El boxeador
Por: Moufid Atimou

La luz del alba penetraba gélida en sus ojos, y el aire, difícilmente respirado, llenaba sus pulmones pasando después a calentar sus manos con los varios soplos que él hacía para evitar que se congelase.
Pan con aceite de oliva, café con leche y un vaso de zumo de naranja eran el desayuno que le tenía que mantener dos horas en movimiento, en sincronizados movimientos; esquivando e intentando evitar golpes, los fuertes golpes del entrenador o los azarosos golpes de algún principiante o de algún amigo.
El camino entre el gimnasio y su casa era él de entre la vida y la muerte, o la vida y la Vida…Eran unos veinticuatro minutos que él tenía que recorrer, a veces, sin ver a ninguna persona, a pesar de que Tetuán ya se contaba de entre las ciudades pobladas del país.
Sólo perros que no sabían si atacarle o no, porque no sabían si era de noche o ya era de día.
El miedo se acechaba en las cercanías del « jardín de los enamorados », una descuidada zona que, como contaban, habitada por tres mil demonios, pero su amor al boxeo y su edad eran ingredientes más que suficientes para ahuyentar todo miedo y embellecer toda asquerosidad.
El boxeo para él era el equivalente del amor, era el equivalente del poder para otros o el placer o la riqueza. Estar frente al entrenador viendo los primeros rayos de sol deslizándose por entre las oxidadas rejas de las viejísimas ventanas, en las mañanas de enero; era toda la felicidad.
A veces, debido al frío y a la lluvia, ninguno de los boxeadores venía y la sala se hacía gigantesca a pesar de su pequeñez. Oscura, húmeda y polvorienta hacía que cada movimiento fuese el doble de difícil y casi siempre tenían que mojar el suelo para que el polvo no les asfixiase.
Quince minutos corriendo, diez haciendo movimientos a la marcha; haciendo la sombra una media hora, el saco una media hora también; la cuerda de « salta » unos diez minutos y el entrenamiento a combate unos veinte minutos o lo que hiciera falta.
« Adiós, maestro. » Se despedía.
« Adiós, hijo, y dile a los demás que vengan mañana. »
« Inchalah, maestro. »
Los alumnos con sus caras de sueño indicaban que eran casi las ocho de la mañana. El ambiente se hacía cada vez menos hostil y más familiar, la luz de los tibios rayos del sol sobre esta ciudad mediterránea concreta la felicidad.
La luz del alba penetraba gélida en sus pulmones, y el aire difícilmente respirado llenaba sus cansados pulmones haciéndole ver obligatorio el volver atrás, retroceder en el tiempo.
« No tengas miedo, es sólo un loco que hace movimientos como los boxeadores. » Dijo una madre a su niña.

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