Momentos...

PALABRAS POSTRERAS DE UNA NOCHE QUE NO TERMINA.
No sé qué hora de la madrugada será, ni quiero. Me basto con saber el mal que llevo dentro, soy todo penas y lamentos; me cuesta dormir aún necesitándolo mi cuerpo y mi alma. Me siento peor que un manojo de nervios alterados al borde de una irreversible locura.
Estoy deshecho conmigo mismo y con quienes, creo, debieran amarme o proteger su querer hacia mí. No me encuentro, no hallo mi identidad; no me resta lo poco que poseía, el humilde don de la palabra que se me fue sin pretender desprenderme de él.
Fui cantor mientras existí. No sé que soy ahora en el ocaso de mi elocuencia. Se me confunden los sentires con las palabras. No me quedan ni alma ni espíritu. Soy una frase entrecortada, una expresión profunda y honda de la que no se entiende nada. Dicen que digo lo que no pretendo. Flagrantes, me culpan de afirmaciones insanas que no cometo y me dicen que me estoy volviendo raro, diferente, algo extraño; que, antes, no era así; que era complaciente y más amable, comprensible y considerable. En otras palabras, que ya no soy aquel que ellos querían y que querrían que yo fuera ahora.
No alcanzo entender el porqué de esta renuncia de mi mente a seguir en la brecha de mi vida. Me cuesta enfrentarme a todos que se enfrentan a mí con ánimos de vencerme y de derrotarme. Perdí mi combatibilidad y mi arrojo; yo, que fui un eterno luchador, me rindo ante las más simples de las adversidades, incluso ante energúmenos sin monta y con mente idiota.
Me cubren los índices de acusaciones ingratas e inciertas, me calumnian y llenan de adjetivos que no poseo en mis modales. Y, aún así, me sobran puñados de palabras para regalarles a quienes me atosigan.
Mi ordenador, fiel a mis atenciones, me señala que son las cuatro de la mañana de un día que no quisiera amaneciera para mí, al fin y al cabo ¿para qué voy a soñar con despertar?. ¿Qué me va a traer éste desdichado día?. ¿Una ilusión o una esperanza?. No sé qué me va a traer a éstas horas altas de las que he perdido todo sin alcanzar el descanso que casi todos buscan en la noche aunque unos pocos lo aprovechen para lo más pecaminoso y retrógrado de los actos, lejos de las normas éticas que deberían cultivar en sus fueros en vez de no cesar de vanagloriarse de sus perfecciones ficticias que ni ellos mismos se creen.
Mañana, tal vez hoy ya, me espera un encuentro con un neuropsiquiatra que tal vez me diga que nunca habré debido acercarme a su consulta. Mi mal no está en mí, sino en quienes lo notan y me lo transmiten al tenerme en cuenta que «no soy normal »y que mi comportamiento es «rarísimo». Tal vez me diga, el neurólogo, que, solo por ir a su consulta en mis condiciones, estoy realmente loco por dejarme inducir por lo que los allegados, los seres queridos me inyectan paulatinamente hasta llevarme a confundir entre el bien y el mal.
Y cumpliré años dentro de horas recordando que, cuando nací, se publicó en un diario al día siguiente de ver yo la luz que mi padre había tenido un feliz nacimiento. No sé si realmente era la palabra «feliz » la más propicia pero me honra de esa noticia que fue el Ustad quien dio instrucciones para que se publicase. No en vano, confieso que fui feliz mientras hacía de los demás seres felices; ahora me abandonan todos como a los canes viejos.
¿Porqué me abandonan y recriminan todos ahora que estoy mal, tal vez por culpa de ellos?. Yo también soy algo humano y necesito que se me ofrezca afecto sin pedirme ningún sacrificio a cambio.
Dios dirá mañana, aunque todo esté dicho hoy. Los yunques solo sirven para aguantar el rojo fundir de las almas y yo no soy más que la cara oculta del metal; tal vez oxidado por dentro, pero sigo aguantando aunque no quiero que sea por mucho. Si entre muchos me cambiaron, yo podré remediar algo mis males. Yo también empezaré a justificar mis desengaños.

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