EL OLIVO SECO... DE TANTOS SIGLOS / AHMED MGARA

EL OLIVO SECO
Por: Ahmed Mohamed Mgara

Postrado ante la majestuosidad del Dersa y del Gorguez se diluyen mis lágrimas ancestrales, se vierten en mis lacrimales los destellos de tiempos lejanos de siglos desfasados.
Con mis raíces abrazando los rayos del sol, vivo mis recuerdos más lejanos, recuerdos en los que yo, aún no me podía despegar de mis suelos profanos.
Recuerdo, vagamente, cómo seres altivos me regaban con los sudores de sus frentes y con las lluvias de sus rezos y de sus blasfemias.... Hasta que me pude mantener en pié y alzar mi vuelo hacia nubes andalusíes y alpujarreñas que sobrevolaban el techo de mis nostalgias.
Y ahora, cansado de ires y de venires de aires inclementes, abdico del trono de mis alturas y dejo humedecer mis costillas con los vientos del Poniente mediterráneo que sopla como alas de magia benigna sobre los costados embalsamados de mi cuerpo.
La sequedad me embarga cada entraña. Me cubre de negrura amarillenta y de mohos espectrales. Secos llevo los restos de mi cuerpo, antaño lleno de jolgorio y de alegrías bailadas cerca del Darro y bajo la sombra de mi Alambra soñada.
No sé si muerto estoy o muriéndome voy sobre la aridez de esta tierra de cenizas y perfidias sanas, pero siento una polvareda desprenderse de mis pocas ramas pobladas, derrotadas por la sequedad de los años. Sin frutos en sus entrañas, tan sólo contemplan los vuelos de las aves migratorias sin ilusión ni esperanzas.
Seca y muerta está la tierra que me entorna. Casi estoy muerto de tanta ausencia de brisa y de vida... y eso que no dejo de ver el color celeste de la mar que bailotea al son de las olas y sus plácidas caricias al llegar a la orilla de la mar.
Partirán mis restos a mejor vida, pero las cenizas que heredé de los siglos se quedarán aquí esparcidas, rimando en la poesía de los olvidos y de los olvidados.
Nadie querrá escribir en mi epitafio una letra mayúscula. Dirán que no fui más que un árbol sin carisma y sin frutos haciéndoles sombras a mis ramas.
Me dejarán vivir en paz.
El Monte Dersa acoge a la Medina andalusí de Tetuán en su regazo y la montaña del Gorguez la protege de los fríos del este.

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