PLAZA ALTA CON MEMORIA

Las plazas de las ciudades y pueblos son las páginas de su propia Historia. La Plaza de Tahrir de El Cairo forma parte ya de esos sitios históricos en los que se ha abierto un tremendo hueco para que cambiase la Historia. Pero también existen otros escenarios donde la sangre y también los milagros han sido fundamentales y es el caso de la Plaza de Mayo de Buenos Aires en la que todavía se reflejan esas tragedias de esas madres y abuelas que siguen insistiendo en su lucha por sus hijos y nietos desaparecidos. La Plaza de Tiananmenn llena de muertos, ó la de Praga, tragedia en aquella primavera.

La Plaza de Tahrir o Plaza de La Liberación sirve también para multiplicar ó hacer de espejo en el tiempo de lo que también ocurrió en la Plaza Tltelolco mejicana ó la Plaza Roja de Moscú, llena de nieve y de desfiles de auténtico terror.

En las plazas de la Historia también hay recuerdos de muertos y de pistolas, de silencios y de guillotinas. Y memoria. Sobre todo memoria. Memoria de manifestaciones, de calor de las masas, de pancartas y de banderas al viento. Y todo eso forma parte de nuestras propias vidas.

¿Dónde habrán quedado esas plazas de nuestra memoria? En nuestro caso, en nuestra Plaza Alta, nos hemos manifestado más de 60.000 personas por el Tireless. También para denunciar los asesinatos. Hemos estado cien semanas seguidas concentrándonos por ellos (una baldosa así lo refleja). Nos seguimos concentrando por la violencia de género y es el sitio donde termina cualquier reivindicación laboral, social ó estudiantil.
Pero sobre todo hemos levantado auténticos bosques de manos blancas por los asesinatos.

Hoy aparecen en los medios las fotos de los que dicen ahora que quieren luchar por la democracia. Una izquierda abertzale que nos quiere borrar a todos esas plazas de la memoria. Los mismos que herían nuestras almas con balas de hielo. Ahora sonríen en fotos oficiales. Pronto lo harán en la campaña electoral.

No hace mucho tiempo sus fotos aparecían en las comisarías con sus caras de asesinos. Daban auténtico terror verlos detrás de las mamparas en los juicios por asesinato, sonriendo con desprecio, sin la más mínima lástima por sus víctimas.

Ahora quieren pasar al otro lado del espejo transformando al lobo en la oveja de los cuentos. No deberíamos olvidarnos de ese cuento. ¿Dónde están las plazas de la memoria? La nuestra, por favor, nuestra Plaza Alta, que no sean capaces de quitárnosla de nuestra propia memoria.

Patricio González

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