20 junio 2016

"Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara

Más allá del edén.
Del libro "Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara

Allí estaba el Gorgues, implacable con su vestimenta grisácea, desafiando las nubes atravesándolas con su hiriente cima que abrazaba al sol con los destellos de su corona milenaria. Estaba solo, más allá de las rejas que el Dersa dibuja en una serpentina línea de barro y de llanto. Me dio la impresión que, al menos aquella vez, mi Gorgues no necesitaba subir a sus borrascosas cumbres para sentirse plagado de ausencias y de hiriente soledad.

La tristeza de su túnica lo tenía sumiso en su lúgubre silencio que tan solo emanaba los susurros del viento cuando los repelía enviándolos hacia los pinos del Dersa.
Estaba alterado en sus vuelos inmensos mientras la irradiación del sol le daba la impresión de ficticios movimientos carentes de veracidad. El Gorgues, encaramado en el cielo, unía el horizonte con la tierra tetuaní que se dejaba rociar por las aguas del Mhannesh.
Desde la cornisa yo seguía mirando y admirando la majestuosidad de la Divina Creación que el Omnipotente dejó grabada en el pétreo Gorgues quién, pese a su timidez, siempre fue un grito en las ausencias, desde Busemlal hasta Buzaitún…una eclosión de negativas y negaciones a las imposiciones de las crueldades del destino en él anidadas.
El Gorgues tenía el alma llena de pétreas melodías vivas, estaba lleno de poesía inmortal e inspiraba respeto y admiración.
 Sobre su cabecera llevaba su elegancia y sobre su pecho el ajuar que les quería enviar a las Alpujarras. La cruel inclemencia de las oscuras olas lo alejó de sus hermanas de las otras sierras… y él esperaba, asomando por encima de las algodonosas nubes mediterráneas, por si podía romper el maleficio de los genios y pudiera, por fin, ver a su Granada fatal.
Montaña de esmero y de espera, de virginidades rotas por el abismo de los tiempos de iras y de rabias manifiestas, montaña de dolor y de sufrires de siglos y de tiempos por nadie sabidos, roca rota por dentro en miles de entrañas hechiceras; nido de amores y de resacas llenas de pecados y de cicatrices nunca curadas, montaña agobiada por la tristeza que la edad le dio por decreto natural.
Alguna vez dejaré mi lacrimal ofrecerte una entraña más para que las aguas, que al Mhannesh tú das, la lleven a la orilla de la mar para dejarlas perderse con las otras entrañas que allí tengo depositadas y enviarlas, alguna alborada fugaz, a quienes las pudieran necesitar desde Tetuán…con amor.



13 junio 2016

"Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara.

Tetuán, la novia sin ajuar.
Del libro "Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara.

Tendida bajo las marchitas rosas de la alborada, la niña de fuego cubre de caricias las cloacas que riegan sus acequias de llanto y de encanto.
La rosa de los vientos torna su blancura en cuna de tormentos, blasfemando sobre el letargo de sus sueños vespertinos.

El azul del cielo le trae de la mar su amargura y la cicatriz de los siglos.
Golondrinas celestiales sobre su rocío vienen y van aún sin traer ni llevar sobre sus alas lo que vienen a buscar.
Sus callejas impresionan como laberintos de hechizos, como serpentines de cardo entremezclados con el rugir de su silencio.
Tetuán, en su pálida desnudez, descansa sobre el lecho amargo del Dersa, tensa la espalda y acurrucada en el alma. Derrotada sin ser vencida.
El aire que la comprime camina como las olas antes del ocaso de su sol, casi sin movimiento y sin traslación. Da la impresión  que el aire que entorna el Tetuán antiguo se niega a cambiar de lugar.
Algunas descarriadas nubes vigilan la escasa calidez que los desparramados árboles aún pueden proporcionar mientras, esas nubes, se preocupan en alcanzar a otras - más fértiles y menos estériles - que no se quisieron acercar a la secadez de la agria tierra que pisotean nuestros pies.
Mi visión se torna hacia el agreste Gorgues, punzantes cuñas lo coronan y cansadas creaciones Divinas en él descansan. No sirvió, ni sirve, su altiva espada para cubrir su espejo del mal de la magia. La maldición, en su osadía venerada, corroe su carcoma que la edad, sin piedad, dejó en él depositada. No tiene ya mi Gorgues ganas de nada. Un día cogió su alma y la encerró en el fondo de la Alhama que de Busemlal se fue bajo la tierra y bajo la mar para en Granada anidar.
Cogió, El Gorgues, la chispa de sus ojos y la enterró en el gris que inunda sus pechos rocosos. Ese gris fogoso que antaño fue grito afilado solo es, ya, llanto tenebroso y lamento andino que del sueño rocoso brota desesperado.
Amanece y atardece a la vez para el envejecido Gorgues. En su pecho ya no laten más que la hiel y el cristal acuoso que se enjuaga en sus venas con la plata que se le escapó a la luna nocturna.
En el rudo silencio llora Tetuán su soledad y su desesperanza; llora por sus fuentes la sangre derramada por las entrañas apagadas. Llora su fuego y su lava…y no se ve nada.
Orgullosa muere y cabeza bien alta lleva aún viendo su perdición bien asumida; de la blanca cal de sus callejuelas está tejiendo su propia mortaja, con ella se desenfrena la crueldad del destino que la envuelve y rechaza.
Ayer, de luna y plata tenía el ajuar; hoy, no tiene ni donde reposar su aliento. Se niegan a darle morada las montañas y las nubes, los astros y los vientos, los naranjos y los pinos.
Qué trágico final para una muerte nupcial. Se nos muere la novia de Yebala y no lo pueden mis dedos remediar. No quiero contar sus penurias, ni debo, mientras la veo postrada esperando su último sino.  Ángeles de todos lares vienen a disputarse el honor de alzarla por los cielos del Feddán y del Universo.
En su despertar, los estancados charcos acrecientan su profundidad para sellar su ser actual. Se cubren de lodo y de esencias de odios prematuros, de tinieblas y de augurios oscuros.
Puede decirse que éste Tetuán que adoro ya no es como relucía en las ruinas melodiosas de las profanas prosas de los idílicos profetas; Ahora no es más que llantos esparcidos sobre las ruinas de los sueños sietemesinos.
No lejos del Tetuán blanco, descansan los afortunados muertos de ahora y de siglos atrás. No quisieron, ni los tetuaníes de antes ni los de ahora, morar lejos de sus lúcidas calles, y allí están…llevando la amargura de tiempos pasados mezclada con la fertilidad de la tierra y confundida con las cenizas corpóreas.
Aún muertos, los fallecidos de Tetuán siguen allí escuchando el susurro que los vientos dejan reposar en los oídos del Dersa, descansando junto a alguna higuera de sombras muy diurnas y duraderas.
Los seres queridos allí se reúnen y se confunden. Nadie distingue los vivos de los muertos, ni siquiera el llanto o las súplicas de unos por los otros.
El cementerio de Tetuán, bendita morada para el despertar tetuaní. Alma y pecado se confunden bajo el calor del sol y se funden en el amargor del mismo crisol…están más vivos los muertos tetuaníes que los que coleamos creyendo estar vivos.


12 junio 2016

Tetuán, suspiro morisco.
Del libro "Réquiem en Tetuán"
de Ahmed Mgara.

Mi tierra es como todas las ciudades. Es alma  y espíritu viviente, raíces que crecen en las profundidades y ramas que se alzan en las  alturas…semillas esparcidas por todos lares y en lo más lejano del cuero mundano.
Tetuán tuvo hijos ilustres que ahora tiene diseminados en minifundios distantes. Muchos de ellos salieron jóvenes en busca del saber, otros en busca del sustento y de un futuro menos cruel    y más prometedor. Otros salieron de Tetuán ya maduros para ocuparse de cuestiones concretas o misiones determinadas. Pocos vuelven a las callejas y plazoletas del lugar, por olvido o por imperativos, no sé; pero dejan tras de sí una ciudad que les vio nacer y que les dio el surgir…que los necesita.

Tetuán se vio desahuciar por quienes ella amamantó desde la más temprana edad…y no pensaron en volver porque adquirieron su nueva identidad. Cambiaron de aspectos y de rasgos faciales, sus cuerdas bucales endurecieron su tino sin acierto y, del Feddán, pasaron a tomar su té con menta en otros lugares - tal vez - más exóticos, pero menos espirituales, menos altivos.
Ellos se fueron atravesando los asfaltos casi sin equipaje y en busca de tierras nunca prometidas; se instalaron en la mar del olvido. Unos más lejos que otros, pero lejos de la magia y del encanto secular de la ciudad que, harta de esperar, se desplomó sobre el pinar del Dersa con desparpajo y, en excelso descansar, creció en su extensión con desproporción; y otros seres de otros lugares poblaron sus arrabales gozando de los encantos de esta ciudad fértil que ve pudrirse sus frutos después de su madurez.
Cansada, intenta descansar mientras contempla los renglones de la historia recitar su nombre con largas reverencias, llenas de espiritualidad y aflorando entrañas.
Tetuán intenta descansar olvidando los olvidos sufridos por sus hijos  y acostumbrándose, paulatinamente, a su desesperación.
Las tempestades que cubren el verdor de los encantos de paz y de sosiego alumbran desde el Dersa la sensualidad del Gorgues enviando a todas las cumbres su sensualidad desde Tetuán con amor.

10 junio 2016

"Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara.

"Réquiem en Tetuán"
del libro ""Réquiem en Tetuán" de Ahmed Mgara.

Me han dicho que la tengo que dejar de querer; que su amor no me ha causado más que problemas y las más horribles de las perdiciones. Me han insinuado que he de dejar de lado su pasión; olvidarla…y empezar con otros sentires, otro vivir sin mi Tetuán en el alma.

Habiendo nacido en su orilla más mediterránea y respirado su aire más primoroso, no puedo ser ingrato renunciando a ella. En Tetuán nací y en su brisa quiero que se escuche mi epitafio.
Y, cuando mi alma pase a mejor vida, apiadase de mis pecados mi Dios, sólo podré hallar mi paz si mis restos pudieran  descansar en la avidez de la tierra tetuaní.
Que me entierren bajo la sombra de un naranjo que sembré cerca de una higuera carcomida por los años, que rocíen mis restos con agua de azahar y que esparzan sobre la polvareda que coloree mi tumba  un manojo de pétalos rosales y arrayanes a caudales.
Que me entierren donde ilumina el alba y refresca el atardecer, junto a la tumba de la poesía, cerca de la ataviada morada final de la prosa emanada de los aljibes de Tetuán.
Si fuera o lejos de Tetuán muriera mi cuerpo, que a Bab Saída  lo traigan y que me paseen sobre los hombros de mis seres queridos, que me lleven por Sidi Saídi hacia las cercanías de Sidi Mandri, granadino refundador de este réquiem andalusí llamado Tetuán.
Que me lleven en la oscuridad del cedro en la luz de las callejas blancas con alegría y con sus ruegos por mi alma andalusí.
Que la cal cansada ruegue por mí y que las calles que tanto anduve acepten el adiós postrero y, pasados los años, mi alma merodeará la zona para oír a alguien decir, señalando mi postrera morada: « Allí yace el que escribía desde Tetuán…con amor ».

09 junio 2016

"Réquiem en Tetuán", por Ahmed Mgara.


La mar de Tetuán.
Del libro "Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara

Dos espinas llevo clavadas en mis entrañas, la de la mar que me aleja del horizonte andalusí y la de la montaña que me distancia de los pinos del Gorgues cada vez un poco más.
Entrañas ensangrentadas por un luto vociferante en la oquedad de los vientos, gritos ocultos tras las calles y las oxidadas paredes de una ciudad carcomida por un pasado que ni siquiera le pertenece.
Tetuán, moza amputada en sus pestañas, vibra sobre su lecho del Dersa de tanto dolor, deshojando la margarita que se niega a darle una respuesta veraz y que, sin decir ni que sí ni que no, se desviste de la blanca vestimenta -hoja tras hoja- en la sacra tierra del amor. Blanca Paloma con plomo en sus alas.
Subido en lo alto del monte del cementerio veo las olas de la mar chispear en la tacita de Río Martín. Agua bendita por la sal fina que baila la sinfonía de los tiempos sobre las doradas arenas que visten la orilla de sol y de esplendor.

 La mar, vestida de azul plateado por el crisol del sol, cabalga sobre el camino del día para pernoctar en la plateada playa iluminada por el blanco argento de la luna. ¡Cuántos amores perdidos en la inocencia de los vientos de poniente hallaron su epitafio en las flores de los vientos! ¡Cuántas promesas para la Eternidad duraron menos de un verano y nada más que el cambiar de la marea!
Tetuán y su mar, historias inconclusas de amores desvanecidos que se perdieron en promesas insanas y carentes de espiritualidad. Falsas promesas sin alma, sin arraigo y sin ramas. Promesas que soplos ligeros de vientos pasivos arrancaron de cuajo al alba y antes del despertar de las olas más burbujeantes del lugar.
Amores con precios, perdiciones y pecados transitorios. Quereres por favores concretos y, como siempre, olvidos desde Tetuán, pero con pecaminoso amor.
Tetuán, desvirgada en su inocencia, vuelve a cubrirse de su enlutada túnica bajo la agreste transparencia de solares sombras.
Cuesta despertar para volver a esperar lo que tarda en llegar. El domingo de la incredulidad vuelve con sus tinos a llevarme al desacierto. Tampoco hoy me voy a encontrar con ella; Tetuán está lejos de su Dersa, se la llevó el tiempo a las musas de la ausencia.
¿Por qué se le quebró la sonrisa a la musa de la inocencia? ¿Por qué  se desvistió de su enagua blanca la paloma desalada? ¿Quién derramó de sus mamas la blanca cal de su andar por los arrayanes de los siglos?
La multicolor polvareda de los hoyos que distancian a los adoquines se mueve dando reverencias al paso de los inertes vientos. Ya no es lo mismo caminar por las sendas de líricos paseos…el tiempo y las ausencias pudieron desangelar la melodía que fue constante mientras existió.

Sueñen conmigo, por piedad, que este terruño de luz vuelve a ser prosa y poesía cerca de su mar y a lomo de su monte y su pinar.

08 junio 2016

"Réquiem en Tetuán" de Ahmed Mgara.


Tetuán, la magia del despertar.
Del libro "Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara.

Tetuán, canto inconcluso y arrebato de los tiempos, cuna de lo injusto y de la perdición por buscar ser justo y bueno. Tierra bendita con espíritu andalusí y alma de petenera y de suspiros en los tientos. Tierra donde rima la poesía hasta la médula noche y día, donde luz y sol se confunden en cualquier prosa.

No me duele que Tetuán ya no me quiera si antes otras dos mozas también me dejaron de querer. ¡Yo seguiré siendo fiel a mis locuras! Lejos de ser feliz en mi terruño de esplendor, quiero hacer llegar mi voz al alma  secular de mi tierra que anda esparcida con el polen de los tiempos y de los jazmines por todos lares desde Tetuán…con amor.
Ser de Tetuán es sinónimo de altivez secular, un símbolo que se lleva en el alma y en todos los sentidos.
Tetuán es una eclosión de sensibilidades y de afinidades, todo un manojo de espiritualidad en sus calles y en cada rincón de sus callejas que se ocultan de la magia del sol cada vez que éste intenta extender sus capas de áuricos filamentos sobre la humedad que el viento romántico de poniente plasma sobre la blanca cal.
Tetuán, con sus gentes, es un manojo de aprecios hacia quienes arriban a sus lares con sanas obras y sacras intenciones. Es su virtud más crucial.
En su despertar, Tetuán revolotea en su inocencia buscando a quien ofrecer el romanticismo de su noche anterior, vuela en sus aires espumosos queriendo bailar la más estática sonata que sólo a ella le cantan los trovadores del ancestro cuyos espíritus aún ladean la espiritualidad de la cal.

No es, Tetuán, una ciudad de quienes hoy la llenan desbordando su paciencia romántica y espiritual en sus rincones y calles más frecuentadas. Pero, la ciudad del Feddán, como todas las grandes urbes de siglos atrás, cayó en los márgenes de la historia -de su historia- y prefirió irse a la distancia para contemplar cómo se hunde en su Mediterráneo con la paulatinidad de su silencio.

07 junio 2016

Un tetuaní del Real Madrid que se nos fue.

Luis Trujillano Puya, ex jugador internacional del Real Madrid desde 1953 a 1958, falleció el domingo pasado a los 83 años de edad.

Nacido en Jerez de La Frontera el 1 de junio de 1933 y tras su paso por el equipo del Pilar de Tetuán, pasó a formar parte de la Unión Africa Ceuti, de donde llegó a la cantera blanca en 1949 y con el primer equipo ganó las dos primeras Ligas Nacionales (1956-57 y 1957-58) y 3 Copas de España (1954, 1956 y 1957).
Se le conoció como primer jugador español que machacaba con sus mates los aros de los equipos contrarios aún sin rebasar su estatura el 1,90. Fue en la época de Pinedo y de Pedro Ferrándiz cuando lució su astro, jugando la semifinal de la primera Copa de Europa.
Se retiró a temprana edad como jugador de baloncesto, si bien, desde sus altos cargos en el Banco Exterior de España, concedió subvenciones para la promoción del baloncesto y del deporte en general.

Descanse en Paz.

"Réquiem en Tetuán" , por Ahmed Mgara



Orgullo morisco.
Por: Ahmed Mgara
del libro: "Réquiem en Tetuán".

Por haber nacido cerca de las olas de la mar que te baña siento orgullo, por haber oído el rugir de las olas marinas de tu mar de Río Martín repicar tu nombre siento orgullo.
Por ser de ti, Tetuán del alma, siento orgullo.
Por respirar el aire de los pocos pinos que aún abrazan el sol en el Dersa siento orgullo.
 Por caminar sobre los adoquines seculares de la calle Metamar emulando a insignes caballeros andalusíes tengo orgullo.

Por atravesar el Feddán y Al Wesea llenando mis pechos de su angelical aroma tengo orgullo…; ser de ti y quererte es un sinfín de orgullos, de todos los orgullos.
Muchos no te son agradecidos. Hijos naturales e hijos adoptivos que amamantaste hasta el saciar y sin limitaciones. Les diste sin cesar…hasta que, tras un despertar, renegaron de ti y se olvidaron de tus dádivas caricias, del fresco poniente, del calor perenne de tu sol, de las sombras que hallaban en el Jardín de Cagigas y  del amor que allí hallaban. 
De los románticos paseos por la secular y singular Medina andalusí arropada por la blanquecina cal que en el Albaicín fue bendecida, se olvidaron de las albahacas y  de las películas que veían en el Cine de la Misión, Marhaba o Bahía, de las cintas de celuloide que el malogrado señor El Hammud proyectaba  en las azoteas de Río Martín en las cálidas noches de verano de la niñez.
Siento orgullo por pertenecer a la tierra del Dersa y del Gorgues, por amarla y por el amor que ella me da por decir siempre que  «sí »a todo y a todos. Tierra de bendiciones y de ilustres ilusiones.
Llevo en mí un infinito de orgullos por pertenecer a ésta tierra del clavel y del chanquete, donde aprendí a querer y a arrepentirme.


06 junio 2016


Las dos Granadas
Por Ahmed Mgara
del libro "Réquiem en Tetuán"

De granulada cal se cubrió el espejo en que  Granada se quiso mirar. 
De sus ojos manaban lágrimas que en las Alpujarras regaban las soledades lejanas, y el sol, al aparecer tras las tímidas nubes, le guiñó el ojo a la almidonada mejilla de Granada que, cansada, estaba postrándose sobre el lecho del Dersa.

La veleta de mis suspiros buscaba una desperdigada estrella polar mientras anidaba en su oxidada mocedad el serrano viento que quería dejar de soplar.
Las miradas encendidas de Tetuán me invitaban a buscar en mis sueños una rima floral…y  en mi pecho, la herida de los siglos hería mis sueños y mis sinos sin piedad.
Granada, mi amada del alma, préstame un sueño para edificar en mi mente tus murallas de mirto; dame de tu brisa un ramillete de nostalgias para embalsamar el llanto de mis prosas.
Clava en mí, Granada, el frío de tus recuerdos mágicos y deja que mis llantos lleguen por su senda al yugo con el que martirizas mi ilusa esperanza.
Heme aquí con mil juncos desbordados de besos y que navegan en la mar de mis versos…envuelto por tu silencio.
Por haberte amado junto a mi Darro, Granada, me doy por pagado. 
No quiero más de tus encantos pues, con quererte, mis venas se tornan cantos.

En mis sueños dos Granadas vi: La serrana que grita y la que  a resucitar empieza.

05 junio 2016

"Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara


Tetuán en el suspiro.
Por: Ahmed Mgara
Del libro "Réquiem en Tetuán".

Engalanada flor del edén terrenal que brillas desde tu letargo lúcido de los tiempos olvidados, guapa y linda silueta que sobre el Dersa se deja asediar por los pretenciosos y deseosos de los pecaminosos lustros; bella que, cansada y atosigada, prefiere olvidar su hermosura y descansar en los esperpentos de las penurias, acuérdate que aún existe gloria para los olvidados, acuérdate de quienes junto a tus aljibes de llantos infinitos hemos ido creciendo y aprendiendo a querer- por ti- a quienes te ofrecían de su querer.

Luz de esplendor que se vislumbraba en nuestros días más extensos. No nos podíamos imaginar lo que podía ser la afectividad en la existencia, lejos de tus secos senos y argentos transcursos.
Tetuán, moza de siglos de silencios y de álgidas vivencias de quienes en ti hemos crecido y aprendido a sentir nuestro caminar por el universo, no te puedo olvidar en la distancia como moza de mis musas durante décadas de bello vivir y de controvertidas experiencias que fueron haciendo de mi persona el adorador más sensacional de tus atractivos y de tus dolencias.
En tus caminos podíamos ver la ilusión de vivir incrustada sobre el brillo afilado de los adoquines pétreos que pisábamos con ilusión y alegría; soñábamos con serte canción e hijos fieles para la eternidad de tus miras silenciosas y precavidas. Veíamos como te agachabas intentando esconderte, por miedo quizás, de las nubes que venían empujadas por los vientos de poniente en las tardes sublimes que no podíamos comprender. Tú veías que un infierno se acercaba a ti en busca de su mansión mientras que nosotros, tus pródigos hijos, no alcanzábamos comprender cómo una moza enamorada podía convertir su extenso amor en duelo y temor; transformabas tu blanco haik en túnica y velos  negros desdibujados con el dolor de un prematuro luto que los siglos dejaron desdibujarse en las entrañas que te herían.
Tetuán, antaño caritativa, pide y suplica caridad en nombre de la justicia y de la equidad. Ayer era toda dádivas y hoy no posee ni voz para suplicar. . . se le amputaron las manos y los brazos para la extensión de una rogativa de clemencias y de piedad.
Dónde tú tienes enterradas las negruras de tus paganos ojos, allá quiero dejar descansar la mortaja que a mí cuerpo envuelva en la prontitud de mi postrero y cercano viaje; cerca del perfil de tu mocedad y de los restos de tu flor quiero que mi ausencia se haga presente después de acudir a la llamada del Omnipresente; junto a ti quiero contarle al Creador mis pecados mundanos que en ti dejé esparcir en mis tempranas edades, llenas de traiciones y de pasiones leves, de heridas largas y de atragantadas verdades.
Tal vez, lo que el Creador no me llegue a perdonar nunca, sea el no haberte amado con más fuerzas y más alma de lo que en tu jardín esparcí.

Quiero hallar la paz postrera descansando junto a tu mística y tu adoración. Que me entierren en tu regazo y que Dios ponga el resto para remediar mi desperdigada y resquebrajada vida mundana. Tetuán, dichosos son todos tus hijos que bajo tu sombra vieron la luz. . . y más aún lo seremos quienes pasemos a mejor vida, para vivirla junto a tu enagua engalanada, moza desesperada. 

04 junio 2016

"Réquiem en Tetuán", por Ahmed Mgara

MALES DE AMORES.
Por: Ahmed Mgara
Del libro "Réquiem en Tetuán"

Recuerdo que fue suficiente ver sus encantos por primera vez para caer en la red de sus enamoramientos. Su ternura grácil y su sensualidad me hicieron olvidar una cita a la que no debía faltar y, aún así, me perdí en sus encantos llenando mis pupilas de su embrujo y beldades. Y me ausenté de la cita. Siempre la sentí distante por no saber, ella, del amor que yo le profesaba. Yo era muy joven y ella ya había tenido y tejido aventuras y engaños en su pasado, pero sentía la obligación personal de amarla y desvivirme por ese amor imposible…me bastaba soñar con ella y con su afecto, que yo no poseía.

De mis males de amor vertí las primeras estrofas y mis versos prematuros e inmaduros. Quise ser poeta para deletrear en el azul del cielo los versos que nunca se escribieron y procuré escribir libros de cantos y de encantos deleitándome en sus quebrados sueños y en las preciosas piedras que cubrían el pecho de la más bella y preciosa de las joyas.
Busqué la más roja de las flores para regalársela en la aurora de mis sueños, pero no hallé flor tan bella como la que ella llevaba en su mejilla cada atardecer. Ella era biznaga y  perenne flor de azahar  sobre un naranjo colgado de un angelical altar.
Era dama apuesta  y de elegante caminar, cabeza alta y mirada penetrantemente desafiadora: orgullosa con demasía y parsimoniosa en sus andares, llevaba sobre sus hombros las vivencias de tiempos mejores…se le fue yendo la belleza, pero se le quedaron los sinos.
Ella fue mi musa y mi inspiración en mis años cruciales y me daba igual que la gente supiera de mi inútil amor.
Sobre la cal de las paredes escribía con trozos de carbón que la adoraba, tenía una foto suya bajo la almohada y me despertaba a media luz cada alborada para mirarla desde mi ventana peinarse en el Feddán con  su peine de plata.
Siempre quise despojarla de su enagua blanca y verter sobre sus senos mis alegrías y las desgracias con que la vida me fuera obsequiando. Susurrar en sus oídos mis secretos e, incluso, declararla que la quería y que su ignorancia y petulancia hacia mis sentires eran mi desgracia.
Pasaron los años mientras fui creciendo y cersiorándome de que ella nunca llegaría a quererme. Muchas heridas tenía, según contaba la gente vieja del lugar, clavadas en el espejo roto de su alma. Desvirgaron su inocencia de marfil y en fuego dañino tornaron su alma blanca. Muchos la abrazaron con mantos de llamas, quemando la retina de su andalusí mirada encandelada. Tanto dio para, al final, quedarse sola y en el ostracismo abandonada.
Se llevaron de sus entrañas la ricura y finura de una gallarda moza andalusí venida, seguramente, del reino de Granada… y la dejaron en la nada. Ni Alpujarras ni Dersa, sólo soledad y ante Dios postrada pidiendo penitencia y justicia Divina.

Crecí y soñé con recordar aquel amor imposible que me enseñó  mi callada amada. Fue entonces cuando supe que ella, dejándose querer, me enseñó a amar. Así es Tetuán, la novia de Yebala y la princesa mediterránea que cultiva la blancura para alimentar con ella el resplandor de la luna plateada. 

03 junio 2016

"Réquiem en Tetuán" por Ahmed Mgara


Amor a destiempo
Por: Ahmed Mohamed Mgara
del libro "Réquiem en Tetuán".

Antes de haberla amado yo, mi padre ya la quería. Fue él quien me enseñó el arte de amarla y de cuidar su cariño con el más primoroso de los afectos. La locura de quererla fue, y es, la más bella que un ser puede padecer.
Mucha gente sabe de los pormenores de ese querer, incluso mi mujer acabó aceptándome aún sabiendo de «ese amor primero» antes de nuestro compromiso.

Curiosamente, mi amada del alma llegó a quererla tanto o más que yo…
Ella se mereció la más bella de mis prosas y la más áurica de mis estrofas; mis palabras, cuando canto sus encantos, riman sin intención y con abrumadora facilidad; me llevé sus sensaciones con el baúl de mis viajes durante los años que llevo desvivido por las locuras de su amor y, a pesar de todo ello, ella me rechaza y me priva de sus dádivas afectivas.
Me acostumbré a sus heridas y a cicatrizar los desengaños que a diario me causa. Fue igual de ingrata conmigo que con mi padre fue…y, aún así, yo la quiero  y me gratifica cantar de su crudeza cada vez un  mucho más mientras ella sigue martirizando cada palmo y cada rincón de mi sensibilidad con injusto desafío.
Suelo callar éste mal de amores no correspondidos porque arraiga con destello en mis penurias. Y no sirven las plegarias de un soñador iluso para alcanzar que ella, algún día, se apiade de mis penas y me ofrezca algo de amor correspondiendo en algo a mis locuras por ella.
Clavada llevo esa espina en la mar de mis penas que tornaron mis llantos en rocíos de azahares…y no me arrepiento de quererla mientras no se desvanezcan mis fuerzas  como  a otros les sucediera otrora.
Quererla es una adoración furtiva, pero ella se lo merece con altivez y elegancia propias sólo de una ciudad secular como lo es ella, mi Tetuán del alma.