del Diario de un periodista


AL BORDE DEL DESENLACE
Relato muy corto
POR: Ahmed Mohamed Mgara

Tenía una labor que llevar a cabo los últimos días del verano.
La visibilidad en la mar aún era aceptable y las olas no se habían rebelado contra lo estáticas que fueron durante los dos últimos meses de verano.
Tenía que acudir a diferentes puntos, supuestamente, de partida de pateras o lanchas de inmigrantes ilegales. Estuve en varios sitios olfateando y preguntando a gentes con quienes me iba cruzando en diferentes orillas, sin aparentar que estaba muy interesado... y, de todo hubo en la viña del Señor, como se suele decir.
Probablemente, lo más espeluznante y alarmante que ví fue muy ocasional en una de las montañas o laderas cercanas al Estrecho.
Centenas de africanos de color estaban agolpados y agrupados en grupos diseminados. Inmóviles e inertes, casi no se movían pera nada. Estaban de pié o sentados sobre la tierra o la aridez de esa montaña. Algunos mascaban chicle, pero sus ojos estaban clavados en la tierra que llenaba el horizonte detrás del Estrecho.
Después de recorrer miles de kilómetros intentando llegar a Europa ven frenadas sus ilusiones por unas pocas millas de agua salada... se despiertan de sus sueños para encontrarse tan cerca y tan lejos de su tierra soñada que esperan y esperan hasta la desesperación.
De pié y esperando el milagro de ver emerger desde las profundidades a Neptuno con un puente por debajo de los brazos para tenderlo entre las dos orillas por unos minutos que diesen tiempo a los allí agolpados para correr hacia la orilla de enfrente sin que nadie estuviese detrás de ellos ni impidiéndoles el paso.
Despertaron de su sueño para embarcar, aún despiertos, en otro sueño, quizás más cruel...más desesperante y desmoralizador.
Durante casi una hora he visto evaporarse los sueños de esos simpáticos y débiles seres humanos de tez morena. Pero, para ellos, yo estaba seguramente equivocado. Ellos no soñaban, sino que sabían que en cualquier momento podía llegar la oportunidad de su vida. Ellos han invertido el sentido de su vida haciendo una inversión muy cara. Miles de kilómetros en los desiertos africanos, algunos a pié, y con mucha hambre en el camino. No tendrían, seguramente, dinero suficiente para gastárselo.
Y llegaron, por fin. Ya podían vislumbrar el Gibraltar y el Estrecho de los que tanto habrían oído hablar antes de emprender el camino. Incluso podían bendecir su cuerpo con el agua mágica y angelical del Estrecho... las mismas aguas que bañan Tarifa y Getares, Algeciras y cualquier punto donde podían desembarcar.
Procuré hablar con algunos. En vano.
No confían en nadie. Temen a los seres extraños.
Para ellos, todos somos culpables de que no puedan llegar a la Península... los blancos somos racistas e informadores.
Algunos se hacían el sordo, otros escuchaban el saludo y después de mirar de donde procedía se daban la vuelta y volvían a adorar a su mar. Algunos me contestaron en un inglés muy complicado. Pero los más sinceros fueron dos que me dijeron: “Vete. Aquí no molestamos”.
No sabía si quedarme allí mientras atardecía. Podía ser peligroso seguir allí más de lo que había estado y emprendí el camino entre los matorrales para volver a la carretera. Y uno de esos hombres, que estaba acompañado por cinco amigos suyos, me llamó pidiéndome que me acercase a donde estaba. No sabía si correr hacia abajo, lo que no me hubiera servido de mucho, o hacerle caso a ese joven. Casi sin pensármelo, decidí acercarme a él y cambié el rumbo de mis andares.
El muchacho me dijo en un español muy complicado que me había estado observando y que se preguntaba porque me adentré en esa montaña cuando todo el mundo tiene miedo de “los negros”.
Me señaló con el índice izquierdo hacia una choza de cartones y plásticos. Todo estaba atado con cuerdas y cintas adhesivas de embalaje. Era, me dijo el pobre muchacho, el único y mejor palacio de su vida. Tenía algo de ropa, que asomaba de una mochila, y unas bolsas de plástico con comida de la beneficencia. Estaba enfermo, me comento, y que su enfermedad no sería por mucho tiempo... era cuestión de llegar allí, a la otra orilla.
Cuando me despedí de ese joven me dijo uno de sus amigos en un español nítido: “Oye, ¿sabrás decirme cual de las dos orillas es la maldita, ésta, en la que nos hallamos o aquella a la que no podemos llegar?
“Cada orilla posee su propia maldición, le contesté, pero la esperanza que tenéis vencerá a las dos maldiciones”. Suerte, amigos.

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