Llanto por Lorca…
                        Por: Ahmed Mgara

La noche se disponía a acostarse para relajarse del suplicio de aquella luz de agosto.

Granada parecía volatilizarse, incluso la Alhambra sintió sus pechos desahuciarse y se arrodilló en espera de una tragedia anunciada por los campanarios y en los laberintos del silencio.
Las cuerdas de una guitarra enmudecieron. No volverán a sonar, nunca, igual. Nada ni nadie se quiso mover en el espanto de aquella desvestida Andalucía desvanecida.
Los sollozos de heridas andalusíes sintieron brotar en Granada un nuevo desfiladero para la cruenta muerte.
Ninguna elegía sería, jamás, lo suficientemente elocuente para asemejar lo que se sentía eminente.
“Había que acallar al poeta… que tenía la muerte dictada por dicha. Las llanas gentes del pueblo se sabían de memoria sus versos… había que eliminar su  poesía”.
Ocultos de vergüenza y bajo sus tricornios, encubiertos tras la lona que tapaba el camión, a la casa de Federico se dirigieron… ningún gallo se atrevió a afinar su garganta para aquella madrugada…se olía la muerte a flor de piel de mi ensangrentada Granada. Entre naranjos, granados y olivos,  el mirto y los arrayanes sembraron azahares inmensos en el llanto de la noche de Granada. `
La yerbabuena se derrumbó de sus altares desde la luna, suplicándole al Dios que le dio olor a cada una de sus hojas.
Los ángeles se negaron a ver la muerte del alma del pueblo, y la rima de los versos, aquella noche, de un soplo se quebró y, a lomo de veleta… dejó su sitio para no ver el homicidio. El terciopelo de las nubes se sonrojó con sangre mora y gitana.
La pena se hundió en las venas para no ver la túnica de la muerte llorando de espanto.
Los sueños de la Alhama se llenaron de luto y de desnudos espantos mientras cabalgaban, sin estribos, por los cielos. Lloró la luna humedeciendo la fragancia herida de la tierra de Granada.
Hasta el sol, quiso brotar antes de tiempo, para evitar la oscuridad impune que dio lugar a la inmensa muerte… y una voz baja, envuelta de vil cobardía, como el traicionero óxido de un puñal, se dejó oír:
“Venimos a por ti, Federico García. Ordenes tenemos de llevarte al cuartel. Nos las dio el teniente coronel”.
Con alma andalusí y lleno de sangre gitana, Federico subió al camión ayudado por culatas de verdugos sin compasión.
Volvió a tener la suerte de espaldas y a la muerte de cara, sin sal de la mar, sin canela dorada y sin laurel.
Las estrellas se estremecieron mientras García Lorca las despedía con su tenue mirada por vez postrera, con lágrimas de nardo y jazmín en el alma.
Los ruiseñores y las golondrinas le quisieron prestar sus alas para alejarse del nido del odio, la noche le ofreció su túnica de mansas nubes… pero, los tiros aún resuenan con el eco de un zorongo de la sierra, sin riendas.
Junto a una fosa, en medio de un olivar, doce balas de plomo a su pecho de plata fueron a parar y, desde entonces, el fuego de Federico enciende con llamas las verdes ramas que, de vez en otra, acuden a ese altar para dar de beber al alma de la voz popular. Fue de noche y bajo un olivo, la muerte de Federico. En esos arrabales, aún huele a cañones de traicioneros fusiles.
Qué pena para Federico…dejar de sentir Granada en su postrera morada.
Al alba una rama verde, salpicada de azufre, se dejó postrar sobre la agraciada tumba mientras la tierra sacra de mi Ándalus soñado se puso a entonar una copla y un zorongo en recuerdo del poeta que murió por ser voz de su pueblo.
Los dos ríos de Granada, desamparados, lloraron cardos y perfidias; Granada, clavel de España,  se desvistió de su luna, perdió su rima; la noche veraniega dejó de ser principesca; la albahaca de la tierra saltó la tapia; las campanas de las ermitas sonaron a lomo de alboradas heridas... la barca de la guerra iba de prisa… clavando espinas. En la extensión de Andalucía, tanto llanto no cabía. Se arrodilló el cante y se calló el alma del fandango en la huerta del desamparo. Reinaba el temblor del martirio de la sinrazón.
El crimen fue en Granada, la hermana mayor de la Blanca Paloma morisca que desde el Feddán y su Dersa, sintió el agreste rosario de plomo ahondarse en el alma del poeta del pueblo mientras decía un viejo pastor de la tierra:
 “También se muere el mar”.

En Tetuán, Federico, regaremos tu doloroso  rosal con polvo de marfil y agua de azahares.

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