Tomando Té en Tetuán


EL MEJOR TÉ QUE TOMÉ NUNCA

Málaga: Antonio J. Quesada

Me gusta el té, no es ningún secreto. Tampoco es algo que se salga excesivamente de la normalidad, todo sea dicho: el Reino Unido se paraliza para tomar el té de las cinco de la tarde, según nos vende la tradición británica. Y para qué hablar de cómo hervían los samovares rusos a cualquier hora del día (que le pregunten a Tolstoi o a Dostoievski, por ejemplo), o de lo vital que resulta esta bebida en China, en la India, y en algunos sitios más. “El té es la bebida de las personas civilizadas” y no el café, nos confesaba el maravilloso protagonista de “Fresa y chocolate”. Viva el té, por tanto. Yo no me privo.
Ahora bien, el mejor té que tomé nunca lo disfruté en un cafetín de la Universidad Abbelmalek Essadi, de Tánger. Intuyo que en ningún sitio del mundo se puede disfrutar de un buen té como en Marruecos, aunque también varía mucho el modo de tomarlo, de norte a sur del país. Personalmente, jamás bebí un té que me supiera mejor que éste, lo repito. Claro está, que el ambiente donde lo disfruté era único: un té inmejorable, con sus hojas dentro y, sobre todo, una silla donde sentarse y una pared blanca donde apoyarse, con el sol de frente y el bullicio acogedor de Tánger a mi alrededor (recuerden: Tánger es la “Casablanca” de Bogart). Así de sencillo y así de difícil. Disfrutar de un té en Marruecos, apoyado contra la pared y con el sol brillando en el cielo es un auténtico lujo. Un lujo que Europa ya no puede permitirse, porque aquí siempre vamos corriendo, demasiado ocupados con mil pequeñeces que nos impiden disfrutar de nuestro tiempo. Auténticos filósofos estos hittistes de los que alguna vez hablara Paul Bowles, ese norteamericano nacido en el Nueva York de América y amante del Nueva York del norte de África, Tánger. “Los que sostienen las paredes”, hittistes, auténticos filósofos por encima del bien y del mal que saben apurar como nadie hasta la última gota de su té, pero también de la vida. Buen té, charla, y tiempo para pensar en lo que se quiera, ¿qué más se puede pedir a una tarde de sol?
Es una pena que en Tetuán no haya podido ejercer como “sostenedor de pared”, pues mi estancia en Tetuán fue sólo de unas horas (lo suficiente como para quedar enamorado de la ciudad, eso sí). Ejercí, por tanto, de europeo apresurado, que es lo que jamás se debe hacer para poder disfrutar de Marruecos: Marruecos hay que disfrutarlo como viajero, no como turista. La principal diferencia entre un turista y un viajero es que el turista lleva en el bolsillo el billete de vuelta a casa y en la mano la cámara de fotografiar. Malo: yo, que prefiero ser viajero, tuve que disfrazarme de turista en Tetuán. Tan veloz fue mi estancia en nuestra maravillosa ciudad (comienzo a considerar Tetuán mi ciudad, por el cariño que voy teniendo a sus gentes, a “Tamuda” y a mis amigos de Tetuán), que ni siquiera tuve tiempo de comprarme la camiseta de fútbol de la selección marroquí. Yo, que juego fútbol cada domingo, no pude sorprender a mi compañero de equipo Abdel, que es de Tetuán, apareciendo vestido con camiseta tan especial, como era mi intención. Hubiese sido precioso: él con la camiseta española, que suele traer, y yo con la camiseta marroquí, metáfora plástica de qué y cómo somos.
Decididamente, tengo que volver, dejé demasiadas cosas pendientes en Tetuán. Té, amigos, charlas literarias y alguna que otra pared por sostener.

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