13 julio 2009



Desde Málaga, la capital bombonera y del alma, recibimos la triste noticia de la desaparición- momentánea, porque debe seguir saliendo- de una de las más emblemáticas publicaciones culturales, incluso étnicas de la Región, y que es "Ancha del Carmen"
No resulta fácil ver cerrarse un proyecto cultural e intelectual. Recuerdo que hace unos años, tras larga ausencia de Málaga, volví a la ciudad de mis sueños y de mis primeros andares firmes por la vida( 1974- 1980)... y quise volver a los sitios donde estudiaba, desayunaba o comía, donde me hospedé y donde compartí con mis amigos las dicicias de los brillosos años de la juventud... "bendita decepción".
Zamarrilla y la Catedal seguían en su sitio, al igual que el edificio "La Aduana" de nefastos recuerdos para mi persona; le entidad bancaria de la calle Carretería donde recibía mi "horripilante beca" se había convertido en bar; la librería donde compraba los libros de texto y material académico se había convertido en otro negocio; El Cenechero, el Biznaguero y la estatua de Cánovas no salieron ganando mucho... solo seguían de pié algunas momias que sostenían el Muro de San Julián...
Y ahora, por obra y gracia del señor Briones se amputa la cultura y la poesía andaluza - sin ninguna gracia- condenando tirar al fondo del muelle el historial de "Ancha del Carmen", atándolo a la oxidad ancla del desprecio de la cultura y de la intelectualidad.
Málaga debe afilar los filos de su voz y decir toda a una: " Que vuelva Ancha del Carmen, ya"
Aunque de poco pueda servir mi voz, parafreo un estribillo de una canción de esas que no se olvidan, pese a que poco tiene que ver con la revista "casi desaparecida:
Carmen, Carmen, Carmen, te quiero y tu lo sabes.

P.D. Nuestro querido amigo y poeta malagueño José Sarria Cuevas nos eenvió su "LA OTRA MIRADA" en la que nos habla del "Sí boana... mi, hacer lo jefe decir"... y que Dios bendiga la memoria de Tarzán


Miguel Briones y la obediencia debida


Cuando muchos de los militares argentinos fueron acusados de haber dado matarile a miles de conciudadanos durante la dictadura militar que guió al país entre 1976 a 1983, estos justificaron sus maldades en base a la ley de obediencia debida. Tras un tupido velo se amparaban las tropelías más viles, la violación de los derechos humanos o el lanzamiento a mar abierto de jóvenes atados de pies y manos.

Las órdenes y el cumplimiento de las mismas en base a la obediencia debida es una buena excusa para no tener problemas de conciencia. También la invocan aquellos que carecen de los cojones suficientes como para afrontar la realidad, verbi gratia Pilatos. La historia está llena de cobardes, de cagados, de irresolutos, maestros en escurrir el bulto, que bajo el palio de una jerarquía superior han pasado a la sombra de la existencia, dedicados por entero a recibir órdenes sin rechistar.

Esta forma de disciplina, mal entendida, se ha enquistado en los partidos políticos, justificando concejales, alcaldes, diputados y demás especimenes de la cosa pública el voto sumiso a favor de la “marca” política, antes que a favor de la razón. No se discute al ideólogo, por lo que el subordinado nunca se siente culpable; simplemente cumplió con “la obediencia debida” que se jura cuando le lame el culo a su benefactor o a su padrino político. Esta ley, asumida por la casta política, alcanza extremos tan esperpénticos como el ocurrido recientemente en Málaga, donde un personaje tan cuestionable (culturalmente hablando) como el Delegado de Cultura, Miguel Briones, ha materializado el pase por la piedra de una colección de poesía emblemática (Ancha del Carmen), con argumentaciones absolutamente contradictorias e infundadas, recibiendo, en el pleno municipal de hace unas cuantas semanas el subyugado “nihil obstat” de compañeros de viaje tan poco dudosos como Paco de la Torre, Elías Bendodo, Diego Maldonado o Carolina España. Los jerarcas aparecieron en el Consistorio, por obra y gracia de la obediencia debida, como dóciles mamporreros del ideólogo Briones, descendiendo con él al lodazal, al oscurantismo, convertidos en verdugos de la palabra poética.