Mekki Moursia, el astro que aún reluce.

Mekki Moursia, el astro que aún reluce.
Por: Ahmed Mgara
En la Alameda.
 III / IV

Yendo hacia su mar, para renovar la cita matutina, el maestro responde a la invitación de unas flores  para sobrevolar la alfombra silvestre de la Alameda, inmaculada alfombra floral que Dios había creado para nuestra tierra del amor.
Mekki atraviesa, con sus alas, la puerta de madera enrejada, cubierta de sabores y verdores soleados. Enjambre de madera cansada por la edad vivida y desvivida.
Camina con la gracia de su cuerpo en plácidos pasos, casi sin moverse, como el olivo sobrevuela su olivar y sus sinsabores. Miraba las plantas, saboreaba las pinceladas que adornaban las rosas y cada pétalo  de las heridas flores.
Se deleitaba con tanta magia, perfilando su terrenal adoración hacia la Divinidad.
Los pájaros callaron su trinar para rendirle pleitesía al maestro. Tan solo algunas aves traviesas siguieron cantando melodías que se escuchaban hasta en los inmersos corales de la mar.
Los vientos iban abriéndole paso entre los arbustos y los cipreses mientras intentaban cruzar su destino con el alma del maestro. Las flores acercaban sus mejillas para ser besadas por el maestro, y sus pétalos se sonrojaban por la adolescente desnudez de su melancolía.
El reino de las flores y de sus espinas doradas estaba engalanado por el ilustre maestro del arte y del color.
La chumbera de la Alameda interrumpió su oración matutina, disfrutando del paso del maestro cerca de las espinas de su rosal.
El maestro va siguiendo las marcas de las herraduras de los caballos que por su senda pasaron.
 La arena mojada por la brisa marina dejaba escapar tan bravo adorno invitando a que se disfrute si visión.
Aún estaban sin secarse las lágrimas derramadas por la luna al subir la escalera de la noche anterior.
La Alameda se olvidó de sus penas haciendo brotar de sus plantas verdores y olores orientales venidos de Damasco y de Bagdad como perfumes de linajes ilustres.
La Alameda tenía su mejor tesoro en esa romería semanal del genio del color que, embebido de tanto rocío en cada rosal, se embriaga en el alma con la libertad de las ramas.
Un ciprés le pide que le dé un trozo de la luna o un rayo de sol para vestirse con sus luces.
Mekki no contesta y, con su profunda mirada, arropa al ciprés con halos de luz y de magia, sin estribos ni riendas, rimando sin versos y sin besos.
Le bordó sus contornos con pinceles de colores seductores, lo adornó con claveles blancos y rojos la corona de su cautiva mirada.
Y a la higuera le puso unas trenzas de plata que cubren sus ramas como mantón caído del cielo.
Soñaba, despierto, con el viento abrazado al polen enturbiado del canto mediterráneo, con las gaviotas meditando en el sueño de sus vuelos, con el canto alegre desprendido de un llanto oculto, con el olor a olvido que los cipreses dibujaban en el azulado cielo.
Mekki seguía su caminar pausado soñando con ver los castaños vestidos de azahares, con los caminos de la Alameda sobrevolando los puentes de cristal que el alma trazaba en las tapias arborezcas, con las lágrimas de su infancia al rompersele un juguete de hojalata y latón.
Versos rebeldes brotaban de sus párpados llenando la inmensidad de humilde pasión y de juramentos de amor que le hacía, el maestro, a su Río Martín cada mañana y cada atardecer.
Recreo y paseo de un genio que, en procesión volátil, atravesaba el limbo mientras flaqueaba el pausado paso de sus pies. Acariciaba con ternura los flujos de la luz que desde el sol atravesaban las arborezcas plantas para aterrizar entre la arenisca alfombra de la Alameda… y poder descansar. Nunca, tanta alegría, pudo causar tanta tristeza de nostalgias.
Dolor fecundo, por el aire de la tierra que le daba forma confusa e incondicional adoración a tan bendito lugar.

Mekki vio, en su Alameda, los mudos restos de los besos de la luna en la neblina matutina, vio el amarillo de las hojas marchitas exaltado entre el verdor de la tempestad y la estéril desnudez de la mañana.

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