Mohamed Choukri, entre Tetuán y Tánger.
                                                                                   Por: Ahmed Mgara.

De los recuerdos más tiernos de mi infancia con mi difunto padre aún revuelan en mi memoria los cantos que me hacía llegar sobre la ciudad de Tánger, ciudad donde estuvo alejado de la zona española por un destierro forzoso como consecuencia de un nacionalismo muy en auge por aquellas épocas. Entrado en años comencé a catalogar las “fábulas” de mi padre sobre Tánger como exageraciones de la edad hasta que un día empecé a comprender que mi padre era un hombre leal y fiel a esa tierra mítica y encantada que, a través de sus hijos y de su hidalguía, le ofreció todo cuanto podía necesitar. . . y más. Empecé a entender que, si mi padre estaba siempre en “La Ibérica” o en “Escañuela” era porque necesitaba airearse con el tacto con todo lo que era “su Tánger”, la ciudad a la que amó en silencio atroz y, cuando hablaba de sus aprecios hacia ella y sus agradecimientos a su generosidad, lo hacía con firmeza y seguridad de que estaba hablando de una ciudad llena de carismas y de tentaciones, de emblemáticas realidades y de interrogantes fáciles de descubrir; para él, Tánger era la extensión de un alma herida, la cura de sus dolencias y el pan que le faltaba a su estómago y a sus necesidades. Tánger, la gente de Tánger, lo trató con sensualidad propia sólo de esa tierra gallarda. Siempre decía que estará siempre en deuda con la ciudad de Hércules aunque disfrutaba siembre que el Mogreb Atlético de Tetuán ganaba a los equipos tangerinos. Lo anterior no resultaría raro a quienes arribaron a Tánger para estar una larga temporada. Mi padre estuvo en ella entre 1948 y 1951, año en que pudo retornar a su ciudad del alma, a su  Tetuán. Tan solo podía ser agradecido a esa ciudad y a sus gentes por lo recibido durante esos tres años. . .
Y Mohamed Choukri pasó en ella toda una vida después de llegar a sus arrabales andando y con heridas hasta en la tierra que pisaba. Tánger se le entregó y se le abrió pese a las dificultades que se vislumbraban desde unos ojos llenos de necesidad y que querían ver riqueza y suficiencia en todo lo que había en esa irrecuperable ciudad en lo que respecta aquel estatus estético que poseía. Tánger era una metrópoli llena de diversidades y de antagonismos, una ciudad con arrastre de muchas historias de muchas civilizaciones incrustadas en la tierra desde milenios con toda normalidad. . . y el malogrado Mohamed Choukri, como tantas víctimas de generaciones pasadas, llegaba en busca de “una salvación” que ha sabido hallar en la mítica ciudad.
Días pasados me decía un conocido que la ciudad de Tetuán se portó con el malogrado Mohamed Choukri como si no fuese tetuaní: aparentemente, ese señor no conoce la faceta del desagradecimiento de mi amada ciudad al igual que desconoce que nuestro gran escritor solo se sentía tangerino, y eso con toda la justicia del mundo. Solo Tánger le soltó las riendas para llegar a lo que llegó, pese a las adversidades que le acompañarían toda su vida. Choukri, no era un simple tangerino, sino que llegó a ser un hombre universalmente reconocido cuando en Tetuán no llegaban algunos intelectuales de segunda fila a descifrar el secreto que tenía Chokri para triunfar pese a ser fácil de adivinar; Choukri era un hombre constante, quería ser como los demás y, trabajó tanto que los dejó a todos detrás de su sombra; era un luchador en vertical, le gustaba ascender y, si bajaba un escalón era para saltar de un solo golpe muchos más hacia la cumbre. Si Mohamed Choukri no se sentía como tetuaní se le tiene que respetar ese sentimiento. Tetuán es desagradecida e intelectualmente atrofiada. Si Choukri se hubiese establecido en Tetuán en vez de Tánger no hubiera conocido nunca la fama ni hubiera llegado a ser el astro que reluce aún después de fallecido. No por ser precisamente “Mohamed Choukri”, sino porque la ciudad ha ido adquiriendo esa nueva cultura llamada “desagradecimiento”. Pero ello no impide que los que realmente seamos de Tetuán queramos a los grandes de nuestro país incluso costándonos, después, algunas observaciones de algunos ineptos que se hacen llamar herederos de la intelectualidad de la ciudad, pongo por ejemplo las críticas que recibí cuando publiqué en mi último libro una elegía a Mohamed Zefzaf.
Que nadie espere, y me duele reconocerlo, que en Tetuán se reconozcan las proezas de los lúcidos y de los destacados. Aquí, en Tetuán, da la impresión de que los que triunfan deben ir a otras ciudades para que se les aprecie su valía. . . la nueva gente de la ciudad es más papista que el “Papa” según dicen nuestros amigos los andaluces.
Volviendo al malogrado Choukri y su relación con Tetuán. Para él siempre fue la ciudad donde empezó a descubrir lo púdico y la belleza de lo impúdico. Una ciudad que se contradecía con su etnia, que se desvestía de sus valores cuando hablaba de demostrar que los llevaba a flor de piel. Habló, Choukri, de su infancia y de parte de su juventud y de su madurez mientras estudiaba magisterio; La calle de las Atrancas, Sania, El Feddán, Ain Jabbáz, el Bario Málaga. . . constituían puntos de encuentro de Choukri con su realidad según lo ha dejado bien claro infinidad de veces en sus escritos y en sus declaraciones. Escribía por otros lo que no podían escribir porque poseía un valor y una valentía que no tenían los otros. Ningún escritor marroquí publicó tantas ediciones de tantos libros ni ha sido tan traducido como lo fue Choukri. Mohamed Choukri, habiendo escrito en árabe, dejó una obra traducida a cuarenta idiomas, lo que ningún marroquí ha podido conseguir. Otro record que posee es que una de sus obras fue traducida a dieciséis idiomas, “El pan desnudo”.
Para acabar contaré una anécdota que me pasó con un amigo común que es el pintor fallecido hace unos meses Mohamed Drissi.

Nos encontramos en la puerta de su casa de Tánger y me invitó a acompañarle a una sita que tenía con Mohamed Choukri. Por el respeto que me merecía el malogrado escritor le dije al célebre pintor me disculpe diciéndole que yo veía a Choukri como una pirámide y que tenía miedo de que le molestase mi presencia. Drissi, con su típica sonrisa me exclamó: “La gente viene de todo el mundo para ver a Choukri, y tú tienes miedo de molestarle. . . pues vete a tu Tetuán y descansa en paz”. Pocos días después recibí la noticia de la muerte de uno  de mis mejores amigos en el metro de Paris. Drissi fue quién descansó en paz primero, luego Choukri. . . descansen en paz los dos tangerinos del universo a quienes Tetuán nunca nada  ofreció.                                                                                             

 

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