que no nos merecemos. Ahí pervive la oquedad humana que padece un vacío en su propia identidad incluso consigo mismo.
Y el ser humano siempre soñó con poseer una varita mágica para dominar el mundo y arrodillarlo a sus pies; con poseer un punto de apoyo para poder mover el mundo; con poseer ejércitos malévolos e inclementes para avasallar a quienes se le pongan delante, y anexionar lo máximo de terrenos con riquezas ocultas para usurparlas a sus dueños originales…Así es el ser humano, mira y busca, siempre donde puede encontrar algún aliciente para satisfacer su ego y su codicia, donde romper los mandamientos de la fe que profesa puesto que, piensa, siempre habrá tiempo para arrepentirse y confesarse por los agravios cometidos contra otros seres humanos. Puede decirse perfectamente que la aparición de las religiones, tanto las creadas por los mismos seres humanos como las religiones celestiales, ha creado cierto orden dentro de la raza humana al racionalizarla dentro de unas normas de vida comunes a la sociedad donde se vive. Es cierto que había muchas sectas y muchas comunidades que vivían de sus credos, producto de sus deducciones y temores dentro de la naturaleza, hasta el punto de crearles dioses a todos esos “motivos de temor”. Así, el ser humano, creó dioses y diosas para el viento, para la mar o océano, para el vino, para el amor, para la sabiduría, para el fuego, para la fertilidad, para la guerra…etc. Podemos tomar a Grecia y Roma como referencias de esa idolatría nacida de lo mundano, de los temores a las iras de la naturaleza.
Me gustaría despertar alguna mañana sin tener que escuchar los horripilantes noticieros; sin tener que encontrarme con las primeras páginas de los periódicos matutinos ensangrentadas con retratos de opresores de diferentes puntos del planeta y sin títulos degradantes del género humano. Sentirme persona humana al completo al comprobar que el mundo se ha humanizado por voluntad propia. Sentir orgullo de pertenecer a la raza humana, que la justicia social haya abolido el hambre y la necesidad, que todos los humanos de todos los pueblos tienen techo y cobijo y que, por fin, me habré hecho un “ser humano”.

Ahmed Mgara, Madrid, 30.01.2016.