Ser érbitro de fútbol y de baloncesto...

Más de cuatro décadas después...


 
 Hablando con el amigo y escritor marroquí en español, Mohamed Bouiessef Rekab, durante nuestra estancia en Córdoba, en el marco del Congreso Internacional "Frontera Líquida" que tan magistralmente organizó la
Asociación Colegial de Escritores de Andalucía ACE-Andalucía bajo la batuta de los amigos Manuel Gahete Jurado y José Sarria, me mencionó -el señor
Bouiessef, mis años de colegiado arbitral en el Comité Nacional de Arbitros de
la Federación Española de Baloncesto, y en el Colegio de Arbitros de Fútbol de
pasó entre 1975 y 1980 aunque, al volver a Tetuán, seguí por unas temporadas
Málaga, por la Federación Española de Fútbol, Comité de Andalucía. Todo ello
arbitrando en las ligas marroquíes de Baloncesto y de fútbol.

Mi amigo Bouiessef, sin pretenderlo, me devolvió a mis años de lucidez, si es que alguna vez la tuve, y en los que era una llamarada viva que exhalaba ambiciones e ilusiones llenas de altruismos y esperanzas. Era joven y creía en los valores de la vida y del ser humano. Arbitrar y enfrentarme con los retos de ser justo y procurar no cometer errores me enseñó que la vida no es solo momentos , y que hay que vivirla con intensidad, lejos de los bullicios de la vanidad y del egocentrismo corroedor; que hay que ir sumando por las sendas de la existencia y no caer entre las garras maléficas de los que gozan restando.
El arbitraje, tanto de fútbol como de baloncesto, me enseñó que en la vida nada es tan importante como la fe en si mismo y el respeto hacia los esfuerzos de los demás; que impartir justicia puede enaltecer a la persona aún sin darse cuenta; que hay que ir con la cabeza bien alta antes, durante y después de cada encuentro deportivo, con elegancia humana y espíritu nítidamente noble y allanado.
El profesor Bouiessef me hizo recordar, en la solitud del hotel, esa tenue soledad que se vive mientras se viaja para arbitrar un partido, llena de hermetismo e interrogantes que nunca se llegaban a florecer en sus respuestas.
Supe, siendo juez deportivo, que ser justo es patrimonio de elegidospor la Divinidad. No todos los árbitros tenían ese don, aunque no sé si yo conseguí tenerlo y alcanzarlo.
Y, pese a los años transcurridos, no puedo olvidarme de árbitros de relevancia y de los que aprendí muchas cosas tanto durante las clases como en el ejercicio sobre el tapete de las competiciones. Pepe González, Navarrete Antiñolo, Antonio Martían Navarrete y otros, en fútbol, o los de baloncesto como Antonio Campaña, compañero en Inginiería Técnica y maestro respetado y temido como árbitro de baloncesto, fueron luces en el camino de muchos colegiados de los que llegaron y de los que quedamos a medio camino por motivos varios.

A los árbitros, de mis años 70 y a los posteriores, dedico éstas líneas, llenas de afecto, reconocimiento y aprecio.
                                                           Ahmed Mgara

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