"Réquiem en Tetuán", de Ahmed Mgara


Tetuán en el suspiro.
Por: Ahmed Mgara
Del libro "Réquiem en Tetuán".

Engalanada flor del edén terrenal que brillas desde tu letargo lúcido de los tiempos olvidados, guapa y linda silueta que sobre el Dersa se deja asediar por los pretenciosos y deseosos de los pecaminosos lustros; bella que, cansada y atosigada, prefiere olvidar su hermosura y descansar en los esperpentos de las penurias, acuérdate que aún existe gloria para los olvidados, acuérdate de quienes junto a tus aljibes de llantos infinitos hemos ido creciendo y aprendiendo a querer- por ti- a quienes te ofrecían de su querer.

Luz de esplendor que se vislumbraba en nuestros días más extensos. No nos podíamos imaginar lo que podía ser la afectividad en la existencia, lejos de tus secos senos y argentos transcursos.
Tetuán, moza de siglos de silencios y de álgidas vivencias de quienes en ti hemos crecido y aprendido a sentir nuestro caminar por el universo, no te puedo olvidar en la distancia como moza de mis musas durante décadas de bello vivir y de controvertidas experiencias que fueron haciendo de mi persona el adorador más sensacional de tus atractivos y de tus dolencias.
En tus caminos podíamos ver la ilusión de vivir incrustada sobre el brillo afilado de los adoquines pétreos que pisábamos con ilusión y alegría; soñábamos con serte canción e hijos fieles para la eternidad de tus miras silenciosas y precavidas. Veíamos como te agachabas intentando esconderte, por miedo quizás, de las nubes que venían empujadas por los vientos de poniente en las tardes sublimes que no podíamos comprender. Tú veías que un infierno se acercaba a ti en busca de su mansión mientras que nosotros, tus pródigos hijos, no alcanzábamos comprender cómo una moza enamorada podía convertir su extenso amor en duelo y temor; transformabas tu blanco haik en túnica y velos  negros desdibujados con el dolor de un prematuro luto que los siglos dejaron desdibujarse en las entrañas que te herían.
Tetuán, antaño caritativa, pide y suplica caridad en nombre de la justicia y de la equidad. Ayer era toda dádivas y hoy no posee ni voz para suplicar. . . se le amputaron las manos y los brazos para la extensión de una rogativa de clemencias y de piedad.
Dónde tú tienes enterradas las negruras de tus paganos ojos, allá quiero dejar descansar la mortaja que a mí cuerpo envuelva en la prontitud de mi postrero y cercano viaje; cerca del perfil de tu mocedad y de los restos de tu flor quiero que mi ausencia se haga presente después de acudir a la llamada del Omnipresente; junto a ti quiero contarle al Creador mis pecados mundanos que en ti dejé esparcir en mis tempranas edades, llenas de traiciones y de pasiones leves, de heridas largas y de atragantadas verdades.
Tal vez, lo que el Creador no me llegue a perdonar nunca, sea el no haberte amado con más fuerzas y más alma de lo que en tu jardín esparcí.

Quiero hallar la paz postrera descansando junto a tu mística y tu adoración. Que me entierren en tu regazo y que Dios ponga el resto para remediar mi desperdigada y resquebrajada vida mundana. Tetuán, dichosos son todos tus hijos que bajo tu sombra vieron la luz. . . y más aún lo seremos quienes pasemos a mejor vida, para vivirla junto a tu enagua engalanada, moza desesperada. 

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