FARAH
Por: Ahmed Mgara
Entre la ficción y la realidad, entre la imaginación y la historia veraz, Farah viene a nuestra memoria para avivar con ascuas de dolor un pasado nada agradable, para recordarnos olvidos y penalidades sufridas por generaciones de andalusíes durante más de cuatro siglos, desvividos en el exilio. Farah vivió con un único sentido en su vida. Volver a su tierra para sumergirse en sus orígenes, para dejarse envolver por la peculiaridad de la brisa andalusí; Farah, tan solo pensaba en volver a los arrabales que la vieron nacer y crecer antes del viaje irrecusable hacia África. Y Farah volvió a su tierra, pero enmascarada tras una túnica falsa… cualquier maldad podía servir de justificación para el reencuentro con las raíces.
Patricio González nos asoma desde el ventanal del tiempo hacia un pórtico de dolores perennes, nos impregna de vivencias de un pueblo despojado de sus adquisiciones y pertenencias sin lógicas justificaciones. Patricio moldeó, a su magistral antojo, un personaje sensible y único para un pueblo señorial y de altos linajes. Mi amigo Patricio nos hace retroceder en el tiempo para conmemorar ese exilio que pretendía romper la hegemonía de una de las civilizaciones más ilustres de la humanidad, tal vez, la única de la historia en la que se convivía sin tener en cuenta ni el credo, ni la religión, ni la etnia para compartir la vida en comunidad. De Hornachos a Salé, de Extremadura a una tierra extremadamente dura, Patricio nos introduce en el relato haciéndonos partícipes del mismo, enjuiciando y condenando, por nosotros, las injusticias cometidas hacia parte de un pueblo por el simple hecho de no confesar la misma religión que los nuevos colonos del herido Ándalus, los reinos de Castilla y Aragón que acabarían formando un Estado nuevo de las fragmentaciones y condados de la Península Ibérica y que se llamaría España.
El Ándalus no se desmembró en esa época. Todo lo contrario. Sin desligarse de sus raíces, enterradas en el Ándalus querido, los expulsados, judíos y musulmanes, se expandieron por el norte de África y por algunas regiones de Asia para diseminar los frutos del conocimiento y de las artes andalusíes por las tierras donde fueron recibidos, dispersando sus conocimientos en todas las lides del saber, de la creación literaria y poética, en la labranza, en la astrología, en las artes y en los oficios imperantes en esa época. Así se expandió el Ándalus por el mundo, una nueva civilización en decadencia que volvió a florecer, pero en la lejanía.

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